Выбрать главу

– Ah, vale. Es que, según el calendario cristiano, ellos salieron a finales del siglo XV.

– Tal vez, pero nosotros hacemos siempre las cuentas según nuestro calendario. -Bebió un trago de agua-. Si no me equivoco, los sefardíes expulsados sumaban, en total, casi doscientas cincuenta mil personas. Abandonaron la península Ibérica y se dispersaron por el norte de África, por el Imperio otomano, por Suramérica, por Italia y por Holanda.

– Mire -interrumpió Tomás-. Espinosa era un judío portugués y su familia huyó a Holanda.

– Sí -asintió el rabino-. Los sefardíes eran muy cultos, tal vez de los judíos con más conocimientos que vivían en aquel entonces. Fueron los primeros en irse a vivir a Estados Unidos y aún hoy se consideran el linaje más prestigioso del judaísmo.

El historiador portugués apoyó el codo izquierdo en la mesa sosteniéndose la cara.

– ¿Sabe? La expulsión de los judíos fue una gran estupidez, posiblemente de los mayores disparates alguna vez cometidos en Portugal -exclamó con expresión melancólica-. Y no sólo debido a la cuestión humana. Su salida está directamente relacionada con el declive del país.

Solomon Ben-Porat pareció interesarse.

– ¿Ah, sí? ¿En qué sentido?

Tomás lo miró con atención.

– Dígame una cosa: en su opinión, ¿qué hace que una persona o un país sean ricos?

– Pues… el dinero, supongo. Quien tiene dinero es rico.

– Parece lógico -asintió el portugués-. Pero hace unos años se publicó en Portugal el libro de un profesor de Harvard, titulado La riqueza y la pobreza de las naciones, que definía la riqueza de un modo diferente. Por ejemplo, ¿será Arabia Saudí un país rico? Basándonos en su definición, sí, porque tiene mucho dinero. Pero, cuando los saudíes necesitan construir un puente, ¿qué hacen? Llaman a unos ingenieros alemanes. Cuando quieren comprar un coche, ¿adónde se dirigen? A Detroit, en Estados Unidos. Cuando pretenden usar un móvil, van a comprarlo a Finlandia. Y así sucesivamente. -Hizo un gesto en dirección al rabino, interpelándolo-. Ahora, dígame: ¿qué ocurrirá el día en que se acabe el petróleo?

– ¿Cuando se acabe el petróleo?

– Sí. ¿Qué le ocurrirá a Arabia Saudí cuando se acabe el petróleo?

– No lo sé -contestó riéndose el rabino-. Volverán a ser pobres, supongo.

Tomás lo apuntó con el índice en un gesto rápido.

– Exactamente. Volverán a ser pobres. -Abrió las manos como si expusiese una evidencia-. Por tanto, lo que hace la riqueza de un país no es el dinero. Es el conocimiento. Gracias al conocimiento se genera dinero. Puedo no tener petróleo, pero, si sé construir puentes y fabricar automóviles y diseñar móviles, soy capaz de generar riqueza de una forma duradera. Es eso lo que vuelve ricos a una persona o a un país.

– Entiendo.

– Ahora bien, ¿qué ocurrió en Portugal en la época de los descubrimientos? El país se abrió al conocimiento. El infante don Henrique reunió a grandes cerebros de su tiempo, portugueses y extranjeros, que se dedicaron a inventar nuevos instrumentos de navegación, a crear un nuevo tipo de barcos, a desarrollar armas más sofisticadas, a avanzar en la cartografía. Fue, en fin, un periodo de gran riqueza intelectual. Muchos de esos portugueses y extranjeros eran cristianos, pero no todos.

– Algunos eran judíos…

– Precisamente. Había judíos entre los cerebros que concibieron los descubrimientos, y algunos fueron muy importantes. Trajeron nuevos conocimientos al país, abrieron puertas, establecieron contactos, encontraron financiaciones, señalaron nuevas perspectivas. Mientras que los castellanos perseguían a los judíos, los portugueses los protegían. Pero, a finales del siglo xv, las cosas comenzaron a cambiar. Los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de España en 1492 y muchos buscaron refugio en Portugal, siendo protegidos por el rey don Juan II. El problema es que su sucesor, el rey don Manuel I, comenzó, en cierto momento, a alimentar el sueño de convertirse en rey de toda la península Ibérica, y designar a Lisboa como capital, y encaró una campaña de seducción de los Reyes Católicos. Uno de los pasos fundamentales de ese plan era la boda de don Manuel con una hija de los Reyes Católicos, para facilitar una eventual unión dinástica, pero la propia novia, fanática católica, puso una condición para contraer matrimonio.

– Quería la expulsión de los judíos -adivinó el rabino.

– Eso es. No quería judíos en Portugal. En condiciones normales, don Manuel habría mandado a la novia y a los Reyes Católicos a paseo. Pero aquellas no eran condiciones normales. El rey portugués quería ser rey de toda la península Ibérica. Enfrentado a la condición impuesta por la novia, y presionado también por la Iglesia portuguesa, el necio de don Manuel cedió. Intentó, no obstante, un subterfugio. En vez de expulsar a los judíos, pensó en convertirlos a la fuerza. En una gigantesca operación desatada en 1497, el rey los bautizó contra su voluntad. Fueron cristianizados así setenta mil judíos portugueses, que comenzaron a llamarse cristianos nuevos. Pero la mayoría siguió profesando la religión judaica en secreto. En consecuencia, se efectuó en 1506 la primera matanza de judíos en Lisboa, un pogromo conducido por el populacho que acabó con dos mil muertos. Esas acciones eran comunes en España, donde la intolerancia se había generalizado desde hacía mucho tiempo, pero no en Portugal. El resultado fue catastrófico. Los judíos comenzaron a huir del país, llevándose consigo un precioso tesoro: sus conocimientos, su curiosidad, su espíritu inventivo. Ese primer paso se prolongó en la década de 1540 con la instalación de la Inquisición en Portugal, y el desastre se hizo completo cuarenta años después, cuando se concretó finalmente la unión dinástica con España soñada por don Manuel, pero bajo dominio español. España se valió de métodos oscurantistas aún más radicales. Portugal se cerró a las influencias extranjeras y al conocimiento. Se prohibieron los textos científicos, la educación pasó a ser controlada exclusivamente por la Iglesia, el país se hundió en la ignorancia del fanatismo. Con la prohibición del judaísmo, Portugal entró en un periodo de declive que sólo puntualmente consiguió compensar.

– Esa es una manera interesante de conocer la historia de un país -comentó el rabino con una sonrisa-: a través de las decisiones equivocadas.

– Pequeñas causas, grandes efectos -observó Tomás.

El rabino colocó la mano sobre el hombro de Chaim, en un gesto afectuoso, pero mantuvo la mirada en el portugués.

– Chaim, el Rey de los judíos, es descendiente de una de las familias sefarditas más importantes de Portugal. -Volvió el rostro hacia su protegido-. ¿No es así, Chaim?

Chaim balanceó afirmativamente la cabeza, en un gesto humilde.

– Sí, maestro.

– ¿Cómo se llamaban sus antepasados? -quiso saber Tomás.

– ¿Quiere el nombre en portugués o en hebreo?

– Pues… los dos, creo yo.

– Mi familia adoptó el nombre Mendes, pero se llamaba, en realidad, Nassi. Años después de haber comenzado las persecuciones en Lisboa, mis antepasados huyeron a Holanda y después a Turquía. La matriarca de la familia era Gracia Nassi, que recurrió a su influencia sobre el sultán turco y a sus múltiples contactos comerciales para ayudar a los cristianos nuevos a huir de Portugal. Llegó hasta el punto de organizar un boicot comercial a los países que perseguían a los judíos.

– La señora Gracia Nassi se hizo famosa entre nuestro pueblo -añadió el rabino-. El poeta Samuel Usque le dedicó un libro en portugués, Consolagam as tribulaqoes de Ysrael, y la consagró como «el corazón de los judíos».

– El sobrino de Gracia, José Nassi, también huyó de Lisboa a Estambul -dijo Chaim retomando su relato-. José llegó a ser un famoso banquero y estadista, que trabó amistad con monarcas europeos y fue consejero del sultán, quien lo nombró duque. José y Gracia fueron los judíos que asumieron el control de Tiberíades, en Israel, incentivando a los demás judíos para que viniesen a establecerse aquí.