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– ¿Qué quiere decir? -preguntó Dufour a la par que se apoyaba en el salpicadero debajo del cristal del parabrisas.

– ¡La gente de Tysabi! El coche… ¡está claro! La pegatina…

La limusina se colocó delante del furgón, y de repente se iluminaron las luces de freno.

– ¡Agarraos! -gritó Chris.

Él pisó el freno, y el furgón inclinó el morro como cuando un boxeador hinca las rodillas cuando acaban de darle un buen golpe. Jasmin y Anna gritaban, y a continuación se escuchaba incluso la voz de Thornten, que juraba soezmente.

Chris levantó el pie del freno, pero volvió a pisarlo hasta el fondo.

– ¡Agarraos bien fuerte! -gritó mientras intentaba evitar una colisión, pues si los vehículos se trababan entre sí, eso hubiera significado el fin de su huida.

Tiró del volante hacia la izquierda. Pero la limusina hizo lo propio sin mayor problema, obstaculizando el camino. Chris miró en ese instante a su izquierda hacia el precipicio, lugar donde solo crecían matorrales bajos. Apenas había árboles capaces de frenar una caída.

De repente giró el furgón de nuevo hacia la derecha, hacia la falda de la montaña, pero la limusina delante de él, una vez más, era más rápida. El otro vehículo acechaba como un lobo detrás del furgón.

La carretera continuó de repente, formando un círculo, en dirección opuesta al desfiladero. La falda de la montaña se alzaba ahora a su izquierda, mientras que a su derecha, el terreno formaba un suave descenso. Chris giró el volante, guiando el furgón de nuevo al carril contrario.

La limusina situada detrás de ellos comenzó a acelerar de repente, colocándose a la misma altura del furgón.

– ¡Van a disparar! -gritó Dufour. La ventanilla trasera de la limusina estaba abierta, y él observó claramente una mano aferrada a una pistola.

La carretera giraba, mientras tanto, en una curva hacia la derecha. El bosque se componía aquí de fuertes alcornoques y escaso monte bajo. La limusina situada delante de ellos frenó al mismo tiempo que la segunda limusina, la cual les obstaculizaba el camino a su derecha.

– ¡Allí delante! -gritó Dufour.

Desde la carretera, por una pequeña colina ascendía un camino, cuya barrera con franjas rojas y blancas en la entrada se alzaba verticalmente hacia el cielo.

Chris pisó con fuerza el freno y giró ligeramente el volante. Las limusinas, por el contrario, continuaron a toda velocidad por la carretera principal.

– ¡Atención! -gritó Chris mientras aceleraba. El furgón subía a todo gas por la bifurcación y pegó un pequeño salto una vez culminada la cima.

Dufour soltó de repente un grito de euforia.

– ¿Qué ocurre? -gritó Chris.

– Han colisionado entre ellos -Dufour no cesaba en girar la cabeza, a pesar de que ya no le era posible ver nada.

– Eso nos da unos minutos, nada más. ¿Hacia dónde lleva esta carretera? -Chris pisó el pedal de aceleración a fondo.

– ¡Una carretera sin salida! -berreaba Dufour-. ¡Se trata de una carretera sin salida!

– ¿Por qué? ¡Parece una carretera como las demás!

El furgón iba a toda mecha por las curvas asfaltadas y se balanceaba como un barco carguero en alta mar.

– La carretera se corta después de unos kilómetros -murmuró Dufour.

– ¿Por qué? ¿Qué hay allí?

– Un monasterio en ruinas. La cartuja de la Verne. Un grial de paz y recogimiento. Algo así como el fin del mundo.

Chris condujo el furgón a todo trapo por una hondonada mientras las montañas se retiraban detrás y del lado derecho de la carretera centelleaba el agua de un arroyo a la luz de la luna. Atravesaron un puente, y la carretera comenzó a ascender nuevamente de manera escarpada a través de apretadas curvas.

– ¿Cómo continuamos a partir de aquí?

– Hay una senda que desciende por el otro lado.

– ¿No viene antes ninguna bifurcación, un camino al bosque?

– Nada -murmuró Dufour apático-. Nada.

La carretera asfaltada se convirtió en una pista de escombros. El furgón se balanceaba peligrosamente; esquirlas de piedra saltaban contra la chapa. A su izquierda, la colina descendía de forma escarpada, y un cortafuego que cruzaba el bosque despejaba la panorámica hacia los valles circundantes.

Era impresionante. Como desde un candelecho, la mirada de Chris se deslizaba sobre los valles boscosos y las cadenas de montañas. A pesar de la oscuridad, eran claramente visibles las siluetas de las montañas que se agolpaban unas detrás de otras al igual que las olas del mar.

Delante de ellos, en la siguiente cordillera, se erguía, sobre una torre vigía, un poderoso muro de unos trescientos metros de longitud. Pero sus edificios superaban incluso a estos poderosos muros de protección, y gracias a las diferentes alturas, todo en sí recordaba la imagen de un barco con sus mástiles. De esta forma, los edificios se alzaban con poderío hacia el cielo en la proa del barco, mientras que en dirección a la popa se hacían cada vez más diminutos.

Hacia el sur, la proa del barco rocoso ascendía la loma de la montaña como un buque remolcador que surca una ola en movimiento; mientras que en el norte, la popa se hundía y colgaba profunda en el valle de olas.

– ¿El monasterio? -Chris se estremeció.

– El monasterio tiene mil años.

Ellos echaron una ojeada en dirección al extremo occidental del edificio. Los apabullantes muros de protección se erguían desde las profundidades del valle hacia arriba. A pesar de todo, las instalaciones parecían, desde la lejanía, compactas y extraordinariamente ligeras al mismo tiempo. Chris comenzó a comprender lentamente este efecto. Los muros de contención situados en la profundidad del valle eran los que creaban la plataforma sobre la que se construyeron los edificios. Debido a que no veían las instalaciones desde abajo, al encontrarse a la misma altura, se relativizó su magnificencia.

– Parecen las ruinas de un castillo.

– Los monasterios se construían antaño con capacidad para defenderse.

– ¡Es usted un entendido en la materia!

– En mi juventud estuve aquí en varias ocasiones. Un monasterio de los cartujos. Paz y soledad: el lugar ideal para hacer examen de conciencia.

El camino de grava les obligó a recorrer la falda de la montaña por curvas serpenteantes. En algunos lugares, la carretera se estrechaba de tal forma que no hubieran podido transitar dos vehículos al mismo tiempo. Delante de ellos, del lado izquierdo, vislumbraron el último repecho de la curva; detrás se elevaban los muros de piedra natural del monasterio en forma de pared negruzca.

Chris detuvo el furgón.

– ¡Ayúdeme! Venga -ordenó mientras saltaba del vehículo y abría las puertas traseras de un manotazo-. ¡Debemos correr, venga, rápido!

Jasmin clavó su mirada en él.

– ¡Tú no estás en tus cabales!

– Nos están persiguiendo. Los hombres de Tysabi. Han intentado pararnos.

– Me da igual. ¿Te enteras? -Ella se apeó del coche-. ¡Tu egoísmo nos ha llevado a esto!

– ¡Debemos ir al monasterio! ¡Venga, fuera! ¡Todos!

Anna apartó su brazo y se bajó sola del vehículo. Chris, por el contrario, se subió de nuevo a él y agarró a Thornten por sus muñecas inmovilizadas.

Thornten y Zoe Purcell se incorporaron con cuidado, pues continuaban unidos por sus respectivos cuellos a través del nudo de ocho. Lentos y con cierta torpeza se apearon del furgón. Chris les alejó unos pasos del vehículo y ofreció a Anna la pistola.

– Si quieren fugarse, dispare. ¡Los cerdos son ellos!

A continuación, él se apresuró de nuevo hacia el furgón y trasteó en la camilla hasta deshacer los seguros de transporte y, a continuación, deslizó la camilla hacia afuera para trasladarla ayudado por Dufour hasta el borde de la carretera.

– ¡Todo va bien, Mattias! ¡No te va a pasar nada!

Chris sonreía al niño, que le observaba en silencio. Apenas escuchó a Mattias pronunciar ni una sola palabra. Sin embargo, eso era comprensible, pues el chico hablaba sueco y seguramente no entendía la maraña de idiomas en los que conversaban los demás.