Выбрать главу

– ¿Eso es todo? -Le sonsacaba Chris-. ¿Las cosas no se hicieron como debían, verdad?

Dufour titubeaba con la respuesta.

– Lo habíamos testado anteriormente en ratones -dijo por fin-. El procedimiento tradicional. Los ratones constituyen los animales preferidos para los experimentos en laboratorios.

– ¿Qué fue lo que salió mal?

– Nuestros ratones murieron. Mucho después de las pruebas. Simplemente nos hemos escudado en la excusa de que no tenía nada que ver con las pruebas…

– Y cuando murió este joven…

– Me pregunto día y noche cómo pudo ocurrir tal cosa. Hasta hoy sigo sin conocer el motivo de la muerte de Mike Gelfort y…

– Y no quiere volver a cargar con la culpa. Entiendo -Chris echaba una y otra vez breves ojeadas hacia Dufour, quien mordisqueaba nervioso las uñas de sus dedos-. ¿Qué motivos tiene este monje?

Dufour pensó en la reacción histérica de Jerónimo en la iglesia. Creía verlo de nuevo en el suelo, cómo se arrastraba hacia la cruz, gritaba, lloraba y rogaba por la adjudicación de la prueba. Y entonces hizo que cargara él con la responsabilidad de la misma.

– Me pareció como si él supiera perfectamente lo que se había descubierto en las pruebas óseas.

– ¿Cómo va a ser posible?

– No lo sé. Me hizo preguntas y casi se volvió loco con mis respuestas. Y también me preguntó por un nombre.

– ¿A qué se refiere?

Dufour reflexionó.

– Me preguntó si un hombre…

– Marvin. Henry Marvin -a Chris le salió el nombre casi solo de los labios.

Dufour hundió los dedos en el brazo derecho de Chris.

– ¡Ese era exactamente el nombre por el que preguntaba Jerónimo!

Chris soltó una carcajada cargada de ironía.

– El círculo se cierra. Jacques Dufour, ¿dónde podremos descansar unas horas? Necesito planificar, preparar.

– ¿Realmente desea continuar luchando? ¿Solo, sin ayuda, contra esta superioridad?

– Debo hacerlo. Y quizás pueda ayudarle a usted también… ¿Dónde?

– Yo vivo en Valbonne. Se trata del pueblo justo al lado del parque científico.

– Demasiado cerca. Allí es donde buscarán primero.

Dufour pensó un instante.

– La casa de mis padres en mi pueblo natal está vacía…

– ¿Dónde está eso?

– En Collobrières. A casi dos horas de aquí. En función del camino que se tome. Se trata de un pequeño pueblo en los Pirineos orientales.

– ¿Hay ciudades más grandes cerca? ¿Con un aeropuerto?

– Toulon no está lejos. Marseille lo está algo más.

– ¿Cómo llegamos hasta allí?

– Debemos ir al sur. Lo mejor será que demos la vuelta, viajemos por la autovía hasta la salida…

– No -Chris meneaba la cabeza-. La autovía, aunque sea más rápida, es más problemática a la hora de abandonarla de nuevo. Las barreras y los peajes en las salidas con sus correspondientes sistemas de seguridad abundan por doquier. En cambio, la carretera costera puede suponer una verdadera bendición. Numerosas bifurcaciones, carriles por el monte, posibilidades para desviarse, escondites… ¿Por dónde?

– ¡Allí! -gritó Dufour cuando pasaron por delante del palacio de congresos situado al lado del puerto de Cannes. Durante un breve tiempo les acompañó la playa arenosa, pero más adelante comenzaron a romper las olas del mar en los escarpados acantilados. A la derecha de la carretera costera se iba aupando cada vez más el macizo del Esterel hacia las alturas.

– ¡Dígame lo que tiene en mente! -Rogó de repente Dufour con voz firme-. Yo le ayudaré.

Chris echó una breve ojeada de soslayo a Dufour.

– ¿Podré realmente confiar en usted? Usted cambia una vez más de bando. Primero científico, después esclavo de especuladores ávidos de dinero, y finalmente el brazo ejecutor de un sacerdote dogmático. ¿Y ahora?

Dufour se agarró primero la nariz, y a continuación pasó la mano sobre la barbilla antes de contestar.

– Regresar a la verdadera ciencia. A aquello que significa ciencia: investigar, conocer y ayudar, ayudar a las personas. A aquello que me inspiró en un principio a elegir mi camino. ¿Le bastaría una prueba como esa?

– ¿Cómo sería?

– El niño. Mattias. Las pruebas en las que debía participar parecían su última oportunidad para sobrevivir.

– Y esa esperanza se ha desvanecido.

– Sí. Pero existen otras pruebas que a su vez se dedican a los daños hepáticos. Con éxito. He estado investigando durante los últimos días sobre un método que me parece muy interesante, pero que no fue investigado por nuestro grupo. -El semblante de Dufour se mostraba serio y totalmente concentrado cuando Chris le miró de nuevo.

»En el sur de Alemania existe una pequeña empresa biotecnológica que trabaja en el desarrollo de una idea de un sagaz médico. Consiste en introducir en un hígado enfermo a través de un catéter células vivas y sanas, las cuales se multiplican allí y reparan las funciones vitales. Las células proceden de órganos donantes que no sirven para trasplantes. La gran ventaja de este procedimiento reside en que son varios los pacientes que se aprovechan de un solo órgano donante.

– ¿Y yo me he de creer eso? -preguntó Chris.

– Seguramente comprenderá que nosotros nos mantengamos al corriente de lo que hacen otros investigadores, ¿no? Pero como se trata de mucho dinero, cada uno esconde sus resultados hasta estar seguros de ellos y patentarlos. En cualquier caso, al parecer este método realmente está dando buenos avances. Parece ser que varios candidatos a la muerte, entre ellos una mujer que padeció una ingesta venenosa de setas normalmente mortal, se han salvado de esta forma.

Chris permaneció en silencio durante largo rato.

– ¿Usted es consciente de lo que está diciendo?

– Que hay esperanza porque la ciencia investiga y descubre.

– ¿Ayudará a Mattias?

– Eso no lo puedo decir. Desconozco demasiados detalles.

Chris asentía pensativo.

– Despertar falsas esperanzas seguramente no sea el camino más apropiado en estos momentos.

– Cuando todo esto haya acabado, usted debería… -Dufour se interrumpió, calló y carraspeó después de un rato-. Bueno, parece que mis argumentos no le parecen prueba suficiente.

– ¿Qué? -Chris volvió a salir de la maraña de pensamientos a la que le había arrastrado Dufour-. Ah, sí. Mis intenciones… quiero citarme con una persona. Y eso conlleva ciertos preparativos. Todo esto supone solo una pequeña partida dentro de un juego mucho mayor. ¡Quiero saber el motivo de todo este teatro!

– No creo que exista alguien que pueda decírselo.

– Se equivoca.

– ¿Y quién va a ser?

Chris recordaba Fontainebleau, Ponti y las preguntas de Marvin.

– El papa.

Capítulo 41

Sofía Antípolis, cerca de Cannes,

noche del martes al miércoles

El papa Benedicto se golpeaba con los nudillos en los labios. «Aquí en el centro de investigación del grupo farmacéutico -así había dicho Marvin- encontraría lo que estaba persiguiendo».

Pero el antro estaba vacío. A pesar de los helicópteros, llegaron demasiado tarde. Calvi acababa de informarle de la existencia de dos cadáveres y le aconsejó que se retiraran lo antes posible.

Sin embargo, hacía pocos minutos que abandonaron a un monje a las puertas de un cuartel de la Gendarmería. «¡El hermano Jerónimo! ¿Podría ser cierto?».

El monje había sido secuestrado allí hacía unas horas y fue abandonado atado y tendido en el suelo en la autovía en dirección a Niza. Un turista español lo descubrió durante un breve descanso y trasladó al aparentemente turbado sacerdote, que no cesaba en nombrar una y otra vez al papa de Roma, hasta la dependencia más cercana de la policía.