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– Como si fuese un anagrama.

– Precisamente, un anagrama divino entre números y palabras. Veamos otros ejemplos. En la gematría, av, padre, suma 3, y em, madre, suma 41. Ahora bien, 3 más 41 da 44, que es justamente el número de ieled, hijo. La suma del padre y de la madre da el hijo. Uno de los nombres de Dios, Elohim, vale 86, y la palabra naturaleza, hateva, también vale 86. Lo cual implica que Dios equivale a la naturaleza.

– Curioso.

– Pero más curioso, profesor Noronha, es lo que resulta de la aplicación de la gematría a las Sagradas Escrituras. Uno de los nombres de Dios, Yhvh elohei Israel, suma 613. Pues Moslu'h rabeinu, nuestro maestro Moisés, también suma 613. Este es, además, el número de preceptos de la Tora. Esto significa que Dios transmitió a Moisés las 613 leyes de la Tora. -Esbozó un gesto circular con las manos-. Las Sagradas Escrituras tienen una complejidad holográfica, se multiplican dentro de su texto varios sentidos. Otro ejemplo. El Génesis dice que Abraham llevó 318 siervos a una batalla. Pero los cabalistas, al estudiar el valor numérico del nombre de su siervo Eliezer, descubrieron que era 318. En consecuencia, se supone que Abraham, en realidad, sólo se llevó consigo a su único siervo.

– ¿Está diciendo que la Biblia contiene mensajes subliminales?

– Si quiere llamarlos así -dijo afable Solomon-. ¿Sabe cuál es la primera palabra de las Sagradas Escrituras?

– No.

– Bereshith. Quiere decir «En el principio». Si dividimos bereshith en dos palabras, queda bere, o sea «creó», y shith, que significa «seis». La Creación duró seis días y El descansó el séptimo. Todo el mensaje de la Creación está contenido, pues, en una sola palabra, justamente la primera de las Sagradas Escrituras. Bereshith. «En el principio.» Bere y shith. «Creó y seis.» El seis corresponde al hexagrama, al doble triángulo del sello de~Salomón, la que ahora llamamos estrella de David y que vemos en la bandera. -Señaló el paño blanco con trazos azules de la bandera de Israel, colocada en un rincón del escritorio-, Pero también se encuentran anagramas en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, Dios reveló en el Exodo: «te enviaré mi ángel». La expresión «mi ángel» se dice, en hebreo, melaji, un anagrama de Mijael, el ángel protector de los judíos. Es decir, Dios envió al ángel Mijael.

– ¿Y ese sistema de interpretación también se aplica al Árbol de la Vida?

– El Árbol de la Vida es otra cosa -corrigió el cabalista-. Durante mucho tiempo, dos cuestiones dominaron la relación del hombre con Dios. Si Dios hizo el mundo, ¿qué es el mundo sino Dios? Y la segunda cuestión, derivada de la primera, es saber por qué el mundo es tan imperfecto si el mundo es Dios. Para dar, en parte, respuesta a esas dos preguntas, apareció el Sefer Yetzirah, que mencioné hace un momento como el texto místico que describe de qué manera creó Dios el universo usando números y palabras. Esta obra se atribuyó originalmente a Abraham, aunque probablemente la haya escrito el rabino Akiva. El Sefer Yetzirah revela la naturaleza divina de los números y los relaciona con los treinta y dos caminos de la sabiduría recorridos por Dios para crear el universo. Los treinta y dos caminos son la suma de los diez números primordiales, las sephirot, con las veintidós letras del alfabeto hebreo. Cada letra y cada sephirah simbolizan algo. Por ejemplo, la primera sephirah representa el espíritu de Dios vivo, expresándose por la voz, por el aliento y por el habla. La segunda sephirah denota el aire emanado del espíritu; la tercera sephirah expresa el agua emanada del aire, y así sucesivamente. Las diez sephirot son emanaciones manifestadas por Dios en el acto de la Creación y se articulan en el Árbol de la Vida, que es la unidad elemental de la Creación, la menor partícula indivisible que contiene los elementos del todo. Naturalmente, este concepto ha evolucionado y el Sefer HaZohar, el gran libro cabalístico que apareció en la península Ibérica a finales del siglo XIII, definió las sephirot como los diez atributos divinos. La primera sephirah es keter, la corona. La segunda es chokhmah, la sabiduría. La tercera es binah, la comprensión. La cuarta es chesed, la misericordia. La quinta es gevurah, el arrojo. La sexta es tipheret, la belleza. La séptima es netzach, la eternidad. La octava es hod, la gloria. La novena es yesod, el fundamento. Y la décima sephirah es malkhut, el reino.

– Más despacio -suplicó el portugués, escribiendo con frenesí en su esfuerzo por registrar en la libreta de notas toda esta información-. Más despacio.

A esas alturas, sin embargo, Tomás ya había perdido el hilo, extraviándose en las redes de aquella sucesión de palabras hebreas, pero Solomon se mantuvo imperturbable en la exposición de los principios básicos de la cábala. Hizo una breve pausa, dejando que el historiador completase la estructura del Árbol de la Vida en el papel, y retomó su discurso.

– El Sefer Hazohar estableció muchas posibilidades de interpretación del Árbol de la Vida, con lecturas de las sephirot en los sentidos horizontal, vertical, descendente y ascendente. Por ejemplo, el sentido descendente constituye el trayecto del acto de la Creación, cuando la luz llenó la primera sephirah, keter, y se difundió hacia abajo hasta llegar a la última, malkhut. El sentido ascendente representa el acto evolutivo que conduce a la criatura al Creador, partiendo de la materia para alcanzar la espiritualidad. Cada sephirah abarca uno de los diez nombres de Dios. Keter, por ejemplo, es Ehieh, y malkhut es Adonai. Cada sephirah está gobernada por un arcángel. A keter le corresponde el arcángel Metatrón. El Árbol de la Vida se aplica a todo. A los astros, a las vibraciones, al cuerpo humano.