– Qué sitio más extraño -comentó Moliarti, que experimentaba en ese instante una sensación de irrealidad-. Pero es fascinante.
– ¿Sabe, Nelson? Esta quinta es un texto.
– ¿Un texto? ¿Qué quiere decir con eso?
Bajaban ahora por las veredas abiertas entre los árboles.
Desembocaron nuevamente en el Portal de los Guardianes; Tomás guio a su invitado por una escalera en espiral construida dentro de una estrecha torre de estilo medieval, con almenas en el extremo.
– Antiguamente, en tiempos de la Inquisición y del oscurantismo, en que la sociedad vivía dominada por una Iglesia intolerante, había obras prohibidas. Los artistas eran perseguidos, los nuevos pensamientos silenciados, los libros quemados, los cuadros rasgados. De ahí surgió la idea de esculpir un libro en la piedra. Eso es, a fin de cuentas, la Quinta da Regaleira. Un libro esculpido en la piedra. Es fácil quemar un libro de papel o rasgar la tela de una pintura, pero es mucho menos fácil demoler toda una propiedad. Esta quinta es un espacio donde se encuentran construcciones conceptuales que reflejan pensamientos esotéricos, inspiradas en el laberinto de ideas sugerido por Francesco Colonna en su hermético Hypnerotomachia Poliphili y basadas en los conceptos que yacen bajo el proyecto de expansión marítima de Portugal y en las grandes leyendas clásicas. Si se prefiere, y de alguna forma a través de los mitos transmitidos por la Eneida, por la Divina comedia y por Los lusíadas, éste es un gran monumento a los descubrimientos portugueses y al papel que desempeñaron en él los templarios, rebautizados en Portugal como caballeros de la Orden Militar de Cristo.
Llegaron a la base de la torre medieval y se internaron por un camino más ancho, pasando por la Gruta de Leda en dirección a la capilla. Marchaban ahora en silencio, atentos al sonido de sus pasos y al rumor delicado del bosque.
– ¿Y ahora? -preguntó Moliarti.
– Vamos a la capilla.
– No, no es eso lo que le estoy preguntando. Lo que quiero saber es lo que falta para concluir la investigación.
– Ah -exclamó Tomás-. Voy a estudiar con atención aquel párrafo de Umberto Eco, para ver si encuentro la clave que me abrirá la caja fuerte del profesor Toscano. Necesito también aclarar unas cosas sobre el origen de Colón. Tendré que hacer, para ello, un último viaje.
– Muy bien. Tenemos fondos para eso, ya lo sabe.
Tomás se detuvo junto a un gran árbol, a unos pasos de la capilla. Abrió la cartera y sacó una hoja de papel.
– Éste es otro misterio sobre Colón -dijo mostrando la hoja.
– ¿Qué es eso?
– Es una copia de una carta encontrada en el archivo de Veragua.
El estadounidense extendió la mano y cogió la fotocopia.
– ¿Qué carta es ésa? -Estudió el texto y sacudió la cabeza, mientras le devolvía la hoja a Tomás-. No entiendo nada, está escrito en portugués del siglo xv.
– Yo se la leeré -se ofreció Tomás-. Ésta es una carta que se descubrió entre los papeles de Cristóbal Colón después de su muerte. Está firmada, fíjese, por el gran don Juan II, apodado el Príncipe Perfecto, el rey portugués del Tratado de Tordesillas, el hombre que le dijo a Colón, y con razón, que el camino a las Indias era más corto rodeando África que navegando hacia occidente, el monarca que…
– Sé muy bien quién fue don Juan II -interrumpió Moliarti impaciente-. Le escribió a Colón, ¿no?
– Sí. -Tomás fijó su atención en el reverso de la hoja y señaló unas líneas horizontales y verticales-. ¿Ve estas líneas? Son los pliegues de la carta. -Comenzó a doblarla-. Si la doblamos siguiendo los pliegues, forma un sobre donde se lee la identificación del destinatario. -Mostró la hoja debidamente doblada-. La carta está dirigida «a xpovam collon noso espicial amigo en Sevilla». -Volvió a desplegar la hoja para leer el texto, en el reverso-. Dice lo siguiente: «Xpoval Colon. Nos don Juan por gracia de Dios Rey de Portugall y de los Algarves, de aquende y de allende el mar en África, Señor de Guinea os enviamos muchos saludos. Vimos la carta que nos escribisteis y la buena voluntad y afección que por ella mostráis tener a nuestro servicio. Os agradecemos mucho. Y en cuanto a vuestra venida acá, ciertamente, así por lo que apuntasteis como por otros respectos para que vuestra industria y buen ingenio nos será necesario, la deseamos y nos placerá mucho que vengáis porque en lo que vos toca nos dará la ocasión de que debáis estar contento. Y porque por ventura tuviereis algún recelo de nuestras justicias por razón de algunas cosas a que seáis oblígalo. Nos por esta carta os aseguramos por la venida, estada y vuelta, que no seréis preso, retenido, acusado, citado, ni demandado por ninguna cosa sea civil o de crimen, de cualquier cualidad. Y por la misma mandamos a todas nuestras justicias que lo cumplan así. Y por tanto os rogamos y encomendamos que vuestra venida sea pronta y para eso no tengáis óbice alguno y os lo agradeceremos y tendrémoslo mucho en cuenta. Escrita en Avis a veinte de marzo de 1488. El rey».
– Carta extraña, ¿eh? -comentó Moliarti intrigado.
– Menos mal que está de acuerdo.
– ¿Entonces el rey portugués invitó a Colón a regresar a Portugal en 1488?
– No es exactamente eso lo que dice.
– ¿No?
– Lo que dice aquí es que Colón envió una carta al rey don Juan II ofreciéndole nuevamente sus servicios. En esa carta, Colón habría manifestado sus temores en cuanto a la posibilidad de tener que enfrentarse a la justicia del rey portugués.
– Pero ¿por qué?
– Algo habrá hecho en Portugal. No se olvide de que Colón salió de Portugal de forma precipitada, algún día del año 1484, cuatro años antes de este intercambio de correspondencia. Algo ocurrió que habrá forzado la fuga del hombre que descubriría América y de su hijo Diogo a España, pero no sabemos qué. Uno de los misterios que rodean al Almirante es, justamente, la falta de documentos sobre su vida en Portugal. Ocurrieron ahí cosas muy importantes, y, no obstante, no ha quedado nada que nos las aclare. Es como si existiese un agujero negro en ese periodo. Pero, por esta carta, se deduce que ocurrió algo que forzó su fuga.
– ¿Dónde está la carta de Colón a don Juan II?
– Nunca fue encontrada en los archivos portugueses.
– Qué pena.
– Y hay otro detalle curioso.
– ¿Cuál?
– La forma casi íntima en la que don Juan II se refiere a Colón antes de que el navegante se hiciese famoso: «nuestro espicial amigo en Sevilla». No es una carta formal entre un soberano poderoso y un tejedor extranjero sin instrucción, es una carta entre personas que se conocen bien.
Moliarti alzó la ceja derecha.
– No parece que esa carta tenga ninguna relevancia para el problema del origen de Colón.
Tomás sonrió.
– Tal vez no -admitió-. O tal vez la tenga. En este caso, demuestra, por lo menos, que ambos se conocían mucho mejor de lo que pensamos y que Colón había frecuentado la corte portuguesa, lo que plantea la hipótesis de que se tratase de un noble, posibilidad que encaja con otras dos cosas. La primera es, como ya hemos visto, su casamiento con la noble doña Filipa Moniz, algo que en aquel tiempo era impensable para un plebeyo. Pero, si él también era noble, cobra un nuevo sentido.
– ¿Está seguro de que no era posible que un plebeyo se casase con una noble?
– Absolutamente seguro -confirmó Tomás con un movimiento categórico de la cabeza-. He hablado con un compañero mío de la facultad, experto en historia de los descubrimientos, y me dijo que no conocía ningún caso, ni un solo caso, de matrimonio de un plebeyo con una noble en el siglo xv. Conocía dos casos en el siglo XVI, unos burgueses ricos que se casaron con dos mujeres nobles, pero no en el siglo XV. En aquel entonces era imposible.