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– ¿Quién no tendría miedo a estas bestias?

– Hay cosas peores, Zarrenthin. Créame, hay cosas peores. Por ejemplo, ser lapidado -Marvin soltó una sonora carcajada-. Cuénteme qué quiere Jasmin.

Marvin le hizo una señal a Barry, quien telefoneó para escuchar los últimos mensajes del buzón de voz, elevando su volumen al máximo.

La voz de Ina sonaba excitada y nerviosa. Quería haber programado con él las salidas de la semana, y se notaba claramente enfadada por el hecho de que él no estaba dando señales de vida, dejándola sola a merced de los problemas de la empresa de la cual precisamente él era el dueño.

– Mi secretaria -murmuró Chris mientras le agradecía al destino tener a esta joya.

– Eso ya lo he entendido yo solito -respondió Marvin con frialdad-. Pero la siguiente llamada; esa me la tiene que explicar.

Barry presionó el botón.

– Chris, soy Jasmin. ¿Por qué no llamas? Estoy de nuevo en Sofía Antípolis… eso está en Francia, cerca de Cannes. Mi hermana Anna también está aquí. Yo todavía no te había contado nada de esto… Su hijo está muy enfermo. Estoy en la clínica de Tysabi…

Una pausa.

– Wayne la ha armado muy gorda… nos han traído aquí por lo de tus pruebas… necesito tu ayuda. Tu maldito análisis óseo se ha multiplicado al final y… ¿cómo te lo explico? Parece ser que, si es cierto, se trate de un descubrimiento científico en toda regla. Parece que… maldita sea… Y ahora estos cerdos quieren… ¡Llama! Me han quitado el teléfono móvil. Llama a mi hermana… ¡llama a Anna! -Jasmin repetía con rapidez un número de teléfono-. ¿Por qué no das señales de vida? ¡Necesito ayuda! ¡Si no llamas, te puedes ir yendo por donde has venido!

Capítulo 34

Fontainebleau, mañana de! martes

De golpe, Chris creía encontrarse nuevamente en el apartamento de Jasmin durante aquella noche, creía ver su cara con sus expresivos ojos. Jasmin sonreía divertida; y una vez más se le apareció aquella expresión melancólica que no había sido capaz de explicarse en aquel momento. Pero ahora…

Creía verla sentada en su silla en el laboratorio, su estrecho cuello recto como una vela, los hombros tensos, la veía riéndose en el restaurante; y de nuevo le apareció su suplicante voz, su llamada de auxilio…

– ¿Qué debo hacer para salir de aquí? -escuchó decirse a sí mismo.

– Zarrenthin, ¿me está proponiendo un trato? ¿Qué tiene que ofrecerme? -preguntó Marvin, carroñero.

– Voy a acabar como Ponti. ¿Es esa la idea que tiene de Dios? ¿Un Dios sediento de venganza? Usted se conoce la Biblia de memoria; yo no. Pero si no recuerdo mal había una imagen misericordiosa de Dios: el amor. ¿No es ese un tema central precisamente para la Cristiandad?

– «El que hiera mortalmente a cualquier otro hombre, morirá… Siempre prevalecerá la regla: ojo por ojo». Libro Tercero de Moisés, capítulo 24, versículos 17 y 18. La ley de Dios nos dice lo que debemos hacer, Zarrenthin. Usted ha matado. Eran cristianos. Eran Pretorianos. Protectores de las Sagradas Escrituras. Usted debía haber leído las Sagradas Escrituras. ¡Usted no se toma en serio a Dios! -Henry Marvin meneaba la cabeza como si lamentara de todo corazón esta revelación.

– ¿Quiere ver cómo me arrastro por el polvo a cuatro patas delante de usted y le suplico por mi vida? ¿Es usted uno de esos? Usted y sus hombres matan para hacerse con las tablillas. Pero si ya las tiene: ¿qué más quiere?

– Quien confía en Dios, acepta su destino con humildad.

– Una cosa parece estar cada vez más clara: su Dios no es el mío.

– ¿Qué ocurre con los huesos? ¿De qué prueba se trata? ¿A qué se refiere esta tal Jasmin con descubrimiento científico? ¡Explíqueme la llamada!

– No hay mucho que explicar -Chris describía en breves palabras cómo le había convencido Forster en la autovía para llevar a cabo el transporte, y cómo había viajado a Dresde por su cuenta para saber más acerca de los huesos.

– ¿Cómo se le ocurrió la idea?

– Forster había realizado un extraño comentario. Que los huesos serían de una persona especial o algo así -Chris reflexionó por un momento-. Me despertó la curiosidad, deseaba saber más, y por eso pensé en determinar la edad de los huesos. Forster había contado mucho sobre las tablillas, pero apenas nada sobre los huesos. Era solo una más de mis ideas espontáneas.

– ¿Qué más? -preguntó Marvin expectante.

– Nada más. A través de la estructura ósea no había total garantía para saber si se trataba realmente de una persona. Por eso mi amigo se encargó de realizar una prueba de ADN. Pero la prueba estaba muerta. ¡Yo no puedo explicar la llamada!

– «Escuchad, cómo Nabucodonosor veneraba a su dios: marché hacia el este, vencí a Kish, unifiqué el reino y los pastores, limpié los templos y traje los huesos del pastor a Babilonia. Yo construí un templo en honor a Ninurta, realicé el culto a Marduk y en su honor le dediqué las siete tablillas y los huesos del pastor». -Marvin hizo una pausa mientras aguardaba a que retumbara el eco de sus palabras-. Así está escrito en las tablillas, Zarrenthin. ¿Son estos los huesos del pastor?

– ¿De qué pastor me está hablando? ¡Ni siquiera conozco el texto de las tablillas! ¡A ver si se entera de una vez! -Chris gritaba lleno de ira mientras daba una patada contra la pared. A continuación se acordó de los perros y miró hacia ellos, pero los animales permanecieron sentados sobre sus patas traseras, como esculpidos en roca.

– ¿Conoce usted la importancia del pastor, Zarrenthin?

– ¡Pastor! ¡Ovejero! Protegen sus rebaños. ¿Qué pretende, Marvin?

De repente resonaron de nuevo los sonidos de órgano a través de la bóveda y Marvin levantó la mano y permaneció de pie como una estatua hasta que los sonidos se hubieron extinguido.

– ¿Oye el órgano, Zarrenthin? Lo están afinando para la misa. Esa es la diferencia entre nosotros: hoy saldré elegido como pastor de los Pretorianos -Marvin se reía-. ¿Es usted pastor? ¿Posee usted aptitudes para serlo? Yo creo que no. Por el contrario, yo sí las poseo. Zarrenthin, el pastor tiene el poder de administrar piedad. ¡Cuénteme lo que sabe y tendrá piedad!

– ¡Está loco! -gritó Chris. De nuevo se pudo escuchar el zumbido del motor mientras se abría la parte frontal izquierda de la fosa hasta la mitad. Una oveja se iba acercando dubitativa hacia la fosa y se paró mientras se volvió a cerrar la puerta detrás de ella. Los dos perros permanecieron sentados como petrificados, ni siquiera alargaron las cabezas.

– Muéstreme si es un buen pastor, Zarrenthin. Entonces le soltaré. Pero solo si…

Marvin se apartó. Cuando volvió a girarse hacia la fosa sostenía en su mano un bastón, que arrojó a la fosa.

Chris tomó el bastón. El bastón era recto y enigmáticamente liso. Sobre todo en su parte superior, justo antes de su curvatura. La madera era más seca que un hueso y tintada gris oscuro por la lluvia y el sol.

La curvatura superior del bastón finalizaba en un gancho, ideal para rodear las patas traseras de los animales. El extremo inferior acababa en una punta metálica. Chris colocó el bastón de pastor de pie en la arena. Le alcanzaba casi a la altura de la frente.

La oveja balaba y se apretujaba contra la pared transversal de enfrente. De repente, el mastín salió disparado al lado de Chris con unos pocos saltos y las fauces bien abiertas.

El enorme cuerpo con sus casi setenta kilos se estampó contra la oveja. El potente cuello del perro se puso rígido, y debajo de su cuerpo gris plomizo desapareció pataleando el cuerpo de la oveja. Sonó un crujido, y a continuación la oveja se relajó entre las fauces del monstruo.

– Usted no protege su rebaño. Usted es un mal pastor.

Marvin se mantenía de pie al borde de la fosa mientras sostenía un silbato para perros en la boca. Al mismo tiempo que mostraba sus dientes, miraba con ojos centelleantes hacia los animales. Marvin silbó de nuevo y el mastín soltó la oveja de inmediato.