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El hombre, que había aparecido en la gran explanada del palacio, era de pequeña estatura, fuerte y vestía un manto prácticamente blanco. Según la descripción facilitada por Lavalle debía de tratarse del susodicho Henry Marvin.

Otros dos hombres más aparecieron al lado de Marvin. Parecían estar esperando, ¿pero a qué? De repente salieron disparados varios perros de diferentes lugares de entre la maleza.

La espalda de Santerre se estremecía mientras observaba los cuerpos musculados de los animales, de los cuales ninguno, según sus propios cálculos, podía pesar menos de cuarenta kilos. Las lenguas colgaban de las fauces entreabiertas cuando galoparon hacia los tres hombres a una velocidad inconcebible.

Santerre contó hasta siete perros. No se escuchaba de ellos ni un solo ruido al tiempo que el canto de los pájaros amenizaba a su alrededor el aire de la mañana.

Santerre aguardó la embestidura de los animales, creía ver ya las patas traseras en tensión, y que estas lanzarían los cuerpos en un movimiento rápido y enérgico hacia el cielo. Sin embargo, los perros se detuvieron de forma abrupta delante de los hombres, sentándose sobre sus patas traseras.

Marvin pasó por delante de la fila de perros y señaló a dos de ellos para que uno de los hombres les llevara atados de una cuerda. El tercer hombre, por el contrario, corrió con los demás animales en dirección al palacio.

– Es nuestra oportunidad… van a guardar a los monstruos -murmuró Santerre. Miró su reloj. Eran poco antes de las cinco.

– ¿Qué pretende? -preguntó Faivre.

Marvin iba acompañado por los dos perros en dirección a la iglesia.

* * *

El perro estiró la cabeza y olfateó el viento. El animal se puso a continuación en movimiento, caminó literalmente hasta el centro de la fosa y quedó allí quieto. Sus pezuñas dibujaron las primeras huellas en la arena de la cavidad.

Chris se estremeció.

El animal alcanzaba en su cruz una altura de más de setenta centímetros, el pelaje gris plomizo era corto y daba visos de ser áspero y duro. La cabeza era grande y rolliza y la piel se plegaba en enormes arrugas y surcos. Las pequeñas orejas en forma de triángulo caían hacia los pómulos. Chris calculaba el peso del animal en unos setenta kilos.

– Un mastín napolitano -dijo Marvin, quien observaba con detenimiento la reacción de Chris con gran satisfacción-. Incluso Alejandro Magno y Julio César tenían sus propios molosos, los cuales penetraban en las filas de sus enemigos, propagando el miedo y el terror. Este es uno de sus descendientes. Y aquél también.

Chris miró hacia el segundo perro, que se acercaba lentamente y muy ufano hasta el centro de la fosa. Todo lo de ese animal equivalía a fuerza y suavidad. El segundo perro parecía pesar todavía más, era aún más alto en su cruz, poseía una amplia caja pectoral y un desarrollo muscular muy plástico en todo su cuerpo. El cráneo gigantescamente ancho parecía ser cuadrado, debido a que sus labios caían en ángulo recto desde su tabique nasal. El pelaje tenía un tono similar al de la propia arena.

– Un mastiff -dijo Marvin orgulloso.

Ambos animales permanecían ahí de pie sin emitir un solo ruido, manteniéndose petrificados y con las cabezas levantadas.

– ¿Qué significa esto? -gritó Chris enfurecido.

Marvin sonreía con desdén y dio dos pasos hasta uno de los montones de piedra. A continuación cogió una de las piedras y la sopesó en la mano.

– Hoy seré elegido prefecto de los Pretorianos. Y a partir de mañana los Pretorianos llevarán adelante una lucha contra los ateos de consecuencias hasta ahora inimaginables. Por un lado contamos con nuestra campaña pública, con la que crearemos la atención necesaria a través de discursos y argumentos para difundir la palabra de Dios. Pero eso será solo el comienzo. Los que estén decididos a todo entre nosotros se encargarán de enviarle al mundo la ira del Señor como respuesta a sus blasfemias.

– ¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Chris.

– Hay personas cuyas palabras constituyen una blasfemia. «Quien blasfeme el nombre de Yahvé, será muerto; toda la comunidad lo apedreará. Sea forastero o nativo, si blasfema el nombre, morirá». Libro Tercero de Moisés, capítulo 24, versículo 16.

Chris clavó su mirada en el montículo de piedras en el borde de la fosa y comenzó a entender.

– Usted quiere…

Marvin asentía serio con la cabeza.

– Sí, los elegidos de entre los Pretorianos le suministrarán a los blasfemos su justo castigo. Tal como lo indica la Biblia.

– Usted no está en sus cabales.

– «Os lo aseguro: mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una "i" ni una tilde de la ley sin que todo se cumpla». San Mateo, capítulo 5, versículo 18.

– ¿A mí también? ¿Me quiere lapidar? ¿Por eso estoy aquí?

– ¡Zarrenthin, acaba de blasfemar de nuevo contra Dios!

Sus ojeadas se enzarzaron, pero Chris sostuvo la despiadada mirada.

– ¿Cuándo? ¿Cómo?

– Forster era un blasfemo. Quería traicionar la palabra del Señor, y por lo tanto también al mismísimo Señor. Usted se ha confabulado con él, le ha ayudado, ha vivido bajo su techo… ha hecho planes con él. -Marvin asentía serio con la cabeza como si estuviera a la espera del eco de sus propias palabras… Pero antes quiero saber una cosa-. Y así Dios decidirá si le concede la misericordia.

– ¿Quiere jugar aquí al Circo Máximo para obtener algunas respuestas? -Chris echó una breve mirada a los dos perros-. Yo ya lo he entendido tal cual.

– Yo creo que no. ¿Conoce la historia de Daniel en el foso de los leones? Daniel fue calumniado y sobrevivió a la noche en el foso de los leones al que le había arrojado Darío, el rey persa. Su fe en Dios obtuvo su recompensa. Sin embargo, los que le habían calumniado y fueron arrojados al foso después de esa noche, fueron desmembrados de inmediato por los leones.

Marvin se inclinó de repente hacia adelante y agarró a Chris de la parte superior de su brazo, apretando con fuerza.

– Zarrenthin, ya se verá si es usted hijo de Dios o un calumniador.

– ¡Está usted enfermo! -las piernas de Chris temblaban.

Marvin sonreía malignamente y sacó un teléfono móvil del bolsillo. Se trataba del teléfono de Chris, que a continuación estrechó a Barry.

– Quiero la respuesta a algunas preguntas -dijo Marvin con una voz atronadora que retumbaba en la gran bóveda como el bramido de un oso-. En él hay una serie de mensajes. Y no quiero escuchar ninguna mentira. Ni un solo segundo. ¡Abajo!

Marvin señalaba hacia la fosa, y Barry apuntó con la pistola en dirección a Chris.

– ¡Nunca! -Chris meneaba la cabeza-. ¡Nunca!

El golpe en la parte trasera de su cabeza le había pillado completamente desprevenido. Chris se dobló por las corvas de las rodillas. El del cabello cobrizo y el de las verrugas lo atraparon y lo arrastraron hasta el borde de la fosa, y su boca se llenó de arena.

Chris rodaba de un sitio para otro quejándose mientras escupía. Los perros le observaban, pero no se movían ni un milímetro de su sitio. Él se levantó y los animales giraron sus cabezas de nuevo hacia arriba en dirección al borde del foso.

– Están perfectamente entrenados, Zarrenthin -Marvin clavó hacia abajo su mirada en él-. En realidad, debería estar aquí Lavalle para que demostrara su fidelidad para con los Pretorianos. ¿Se acuerda? Pero el cobarde ha desaparecido, se habrá escondido en algún agujero. Pero tampoco él escapará de los designios del Señor. Sin embargo, ahora comprobaremos si recibirá la misericordia de Dios… -Marvin sonreía con saña.

– ¿Qué debo hacer para…? -Chris hacía un gesto con la cabeza en dirección a los perros.

– ¡Ah! ¡Arrepentimiento! -Marvin se reía satisfecho-. ¡He descubierto una de sus debilidades, Zarrenthin! ¡El miedo a los perros!