– Pues…, bien…, sí.
– Nelson, francamente, lo que usted está diciendo no tiene ningún sentido -exclamó Tomás, volviendo a menear la cabeza, ahora con un asomo de impaciencia-. Todas esas frases no son una explicación lógica, son una fantasía desesperada, no hay por dónde cogerlas. Escúcheme, vamos a ver si nos entendemos. El hombre, si creemos en las actas notariales genovesas, dejó Génova a los veinticuatro años de edad. Veinticuatro. En aquel tiempo, un hombre de veinticuatro años, para su información, ya no era joven. Si fuese hoy, esa edad sería equivalente a unos treinta y cinco años o más. Ahora, que yo sepa, nadie olvida su lengua a los veinticuatro años de edad. Nadie. Para colmo vivía con su hermano Bartolomeo, que supuestamente era también genovés, y, por tanto, tenía ocasión de practicar con él la lengua materna. Por otro lado, y como usted mismo ha acabado reconociendo, sabría muy probablemente toscano, dado que era la lengua franca utilizada por los italianos que se encontraban en el extranjero. Pero el único intento que, con seguridad, hizo Colón de escribir en italiano es de una inepcia apabullante. Y lo cierto es que, cuando estaba escribiendo en castellano y le faltaba una palabra, para sustituirla no recurría a italianismos, como sería natural y previsible en un italiano, sino a portuguesismos. Además, los únicos textos de Colón sin portuguesismos son aquellos que fueron copiados, porque, en esas situaciones, los copistas corrigieron las expresiones portuguesas rescribiéndolas en castellano.
– Pero, Tom, ¿no había realmente italianismos en sus textos en castellano?
– No, no los había. Cuando no encontraba la expresión en castellano, por lo visto sólo se le ocurrían palabras en portugués.
– Hmm…
– Y hay más, Nelson. Hay más.
– ¿Qué?
– No tuve oportunidad de leer todo lo que dijeron sobre el Almirante todos los testigos que lo conocieron, sobre todo en el proceso judicial del «pleyto con la Corona» y del «pleyto de la prioridad», en que se determinó que era extranjero. Pero dos investigadores que consulté, el judío Simón Wiesenthal y el español Salvador de Madariaga, encontraron algunos testimonios asombrosos. -Examinó una vez más sus anotaciones-. Wiesenthal escribió: «unos testigos dicen que Cristóbal Colón hablaba castellano con acento portugués». Y Madariaga, por su parte, también observó que Colón «hablaba siempre en castellano con acento portugués». -Miró a Moliarti y sonrió, triunfante; le brillaban los ojos, parecía un jugador de ajedrez que acabara de hacer jaque mate y estudiaba la expresión aturdida del adversario derrotado-. ¿Entiende?
El estadounidense se quedó un largo rato mudo, con la mirada perdida y la fisonomía ausente.
– Holy shit! -exclamó, por fin, con un susurro, como si hablase sólo para sí mismo-. ¿Está seguro?
– Fue lo que ellos escribieron. -Se levantó del banco y se desperezó para desentumecer los músculos-. Hay muchas cosas en Colón que no encajan, Nelson. Fíjese, cuando llegó a España, presumiblemente en 1484, ¿sabe cuál fue la primera persona con la que se puso en contacto?
Moliarti también se levantó e hizo una contorsión con su tronco, intentando relajar el cuerpo, ya dolorido de estar tanto tiempo sentado en el asiento de piedra; el banco del 515 era bonito pero incómodo.
– No tengo idea, Tom.
– Un fraile llamado Marchena. ¿Sabe cuál era su nacionalidad?
– ¿Era portugués?
– Claro. -Sonrió-. ¿Se ha fijado en que, cuando vamos al extranjero, tenemos tendencia a buscar personas de nuestra nacionalidad? Podría haber buscado genoveses u otros italianos, los había en Sevilla, incluso en el propio monasterio donde se alojaba Marchena. Pero no, fue a ver a un portuguesito.
– ¡Vaya! Eso no prueba nada.
– Claro que no, pero no deja de ser curioso, ¿no? -Comenzó a andar por un sendero de tierra, deambulando entre los árboles con Moliarti al lado-. Hay aquí muchas preguntas que requieren respuesta. Por ejemplo, ¿por qué razón Colón, si era genovés, hacía de su origen un misterio? A fin de cuentas, los castellanos tenían, en aquella época, buenas relaciones con Génova, y no se vislumbra motivo alguno para que desconfiasen de un genovés. Por el contrario, trabar relación con un genovés daba incluso prestigio, los propios ingleses navegaban por el Mediterráneo bajo la protección de la bandera genovesa de San Jorge, aquel estandarte blanco con una cruz roja que después adoptaron como bandera de Inglaterra. Ahora, y atendiendo a la rivalidad entre portugueses y castellanos, la presencia de un portugués al frente de tripulaciones castellanas ya podría ser un problema, de la misma manera que lo opuesto también era verdadero. Por otra parte, basta ver lo que sufrió el portugués Magallanes cuando dirigió la flota castellana que dio la primera vuelta al mundo. Siendo genovés, Colón no tenía ninguna razón para esconder su origen. Pero siendo portugués…
– Mera especulación.
– Pues sí. La verdad, sin embargo, es que no se entiende muy bien por qué motivo Colón hizo un misterio de su origen, ¿no? Y créame que aún hay muchas más preguntas que hacer. Por ejemplo, ¿por qué razón no escribía en italiano, toscano o en dialecto genovés cuando mantenía correspondencia con italianos, especialmente con Toscanelli? ¿Por qué motivo hablaba castellano con acento portugués? Siendo un tejedor de seda sin instrucción, ¿dónde aprendió latín y cosmografía? ¿Qué decir de las flagrantes discrepancias de fechas? ¿Cómo explicar que, en 1474, la carta de Toscanelli lo localizaba en Lisboa y actas notariales genovesas lo situaban, en ese mismo momento, muy lejos de Portugal? En fin, hay tantas preguntas que hacer, tantas, tantas, que sería muy capaz de pasarme aquí toda la tarde formulándolas, y lo cierto es que responder a todas ellas requiere un gran esfuerzo de imaginación y recurrir sin cesar a la especulación.
Moliarti no respondió; caminaba con los ojos fijos en el suelo, medio cabizbajo, con los hombros caídos y el semblante cargado. Subieron la rampa inclinada del camino de tierra con expresión meditativa, sumergidos en los misterios que Toscano había hallado en viejos manuscritos, secretos cubiertos por el tiempo por una espesa capa de polvo y de extraños silencios, contradicciones y omisiones. Magnolias rojas y amarillas coloreaban el camino verde, por entre troncos de hayas, palmeras, pinos y robles; el aire se respiraba fresco, leve, perfumado por los románticos arriates de rosas y de tulipanes, cuya gracia femenina contrastaba con la belleza carnal de las orquídeas, sensuales y lascivas. La tarde se prolongaba, amodorrada, al ritmo lento del gran vals de la naturaleza; el bosque se animaba y pulsaba de vida, con las copas de los árboles farfullando con un rumor suave bajo la brisa que descendía blanda por la sierra, como si la soplase el manto rastrero y pardusco de las nubes; de las ramas lujuriosas venían notas más agudas y alegres, eran los jilgueros que trinaban exultantes, envueltos en un intenso duelo de respuesta al arrullo bajo de los colibríes y al gorjeo melodioso de los ruiseñores.
El estrecho sendero entre el verdor se abrió, de pronto, en lo que parecía ser una especie de balcón cortado en un rellano, con una pared de un lado, de donde manaba una fuente, y un arco de medio punto esculpido por delante.
– La Fuente de la Abundancia -anunció Tomás-. Pero, en realidad, y a pesar del nombre, es otra cosa mucho más dramática. A ver si la adivina…
El estadounidense analizó la estructura abierta en el bosque. El arco de medio punto tenía un tiesto en cada uno de sus extremos, cada tiesto con la cabeza de un sátiro y de un carnero esculpida en los lados.
– ¿Son unos demonios?
– No. El sátiro es el ser que invade la isla de los Amores, representa el caos. El carnero es el símbolo del equinoccio de primavera, representa el orden. Con un sátiro en un lado y un carnero en el otro, cada uno de estos tiestos significa: ordo ab chao, el orden después del caos.