noche del martes al miércoles
Lo primero que vio fue el cayado -de inmediato, el pensamiento le llevó a que se trataría de un báculo pastoral-. Pero este era diferente. Era sencillo, carecía de su recubrimiento en oro, tampoco contaba con tallados en marfil ni con la característica concha de caracol que se suele ver en la parte superior del báculo obispal.
Era recto, pero no tanto como un báculo fabricado con herramientas. La vara era lisa, enigmáticamente lisa. Sobre todo en la parte superior, justo antes de su curvatura.
En el mismo lugar, donde lo sujetaba siempre la mano, después de millones de veces, la superficie era tan lisa como si de un diamante pulido se tratara. Un diamante negro, pues la suciedad de la mano había ennegrecido el bastón en ese preciso lugar.
No podía ser el báculo de un obispo. Las manos de un obispo no estarían sucias.
Por lo demás, el bastón era de un color gris oscuro, sin corteza, más seco que el corcho, y tintado por la lluvia y el sol.
La curvatura superior del bastón se abría en una pala en forma de remo con la que el pastor, a falta de agua, cavaba la tierra hasta el nivel freático para darle de beber a su rebaño.
Entonces vio al hombre. Lo había visto en más de dos docenas de veces. ¿O habían sido incluso más?
El hombre era de mediana estatura y llevaba un vestido fino y claro, tejido a partir de la lana de los animales. Áureos adornos brillaban al sol. Su calzado fue trenzado con arte a partir de caña seca, y el hombre portaba en su cabeza un sencillo paño para protegerse del sol.
La cara del hombre era fuerte, al igual que su cuerpo. Estaba acostumbrado a los sacrificios y los esfuerzos físicos, y sus poderosos músculos del brazo se contraían con cada movimiento. Su tez estaba bronceada y acartonada por el sol; le resultaba imposible calcular la edad del hombre.
«La imagen se ampliaba», y finalmente pudo ver el rebaño de ovejas. Como de costumbre.
«Las ovejas y los carneros deambulaban en busca de un rico pasto. El pastor había elegido un buen lugar. El suelo arenoso estaba cubierto de espeso verde, y zanjas de regadío peinaban el prado.
El hombre se apoyaba en su báculo, dirigiendo con sus manos el peso de la parte superior de su cuerpo hacia la parte recta del bastón y presionando su extremo redondeado de forma oblicua hacia delante en el suelo. Se encontraba de pie en medio del rebaño.
El enemigo atacó con fuerza y decisión. Como siempre. Primero un punto en el cielo, de repente gigantesco. Las garras sobresaliendo de sus fuertes patas. Las garras asesinas estaban orientadas rígidamente hacia delante, pudo ver de forma sobredimensionada el pico amarillento y los ojos voraces del cazador anunciador de la muerte.
El pastor lanzó una piedra con ayuda de la pala de su bastón, y después otra, y otra.
Sin embargo, el águila esquivaba las piedras describiendo ligeras oscilaciones, y sus garras se clavaron profundamente en la carne del cordero.
El águila dio una voltereta, tirando consigo el cordero al suelo. El ave luchaba con aleteos lentos y fuertes contra el peso situado entre sus garras; despegó, pero se hundió de nuevo hacia el suelo.
El hombre continuó tirando más piedras y los perros se lanzaron hacia el águila. El rapaz despegó con furiosos silbidos y vigorosos aleteos hacia el cielo, dejando atrás la presa en el suelo.
El pastor se apresuró hasta el animal abatido y le palpó las heridas. Sus manos se ensangrentaron y los perros olfateaban excitados las estrías de sangre entre la hierba.
El pastor agachó la cabeza.
Te lamentas con razón -pensó el papa-. Se trataba de un animal joven que podría haberte regalado todavía muchas alegrías.
El pastor vaciló, se levantó, caminó sin sosiego de un lado para otro, se dirigió de nuevo hacia el animal muerto; lo acarició. A continuación, de su vaina sacó una daga, apartó a los perros hacia un lado y se hizo un corte en el antebrazo izquierdo con el cuchillo.
La sangre comenzó a brotar de la herida. El pastor sostuvo su brazo sobre las fauces abiertas de la oveja, girándolo a continuación para que su sangre se derramara en la garganta del animal.
– ¡No, no puedes hacer eso! -gritó el papa-. Eso te está prohibido. ¡Por siempre! ¡La culpa le pertenece al pastor!
El papa percibió la sacudida en su hombro y regresó de su trance. En el rostro cariacontecido de Jerónimo apareció fugazmente una aliviada sonrisa, cuando el papa le hubo devuelto una clara mirada.
– He tenido una visión…
– Lo sé -murmuró Jerónimo en voz baja.
El traqueteo regular de los rotores recordó al papa que el fin estaba próximo. Pero, acto seguido, le invadieron de nuevo las dudas.
– ¿Dónde nos encontramos?
– Pronto habremos llegado, Santo Padre.
– Todo ha de salir bien…
– Nos estamos aproximando desde el sur. Los pilotos dicen que la gran cordillera protege nuestra aproximación, que tardarán en percibir nuestra presencia. Voy a llamar a Jacques Dufour ahora mismo. Lo lograremos.
El papa se estremecía con el recuerdo de su visión.
– El pastor no se resistió a la tentación. ¿Será ese también mi destino?
Capítulo 45
Cartuja de la Verne, macizo de los Moros, sur de Francia,
mañana del miércoles
Las níveas figuras permanecían sin moverse de la puerta.
De golpe, todos enmudecieron. Thornten retiró su mano del brazo del chico.
– Nos alegramos de que se hayan reunido aquí en la capilla para la oración. Pues esa es precisamente su función. A pesar de que se trate de una hora poco común para visitarla -dijo la voz transparente.
Chris dio un paso hacia un lado y alargó la cabeza para poder divisar mejor la escena. Dufour le imitó. Los dos esbirros delante de ellos giraban nerviosos la parte superior de sus cuerpos, pues permanecían a espaldas hacia la estancia sin poder ver lo que ocurría detrás de ellos.
Las capuchas ocultaban la cabeza de las figuras albinamente vestidas. Cuando la más adelantada giró la cabeza, Chris pudo observar las suaves facciones del rostro de una mujer.
– Nuestra presencia les habrá sorprendido bastante -Thornten se levantó y dio un paso hacia el frente mientras sonría triunfante-. Realmente se trata de una hora un poco fuera de lo común. No sabíamos que…
Chris miró su reloj. Poco después de las cuatro.
– Nos hemos perdido con el coche durante la noche, después tuvimos un accidente y nos hemos refugiado aquí -habló Thornten con voz suave.
– ¿El niño está herido? ¿Es usted médico? ¿Estaba administrándole un tranquilizante? ¿Podemos ayudar en algo?
La monja dio un paso al frente.
– Gracias. Sé lo que hago -Thornten rechazó el ofrecimiento elevando las manos-. Ha perdido los nervios. Fue demasiado para él. No es nada grave. Nos arreglaremos, si nosotros solamente… ¿No tendrá nada que objetar?
La monja escudriñaba a Folsom, que continuaba arrodillado detrás de Mattias, pero que había retirado sus manos de los hombros del niño.
– Soy la vicaria de la cartuja de la Verne, la representante de la priora -la monja giraba de nuevo la cabeza, pero su mirada se posó en esta ocasión en Jacques Dufour.
Chris calculó la edad de la mujer en poco más de cincuenta años. Pero pudo haberse equivocado por completo. Sentía admiración por la tranquilidad con la que manejaba la situación. «¡Si debería estar viendo las armas!».
– En el lenguaje terrenal se nos calificaría como una comunidad extremadamente meditativa, que busca en el silencio y la soledad el camino hacia el Señor.
– Esposas de Cristo -Thornten reprimió la mitad de sus palabras, pues apenas se veía capaz de contener el tono desdeñoso con el que las pronunció. Pero acto seguido fue capaz de dominarse de nuevo-. ¿Y qué es lo que hacen en este lugar tan apartado?