Una vez allí, el sacerdote no cesaba en su empeño de relatar extraños sucesos acaecidos en la clínica de Tysabi de Sofía Antípolis, exigiendo una entrevista urgente con el pontífice.
La consideración para con el sacerdote fue el motivo por el que el informe fuera trasladado y hubiera sido recibido en algún momento por la escolta francesa. Calvi fue informado y este se encargó de hablar con el monje por teléfono y organizar que fuera trasladado aquí.
Cuando se abrió la puerta, la sospecha del papa se hizo realidad.
El hermano Jerónimo se dejó caer de rodillas.
– Santo Padre, he hecho todo lo que estaba en mis manos. Intenté llamar a Su Santidad, pero Roma no me tomó en serio. Doy las gracias al Señor de que finalmente haya venido. Soy demasiado débil para esta prueba.
El pontífice agarró al monje de los hombros y tiró de él hacia arriba.
– Tome asiento.
Ambos se sentaron a la mesa, y Jerónimo constató en silencio que el papa había elegido exactamente la misma silla en la que se había sentado Hank Thornten.
– ¡Cuéntemelo todo! -dijo el papa mientras enterraba su cara entre sus manos.
Jerónimo habló entrecortado, se enzarzaba una y otra vez en detalles y agachó culpable la cabeza cuando hubo terminado.
– ¿Y no existe ninguna duda?
Jerónimo meneaba la cabeza.
– He intentado huir de la prueba.
– Dios maneja nuestros destinos, y no nosotros -respondió el papa-. ¿Recuerda mis palabras cuando me pidió que le eximiera de sus responsabilidades? Eso fue cuando Marvin apareció por primera vez en el Vaticano y habló de las tablillas. Ambos sabíamos que había llegado el momento de la prueba. ¿Cómo pudo pensar que iba a poder huir de la voluntad de Dios con su retiro al monasterio? Usted fue quien encontró la tablilla en el archivo arqueológico. Dios le había designado a usted. Acepte de una vez la prueba, ¡como hago yo!
– ¡No soy lo suficientemente fuerte para ella! He intentado que fuera otro quien cargara con la decisión -Jerónimo agachaba la cabeza.
– No debió haber hecho eso. ¡Hermano Jerónimo! Esta carga me la encomendó Dios a mí. El momento está cerca. Soy capaz de sentirlo -el papa, fatigado, se pasó las manos por el rostro-. Pero dígame, ¿realmente es…?
Jerónimo asentía entre temblores.
– Lo he visto. Lo han probado en ratones.
– Por lo tanto, Marvin dijo la verdad. -Jerónimo levantó sorprendido la mirada-. Sí, sí, él también está aquí. Dios le ha utilizado para mostrarme el camino hasta acá.
– ¡Pero Dios parece habernos abandonado! ¡Ellos escaparon con todo!
– ¡Usted confía demasiado poco en Dios! -espetó el papa-. Aún no ha llegado el final -de nuevo sintió de repente ese extraño vacío en su cabeza-. Si pudiéramos alcanzarles…
Jerónimo observaba perplejo al papa. Acto seguido le vino de repente una idea.
El papa ya no le estaba escuchando, tan fuerte y potente le sobrevino la visión.
Comenzó como siempre; sin embargo, esta vez era diferente.
Lo primero que vio fue el cayado, pero de nuevo carecía de su brillante recubrimiento en oro, sin tallados en marfil ni la característica concha de caracol que se suele ver en la parte superior del báculo obispal.
El cayado era recto, de metal liso y centelleaba argentado.
Posado de pie en la tierra, podía llegarle quizás a un portador de mediana estatura hasta la frente. Más abajo, finalizaba en una punta metálica.
La quinta parte del báculo, comenzando por su extremo superior, constituía una cruz laboriosamente tallada que representaba a Cristo crucificado.
Entonces vio al hombre que portaba el báculo en su mano.
El hombre llevaba un níveo solideo de seda de moiré, una sotana blanca con treinta y tres botones y pectoral, y los guantes rojos de cuero, según se vestía en tiempos de los emperadores romanos.
El color del cutis era rosado y el cabello blanco como la nieve. El hombre había rebasado ampliamente la edad de los setenta, el rostro era afable y su figura enjuta. En el dedo anular derecho, el hombre portaba el Pescatorio de oro con la representación del fundador de la Iglesia, San Pedro, y escrito el nombre de «Benedicto».
Se estaba viendo a sí mismo.
La imagen se ampliaba, y pudo ver el rebaño de ovejas. Como de costumbre.
Los animales no se encontraban cerca los unos de los otros, pastaban ampliamente diseminados por toda la zona rocosa en busca de un rico pasto.
Su mano izquierda sostenía el báculo justo debajo del tallado con la cruz, y la punta metálica presionaba fuerte el suelo.
Se encontraba de pie sobre una pequeña prominencia rocosa por encima del rebaño, desde la que disponía de una buena panorámica sobre el terreno. A pesar de ello, el hombre no veía a todos sus animales, pues algunas rocas de gran tamaño le bloqueaban la vista.
Escuchaba el aleteo. Fuerte, poderoso, en lugar de acelerado; tranquilo y decidido, como siempre.
Sin embargo, su retrato no se movía. Permanecía en su postura como si no le viera. ¡Pero eso era imposible! ¡Pero si él también lo estaba viendo!.
Primero un punto en el cielo, de repente el águila se hizo gigantesca, y las garras sobresalían de sus fuertes patas. Podía ver de forma sobredimensionada el pico y los ojos voraces del cazador anunciador de la muerte.
Fue entonces cuando las garras situadas en las patas estiradas se clavaron en el cráneo del cordero. El águila dio una voltereta, tirando consigo el animal al suelo, pero no lo soltaba. Luchaba con aleteos lentos y fuertes contra el peso situado entre sus garras; despegó, pero se hundió de nuevo hacia el suelo, cuando el cuerpo de su víctima daba respingos mientras luchaba por su vida.
El pico curvo del águila picaba la blanda carne situada entre sus garras.
¡Él gritó!
Pero su retrato no se movía de la roca.
El ave se elevó con aleteos pesados del suelo. La presa aprisionada entre sus garras ya no se movía. En cuestión de segundos, el águila ganó en altura y desapareció.
– ¡La culpa le pertenece al pastor!
Capítulo 42
Macizo de los Moros, sur de Trancia,
noche del martes al miércoles
Chris condujo por la carretera costera a las faldas del macizo del Esterel hasta Saint Raphael, y posteriormente por Saint Aygulf y Sainte Maxime. Thornten había intentado armar camorra, pero Jasmin había tirado de los extremos de la cuerda con los nudos en ocho. Desde entonces volvió a reinar el silencio en la parte trasera del furgón.
En Port Grimaud, Chris se desvió hacia el interior. Las espumosas crestas de las olas y las caprichosas formaciones rocosas pasaron el testigo a parcelas de viñedos sin fin. A partir de Grimaud iban escalando hacia las montañas del macizo de los Moros. Bosques compuestos por pinos, alcornoques y olivos formaban el paisaje a través de la estrecha y serpenteante carretera.
– Un descanso -anunció Chris, cuando desde el margen derecho de la carretera se manifestaba de repente una amplia explanada de gravilla. A los detenidos se les permitió que caminaran unos pasos para, a continuación, ser amarrados por Chris en el parachoques durante el resto de su parada. Jasmin y Anna, entre tanto, se ocuparon de Mattias.
– ¿Cuánto queda? -Bufó Jasmin sin mirarle a la cara-. ¡El chico necesita descansar!
– Ya no queda mucho. Voy a preguntarle…
Jasmin siguió los pasos de Chris hasta el centro del lugar, donde se encontraba Dufour de pie delante de un cierre bajo compuesto de postes metálicos y cadenas. En el interior del cierre se alzaba un gran monolito conmemorativo con varios ramos de flores adelante. En la roca de granito figuraba una placa en cuyo texto destacaban tres nombres.
– Incendios forestales -murmuró Dufour. Caminó hacia un alcornoque situado tan solo a unos pocos metros, manoseó la corteza y mostró su negruzca mano-. Hollín. Observe con mayor atención los pinos y las colinas. Está todo arrasado. Si hubiera mayor claridad, vería que los troncos están todos abrasados. Son como señales calcinadas de advertencia. Los incendios forestales: el azote del sur de Francia. Y a menudo causado por el hombre.