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Chris corrió de nuevo hacia la furgoneta para agarrar el maletín con las pruebas y la jaula portátil con los ratones.

– ¡Lleva tú esto! -él buscaba la mirada de Jasmin, pero ella se giró de forma abrupta como si fuera un leproso. Chris la seguía furioso con su mirada, pero instantes más tarde sacó una linterna de la guantera lateral de los asientos traseros y se la ofreció a Dufour-. Llame a su amigo, dígale dónde estamos.

– ¿Se refiere a Jerónimo?

– ¿A quién sino?

– ¿Por qué?

– ¡Maldita sea! ¿Ya no recuerda que nos hemos citado con el papa en Collobrières? Ellos viajan con helicópteros. Ahora deben venir aquí. ¡Dese prisa! ¡Debemos aguantar hasta entonces!

Hank Thornten había girado la cabeza y escuchaba furtivamente, pero no pudo entender más que palabras sueltas.

– Zoe, ¿de qué están discutiendo? ¿Con quién acaban de hablar por teléfono? -preguntó en silencio mientras continuaba a la escucha. Anna se encontraba de espaldas y de pie a su lado mientras que le dedicaba palabras tranquilizadoras a Mattias-. ¿A quién están esperando?

– No lo sé… quizás hayan decidido algo durante el descanso de hace un rato. Yo… -Zoe Purcell se calló, pues Anna había girado al mismo tiempo que los miraba con semblante muy serio.

Thornten seguía sin comprender la conexión de los hechos. Pero le parecía que ya no les restaría mucho tiempo. Quiso dar unos pasos hacia Dufour, quien habló excitado por el teléfono móvil, pero Anna le detuvo con el arma en la mano, por lo que Thornten se paró y continuó escuchando.

Chris se subió al coche y condujo marcha atrás hasta la última curva. En la falda de la montaña destacaba un promontorio en el camino, estrechando la vía. Mientras que del otro lado, en el precipicio, crecían tres árboles cuyos fuertes troncos se alzaban ceñidos a la vía.

Chris guió el vehículo cerca de la falda de la montaña, giró el volante con la intención de deslizar el furgón en plena curva con la parte trasera de cara hasta el precipicio. Se detuvo, giró de nuevo el volante, condujo hacia delante, y a continuación dejó deslizarse hacia atrás. Durante la última ocasión pisó el pedal del acelerador a todo gas. El furgón dio un brinco hacia adelante y colisionó con el morro contra la pared de roca, rompiendo en mil pedazos el cristal y abollando asimismo el capó.

El furgón se encontraba ahora en perpendicular a la vía, formando una barrera junto al promontorio. Chris se asomó fuera del coche y miró hacia atrás. Las ruedas traseras no distaban ni veinte centímetros del precipicio.

Chris metió la marcha atrás, aceleró y soltó el embrague. El furgón dio un brinco y las ruedas traseras salieron disparadas por el precipicio, provocando que la parte trasera colisionara con los árboles. El vehículo comenzó a hundirse hasta que la chapa del suelo se posó sobre la misma vía. Las ruedas traseras giraban silbando en el aire.

Chris saltó del vehículo y volvió corriendo.

– ¿Ha llamado por teléfono?

Dufour asentía con la cabeza.

– ¿Y?

– Vienen de camino.

– ¿Lo ve? ¡Venga! ¡Al monasterio!

Anna Kjellsson zarandeaba su brazo. El azul claro con el iris azul oscuro de sus ojos le recordaban sin remedio a los de Jasmin.

– Quiero que sepa dos cosas, Chris Zarrenthin…

– ¡Ahora no tenemos tiempo!

– ¡Escúcheme! -su voz temblaba, sonaba áspera y dura. Anna señalaba en dirección a Jasmin-. Jasmin se ha enamorado de usted. Ella me lo confesó. Y por eso ha llorado en la furgoneta hasta fundirse los ojos, porque usted continuó empeñado en salirse con la suya, en lugar de elegir el camino más fácil…

Chris pudo sentir una punzada en el pecho, y en sus venas retumbaban miles de tambores salvajes.

– Todo saldrá bien.

– … Pero yo le odio. -Su cuerpo vibraba de repente y los músculos de la cara se estremecían-. Usted junto con su maldita cabezonería y estos huesos son la razón por la que mi hijo se encuentra ahora en peligro. ¡Y su carácter veleidoso clama el cielo! -sus ojos ardían-. Si le ocurre algo a mi hijo, le mataré, Chris Zarrenthin.

Capítulo 43

Cartuja de la Verne, macizo de los Moros, sur de Francia,

noche del martes al miércoles

Jasmin ascendía a la carrera por el último repecho. Detrás de ella seguían Thornten y Purcell y detrás, a su vez, caminaba Anna con el arma en la mano. Chris y Dufour formaban el final de la cuadrilla y portaban la camilla con Mattias.

«Un castillo», pensó Chris, cuando vislumbró el muro de diez metros de altura, ausente de ventanas y construido en piedra natural. Un cerrojo bastante convincente que se estiraba casi cien metros hacia el este. Ellos se encontraban de pie en el extremo oeste, dominado por una redonda atalaya, que se aupaba incluso por encima del persuasivo muro.

Posaron con cuidado la camilla, y Chris corrió hacia la entrada del monasterio situado en el centro del muro. El portón del monasterio era de madera maciza con remaches en metal, mientras que el arco situado delante del propio muro había sido construido en piedra serpentina de color gris azulado. En su parte superior se alzaba una virgen que miraba hacia la plaza situada delante del portón del monasterio.

– Cerrado y sellado -murmuró Chris a su regreso.

– En mi caso, lo mismo -Dufour suspiraba desesperado, pues acababa de zarandear la pequeña puerta de la atalaya sin éxito.

Varios motores desgarraron el silencio con estrépito, y todos miraron atentos hacia el bosque. El chirrido del metal mutiló su tensión. Acto seguido se repitió el estruendoso chirrido.

– Al menos contamos con varios minutos de respiro. -Chris miró satisfecho a su alrededor, pero nadie le respondió-. Rápido. Sigamos.

Ellos descendieron por el patio hacia el camino situado en la falda del muro occidental del monasterio. Los muros de piedra de los almacenes ubicados a su derecha se aupaban a más de veinte metros, formando a su vez la defensa de la parte occidental del monasterio.

Tras recorrer cincuenta metros en sentido norte, el muro discurrió en un ángulo recto en dirección este hasta transformarse en un edificio de gran altura. El muro adyacente que continuaba en dirección norte, construido en piedra natural y de apenas tres metros de altura, formaba asimismo la pared de una terraza a la que llevaba una escalera de madera.

En la terraza se acumulaban varias montoneras de escombro, y una segunda escalera de madera conducía hacia otra terraza, en la que se alzaban varios oscuros edificios del monasterio hacia el cielo.

– ¿Allí arriba? -Chris se sentía como durante una escalada a una desconocida y peligrosa cordillera.

Pensó en la camilla del niño y meneó la cabeza. Poco después descubrió en el muro la existencia de dos puertas.

– ¿Hacia dónde conduce la puerta? -preguntó Chris a Dufour cuando se detuvieron delante de la primera oscura y estrecha entrada. Chris bajó el picaporte. La puerta estaba cerrada.

– Hace una eternidad que no estoy aquí. -Dufour miró en todas direcciones-. Esta puerta debería conducirnos a la fábrica de aceite. Hacia los molinos de piedra, donde muelen las aceitunas.

Chris giró. A su izquierda el camino llevaba en dirección al edificio, ligeramente retirado, hasta finalizar delante de la otra puerta.

– ¿Y allí?

– No me acuerdo -murmuró Dufour en un principio para sonreír a continuación-. Un momento… una pequeña capilla.

Chris se apresuró hacia al estrecho y ceñido portón y gruñó aliviado cuando fue capaz de hacer descender el picaporte. Iluminó con la linterna el pasillo y ascendió apresurado los escalones de piedra hasta la siguiente puerta. A la izquierda, un pasadizo conducía hacia arriba, pero finalizaba después de unos pocos peldaños delante de una reja atrancada.