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Thornten observaba al monje de forma furibunda.

– Ningún pope suele acercarse normalmente a menos de cinco metros a mis científicos. Y no hablemos ya de mí. ¿Qué hace usted aquí?

Jerónimo sonreía indulgente.

– ¡Usted no es un hombre que cree!

– Yo creo en la ciencia, no en el baile de disfraces que llevan organizando usted y los de su calaña desde hace dos mil años. ¿Qué hace usted aquí?

– Usted ni siquiera alcanza el primer escalafón de la humildad. ¿Sabe lo que le dice San Benito incluso a gente como usted? «El hombre debe temer a Dios y guardarse de olvidarse de él jamás» -Jerónimo miró al suelo, y elevó a continuación la cabeza con un movimiento enérgico-. Hace unos días me han ofrecido aquí un cheque para la restauración de una casa del Señor.

Jerónimo se acercó a Folsom y le agarró del brazo.

– Este hombre pretendía comprar la salvación de su alma, pretendía sobornarme a mí, y a Dios. Tampoco él conoce la humildad. Ni ante Dios ni ante la vida. Pretendía comprar su culpa.

– Tonterías -Thornten hacía un gesto con la mano-. ¿Qué es lo que quiere de Jacques Dufour?

– A Jacques le han impuesto una gran prueba. Fue elegido por el Señor para llevar a cabo su voluntad y terminar con estos desalmados experimentos.

– Es usted muy enigmático -Folsom se reía-. Hemos paralizado todas las pruebas después del accidente hasta que conozcamos sus causas. El buen Dufour no necesita pasar ninguna prueba por ello.

– ¿De qué está hablando? -Thornten miró hacia Folsom.

Folsom arrugó la cara, titubeaba antes de responder entre dientes.

– De las pruebas de telomerasa, durante las cuales murió el tal Gelfort. Este es el sacerdote a quien llamó Dufour para que le tomara confesión… ¡y ocurrió sin mi conocimiento! -añadió al ver resollar con ira a Thornten.

Los ojos del monje centelleaban.

Jasmin calló y dio a entender con un ademán que ya era conocedora de las conexiones desde que había escuchado aquella conversación.

Chris siguió atento la disputa y reflexionó por un momento antes de que se le ocurriera la palabra acertada para describir la expresión del rostro del monje: «triunfo».

– Creo que no está hablando de eso -espetó Thornten.

– Entonces solo se puede tratar de…

Folsom interrumpió su explicación, pues el teléfono móvil de Sullivan acababa de sonar de nuevo. El jefe de seguridad escuchó la llamada y de repente se tornó blanco como la cal.

– Rápido… en el laboratorio… era Sparrow… Dufour…lo está destruyendo todo… ¡las pruebas! ¡Una carnicería!

* * *

Chris corrió en formación con el grupo. Permanecía cerca de Jasmin, quien le sujetaba la mano y lo miraba desesperada una y otra vez.

Una vez en el laboratorio, vieron a Ned Baker y Wayne Snider con sus cuerpos contraídos tendidos en el suelo, el cual estaba sembrado de trozos de cristal. Sparrow se encontraba de pie en la habitación con la pistola cargada mientras amenazaba a Dufour, quien se encontraba de pie tembloroso delante de una nevera sosteniendo varios cuencos de plástico en la mano.

Thornten entendió de inmediato lo sucedido y comenzó a gritar. Sus soeces insultos caían como una pedrisca sobre Sparrow y Dufour. En medio de su desenfrenado delirio se entremezclaba a su vez la ponzoñosa voz de Zoe Purcell.

– ¿Qué es lo que tiene este hombre en la mano? ¿Y quién es? -le susurraba Chris a Jasmin al oído, que mantenía perpleja su mano delante de la boca, a diferencia de Jerónimo, que sonreía a su lado.

– Es el doctor Dufour. Han matado un ratón para analizar los efectos del cromosoma. Se trata de pruebas del tejido del ratón.

Chris asentía con la cabeza y centró su mirada primero en Dufour, y a continuación en Jerónimo.

– ¿Qué tienen que ver los dos juntos?

– No lo sé.

Thornten, quien continuaba vociferando sin cesar, golpeaba con el puño en las mesas de laboratorio, dando tumbos furibundos a través del caos. De pronto, el presidente se colocó de pie delante de Dufour con un escalpelo en la mano. El rostro de Thornten era una caricatura, sembrado de hendiduras y manchas.

El científico, por el contrario, permanecía rígido de pie sin hacer un solo movimiento, entregado a su destino. La punta del escalpelo bailaba debajo de su barbilla.

– Lo que más me gustaría sería cortarte el cuello… -la voz del presidente vibraba de manera tenebrosa, y su brazo temblaba sin cesar. Como a modo ralentizado, la punta del escalpelo se paseó hacia arriba, rozó la piel de Dufour y se retiró de nuevo como la lengua de una serpiente. Los ojos de Thornten se abrían aún más, y Chris creía ver ya el brazo salir disparado hacia arriba.

– «Fue obediente hasta la muerte». Amén -la voz de Jerónimo retumbaba a través de la estancia. La espalda de Thornten se enderezó, y su brazo cayó de repente hacia abajo. El presidente dejó caer el escalpelo.

– ¡Este es ahora el resultado! ¡Tanto hablar para nada! -la voz de Zoe Purcell se entrecortaba-. ¡Este cabrón lo ha destruido todo! ¿Hank, vas a quedarte ahí sin hacer nada? ¡Yo, no!

Zoe Purcell corrió hacia Dufour y le propinó con todas sus fuerzas una patada en la entrepierna. Dufour lanzó un alarido y dejó caer los cuencos. Retorciéndose de dolor, se derrumbó de rodillas con las manos apretadas en el bajo vientre.

La jefa de finanzas se giró colérica y zarandeó el brazo de Thornten. Pero el presidente la apartó de un golpe.

– ¡Calla la boca, Zoe! -Thornten miró con serenidad en dirección a Sullivan-. Prepárelo todo para la salida. ¡De todos!

Sullivan miró a Sparrow antes de posar su mirada en Chris y este último viró el cañón del arma que apuntaba a Dufour en dirección a Chris.

– ¡Idiotas! ¡Sois todos unos idiotas de miras estrechas! Cogéis al niño y… -Zoe Purcell giró furiosa hacia Thornten-. ¡Hank, dame la ampolla! ¡Dámela! ¡Yo misma se la inyectaré al niño! ¡Ahora mismo!

Capítulo 40

Sofía Antípolis, cerca de Cannes,

noche del martes

Chris salió por la puerta de entrada en dirección al acceso de la clínica, donde esperaban dos ambulancias. Dos limusinas Citroën formaban la cabeza y la cola del pequeño convoy respectivamente.

El crepúsculo se estaba asomando a hurtadillas, y los tonos estridentes del día centelleaban apenas, suaves bajo el sol poniente. La penumbra se iba haciendo un hueco en el acceso al edificio, y las farolas comenzaban a esparcir un débil resplandor.

El aire era agradablemente suave, el clima apropiado para disfrutar una copa de vino sentado en un paseo marítimo. En lugar de eso, Sparrow arrimó el cañón de su arma en la espalda de Chris empujándolo hacia delante.

Entre tanto, los integrantes del equipo de seguridad de Sullivan se habían posicionado de pie al lado de los vehículos, cuyos motores ya estaban en marcha. La luz de los faros atraía a los insectos que se tambaleaban en su ardiente muerte.

– ¡Todos juntos! ¡Por fin! -Thornten hacía impacientes señas con la mano, cuando Chris hubo alcanzado la parte trasera del furgón posterior.

Thornten tenía prisa por desaparecer. Olía el peligro. Ni siquiera le había dado tiempo a preguntarle a Chris el significado de las tablillas. Todo eso debía esperar.

Chris contemplaba al compacto guardaespaldas de Thornten.

– ¿Vigilados y atados? ¿Realmente es necesario eso? ¿No le es suficiente con hacérmelo a mí? -protestó mientras señalaba hacia Jasmin que ya se encontraba sentada en el vehículo con el monje. Sus manos estaban atadas por las muñecas, al igual que las de Chris. Las cuerdas rozaban la piel hasta levantarla.

– Pura precaución -Thornten sonreía con aire de suficiencia-. ¡Adentro! ¡Acabe de una vez, queremos partir! -Thornten se giró hacia Sullivan-. ¿Nuestro jet aguarda listo en Niza?