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Aún tuvieron tiempo de ponerse en la fila para entrar en el Santo Sepulcro, la parte de la catacumba donde se depositó supuestamente el cuerpo de Cristo después de su muerte y que ahora estaba protegido dentro de un santuario erigido en pleno centro de la Rotunda, el majestuoso salón circular construido en estilo romano justo por debajo de la gran cúpula blanca y dorada de la basílica, con sus pasajes arqueados, en el patio y en la primera planta, rodeando la pequeña estructura fúnebre. Chaim, como buen judío, no quiso entrar, prefirió quedarse admirando el Catholikon, la cúpula vecina que cubría la nave central de la iglesia de los Cruzados y que la Iglesia ortodoxa consideraba el centro del mundo; cuando llegó su vez en la fila, Tomás bajó la cabeza, traspuso el pequeño pasaje y observó la cámara calurosa y húmeda del Santo Sepulcro; miró con inesperado respeto la losa de mármol que cubría el sitio donde se supone que estuvo extendido el cuerpo de Jesús y contempló los bajorrelieves que decoraban la claustrofóbica cripta mortuoria y reproducían una escena de la Resurrección. Sólo se quedó allí unos segundos, tan grande era la presión para que, saliendo, dejase entrar a los que se encontraban atrás, esperando en la fila; a la salida, el israelí lo esperaba con la muñeca extendida, mostrando el reloj, y le indicó la hora.

– Son las cuatro y media de la tarde -dijo-. Tenemos que volver.

El cuerpo voluminoso de Solomon Ben-Porat se encontraba de espaldas a la puerta, con el solideo muy visible en su cabeza calva, conversando con un hombre delgado y huesudo, de ojos pequeños, luenga barba negra y puntiaguda, vestido con un bekeshe, un sombrío traje jasídico. El rabino sintió la presencia de los dos recién llegados y se volvió en la silla, con una sonrisa de satisfacción que dejaba entrever su abundante barba gris.

– ¡Ah! -exclamó-. Ma shlomcha?

– Tov -respondió Chaim.

– Entren, entren -los invitó Solomon en inglés y haciendo bailotear los dedos de su mano izquierda-. Profesor Noronha -dijo en voz muy alta acentuando mucho las erres, como siempre: «Prrrofesorrr Noronha», y se volvió hacia el hombre sentado a su derecha-. Permítame que le presente a un amigo, el rabino Abraham Hurewitz.

El hombre delgado se levantó y saludó a Tomás y a Chaim.

– Yom tov -dijo dando las buenas tardes.

– El rabino Hurewitz ha venido a echarme una mano -explicó Solomon, mientras se acariciaba distraídamente su barba blanca-. ¿Sabe? He estado estudiando los documentos que me dio y he hecho algunas llamadas a unos amigos. He descubierto que el rabino Hurewitz había estudiado hace tiempo los textos de Cristóbal Colón, en especial el Libro de las profecías y su diario, y, después de ponerme en contacto con él, se mostró dispuesto a hacerle las aclaraciones necesarias.

– Ah, muy bien -afirmó Tomás con un gesto de aprecio, sin quitar los ojos de Hurewitz.

– Pero primero me parece muy importante hacer una pequeña introducción. -Solomon Ben-Porat observó a Tomás con curiosidad-. Profesor Noronha, disculpe la pregunta, pero ¿qué sabe usted de la cábala?

– Pues… muy poco, me parece -balbució, mientras pre paraba su vieja libreta de notas para registrar todo lo que le dirían a continuación-. Tengo unas nociones generales, pero nada muy sólido, ésta es la primera vez que me enfrento con la cábala en una investigación.

– Right -asintió Solomon, pronunciando «rrright» con su habitual parsimonia gutural-. Sepa, profesor Noronha, que la cábala encierra la codificación simbólica de los misterios del universo con Dios en el centro. La expresión «cábala» deriva del verbo lecabel, que significa «recibir». Estamos entonces ante un sistema de transmisión y de recepción, un método de interpretación, un instrumento para descifrar el mundo, la clave que permite acceder a los designios de Aquel que no tiene nombre. -Solomon hablaba con gran elocuencia, con su voz lenta y profunda, como si fuese Moisés y estuviera anunciando los Diez Mandamientos-. Hay quien dice que la cábala se remonta al primer hombre, Adán. Otros ven su origen en el patriarca Abraham, aunque hay muchos que apuntan a Moisés, el presunto autor del Torat Mosheh, el Pentateuco, como el primer cabalista. Pero, por lo que sabemos, este conocimiento místico sólo comenzó a sistematizarse más tarde. -Bajó el tono de voz y adoptó una actitud cercana a la confidencia, como si no quisiera que Dios escuchase la frase siguiente-: Para facilitar su comprensión, profesor, haré todas las referencias cronológicas según la era cristiana. -Se enderezó-. Los primeros vestigios sistematizados de la cábala surgieron en el siglo I a.C. Este sistema conoció, a través del tiempo, un total de siete fases. La primera fue la más larga y se prolongó hasta el siglo x. Esa etapa inicial fue dominada por la meditación como medio para alcanzar el éxtasis espiritual que permite acceder a los misterios de Dios, y las obras cabalísticas de este periodo describen los planos superiores de la existencia. La segunda fase transcurrió entre 1150 y 1250 en Alemania, con la práctica del ascetismo absoluto, por el que el sabio renunciaba a las cosas mundanas y practicaba un altruismo extremo. La etapa siguiente se prolongó hasta principios del siglo xiv y marcó el nacimiento de la cábala profética, sobre todo gracias al trabajo de Abraham Abulafila. Fue entonces cuando se desarrollaron los métodos de lectura e interpretación de la naturaleza mística de los textos sagrados, con la introducción de la combinación de las letras hebreas y de los nombres de Dios. La cuarta fase transcurrió durante todo el siglo XVI y estuvo en el origen de la más importante obra mística del movimiento cabalístico, el Seferr HaZohar o Libro del esplendor. Este texto riquísimo apareció en la península Ibérica a finales del siglo XII y se atribuye la autoría a Moisés de León.

– ¿De qué habla?

– ¿El Sefer HaZohar? Es una vasta obra sobre la Creación y la comprensión oculta de los misterios del universo y de Dios. -Se aclaró la garganta, preparándose para retomar su discurso-. La quinta fase también comenzó en la península Ibérica, con la prohibición del judaísmo en España en 1492 y en Portugal en 1496. Su mayor intérprete fue Isaac Luria, el cual, en un esfuerzo para encontrar una explicación mística de las persecuciones, elaboró la teoría del exilio, aproximando la cábala al mesianismo, con la esperanza de la redención colectiva. Por ello la sexta fase, entre los siglos XVII y XVIII, estuvo marcada por el seudomesianismo, que promovió muchos errores y abrió camino a la séptima y última etapa, la del jasidismo, proveniente de la Europa oriental y surgida como una reacción contra el mesianismo. El movimiento jasídico, encabezado por Israel Baal Shem-Tov, permitió popularizar la cábala, volviéndola menos hermética y elitista y dejando que sus conceptos se hiciesen más accesibles a la comprensión común.

– ¿Y lo del recuento de las letras y el Árbol de la Vida? -preguntó Tomás, mientras escribía afanosamente en su libreta-. ¿Dónde encaja eso?

– Profesor Noronha, está hablando de dos cosas diferentes -repuso Solomon- Lo que usted llama recuento de letras es, supongo, la gematría. Esta técnica consiste en la obtención del valor numérico de las palabras después de establecer la correspondencia entre las letras del alfabeto hebreo y los guarismos. En la gematría, las nueve primeras letras se asocian a las nueve unidades, las nueve letras siguientes están ligadas a las nueve decenas y las cuatro restantes representan las cuatro primeras centenas. -Abrió las manos y las hizo girar, como si con ese movimiento lograse abarcar toda la Creación-. Dios creó el universo con números y cada número contiene un misterio y una revelación. Todo lo que existe en el universo está encadenado por un sistema de causas y efectos y forma una unidad que se multiplica hasta el infinito. Los matemáticos, hoy en día, usan la teoría del caos para comprender ese complejo funcionamiento de las cosas, mientras que los físicos optan por el principio de incertidumbre para justificar el extraño comportamiento de las macropartículas en el estado cuántico. Nosotros, los cabalistas, preferimos la gematría. Hace miles de años años, entre los siglos II y VI de la era cristiana, apareció una pequeña obra enigmática y metafísica titulada Sefer Yetzirah o Libro de la Creación, donde se describe cómo Dios hizo el mundo usando números y palabras. Tal como los matemáticos y los físicos actuales, el Sefer Yetzirah sostenía que era posible penetrar en el divino poder creador a través de la comprensión de los números. Eso es, en el fondo, la gematría. Este sistema atribuye poder creador a la palabra y a los números y parte del principio de que el hebreo fue el idioma usado por Dios en el acto de la Creación. Los números y el hebreo tienen naturaleza divina. A través de la gematría, es posible transformar las letras en números y hacer descubrimientos muy interesantes. -Insistió hablando de verrry interrresting discoverrñes, lo que le otorgó un aire misterioso a la frase-. Por ejemplo, la palabra hebrea shanah, año, suma 355, que es justamente el número de días del año lunar. Y la palabra heraryon, embarazo, suma 271, o sea el equivalente, en días, a nueve meses, el periodo que dura el embarazo.