– Zarrenthin, ¿qué sabe sobre los huesos? ¿Por qué los quiere el papa? ¿Qué secreto esconden?
– ¡Pregúnteselo al papa!
Marvin movió los labios.
El mastiff saltó desde su postura de sentado. Los plásticos contornos musculados se estremecían debajo del pardo pelaje. Chris saltó hacia un lado y dirigió entre tanto el bastón pastoril de la punta metálica hacia el animal.
Las fauces entreabiertas del mastiff no le atraparon por centímetros. Pero su golpe tampoco fue certero. La punta metálica resbaló en los duros músculos de las patas del animal como en una armadura. El animal aterrizó en la arena, se giró e iba a dar el siguiente salto, pero detuvo de repente el movimiento posándose sobre sus patas traseras.
– La próxima vez tendrá menos suerte -gruñó Marvin, quien había detenido con un silbido el nuevo ataque del mastiff.
¡Yo no sé nada! -vociferó Chris y clavó el bastón a su derecha en la arena.
¡Sea su propio pastor!
Marvin afiló los labios y tocó el silbato una vez más mediante un silbido ininteligible para el oído humano, dándole al animal la orden para el siguiente ataque.
El mastiff emprendió el salto.
Sin ruido.
Chris se movió en el mismo momento hacia un lado, colocándose en cuclillas hacia delante, y adelantando a la vez el bastón con los brazos estirados ligeramente hacia abajo.
La punta de metal apuntaba hacia el pecho del poderoso animal que ya no fue capaz de variar la dirección de su salto.
La punta penetró en la caja torácica. Debajo, los brazos de Chris vibraban por la tensión creada a través de las dos fuerzas antagónicas que colisionaron entre sí. Chris soltó el bastón y se tiró hacia un lado.
El bastón se arqueó, e inmediatamente después, la punta metálica encontró su camino a través de la carne, y la presión empujó el bastón a través del pecho del animal hasta hacerse añicos por la presión del compacto cuerpo.
El mastiff sobrevolaba a Chris con las fauces bien abiertas. Podía sentir en su brazo el áspero pelaje del animal, y a continuación cayó en la arena. El cuerpo del animal aterrizó a su lado, pero permaneció tendido. Sin embargo, acto seguido, unas garras comenzaron a desmembrar su camiseta, hundiéndose en sus hombros. Era el mastín con el pellejo gris plomizo, quien estaba encima de él. Las fauces del animal estaban muy abiertas mientras las filas de dientes centelleaban como el marfil. Por alguna razón, en algún lugar del cerebro, la actual conmoción interrumpió su creciente nivel de irritabilidad.
Creía percibir, como a mucha mayor distancia, las arrugas de la piel de la maciza cabeza. A continuación, las fauces abiertas con los poderosos colmillos se acercaban a toda velocidad hacia su estirada laringe.
– ¡Hay que intervenir! ¡Rápido! ¡Hay que intervenir! ¡Debajo de la iglesia! ¡Vamos a atacar!
Jean Santerre y Victor Faivre bajaron corriendo por las escaleras del campanario mientras el inspector jefe Cambray observaba los hechos a través de las minicámaras que se habían instalado.
Acababan de alcanzar la entrada a la iglesia. Al final de la nave principal flameaban las velas, y estruendosos sonidos de órgano colmaban el templo. Continuaron apresurándose todavía más lejos y hacia abajo. Agachados saltaron los últimos escalones, encogiéndose en cuclillas al final de las escaleras de piedra.
Delante de ellos se encontraba la sala subterránea. Cuatro hombres rodeaban de pie la bien iluminada fosa. Un hombre de cabello cobrizo se encontraba de espaldas hacia ellos en la parte frontal de la fosa; otro más en la parte transversal. Del lado opuesto a este último, había dos hombres más, de los cuales uno vestía una clara sotana.
Santerre se acercó como una bala a saltos rasos hacia el del cabello cobrizo en la parte central de la fosa. Los estrepitosos tonos del órgano silenciaban cualquier otro sonido.
Victor Faivre permaneció a dos pasos detrás de su compañero mientras aferraba la pistola Glock, de diecisiete disparos y fabricada en material sintético de polímero reforzado en acero, a la altura de su rostro.
El canto de la mano de Santerre atizó la parte derecha del cuello del primer hombre, el del cabello cobrizo, quien se derrumbó al suelo. Acto seguido, Santerre miraba con detenimiento hacia la fosa.
El hombre había sobrevivido felizmente al ataque para convertirse en la víctima del otro monstruo.
Santerre cambió el arma a su mano derecha. El punto de mira por infrarrojos se paseaba sobre el pelaje gris plomizo. El rojo punto de luz se posó justo debajo del omóplato en la zona del corazón. Santerre apretó por dos veces el gatillo. Las balas hicieron diana en el mastín durante su salto, pero sin detenerlo. El cuerpo compacto volaba por el aire y sepultó a continuación al hombre tendido en el suelo.
El hombre situado en el borde opuesto de la fosa sacó su pistola de la cartuchera escondida bajo la axila cuando vio a Santerre. Victor Faivre viró su arma y disparó a la carrera. La primera bala rozó silbando el objetivo, mientras que la segunda impactó en el cuello. El hombre se tambaleó primero hacia atrás, dio después un paso hacia delante y cayó finalmente en la fosa.
Marvin y Barry giraron la cabeza en el mismo momento en el que su hombre se acercaba a tumbos hacia la losa. Marvin había soltado un grito envuelto por la ira, girando a continuación para echar a correr junto a Barry.
Faivre, entre tanto, le había dado unos golpecitos con los dedos a Santerre, que continuaba con su mirada clavada en la fosa.
– ¿Les perseguimos?
Santerre observaba con atención el poderoso e inmóvil cuerpo del can.
Por fin se movía un brazo debajo del cuerpo del animal. Santerre asintió con la cabeza.
Las fauces abiertas del mastín, cuya lengua asomaba hacia el exterior y continuaba temblando, reposaban sobre el pecho de Chris.
La fila de los puntiagudos dientes brillaba en un tono blanco amarillento. En algunos dientes colgaban todavía trozos del cuello desmembrado de la oveja; en la encía se acumulaban pequeñas islas sanguinolentas, que a su vez descendían en forma de pequeños hilos hacia el gaznate del animal. El duro y corto pelaje frotaba la laringe de Chris, y un terrible peso aplastaba su cuerpo.
Los pliegues en el rostro del animal estaban solo a unos pocos centímetros de distancia de su ojo. Fijó su mirada en una pequeña oreja en forma de triángulo mientras sus manos trasteaban el pelaje gris plomizo. Sintió cierta humedad, frotó brevemente y levantó a continuación la mano. Estaba roja. Era sangre.
La presión apareció de repente, su estómago se elevó y volvió a hundirse de nuevo, y el jugo gástrico salió disparado a través del esófago. Empleando un esfuerzo salvaje, se asomó por debajo del cuerpo de animal para vomitar en la arena. Entre quejidos se dejó caer hacia un lado y permaneció tendido hasta que, procedentes de la parte trasera de la bóveda, comenzaron a escucharse varios disparos.
Sofocado empujó y tiró del animal hasta liberarse por completo. La sangre del mastín estaba empapando la arena y hundiéndose en ella, estampando unas pardas y rojizas huellas. A continuación, observó los dos orificios de impacto y entendió lentamente el motivo de su salvación. Momentos más tarde, rodó por la arena y dio de repente un salto.
¡Necesitaba salir de ese lugar!
En el otro extremo de la fosa descansaba el cuerpo retorcido del de las verrugas, no lejos del cadáver de la oveja, de cuyo cuello mordisqueado continuaba manando la sangre. Chris olía el hedor de la muerte.
Quiso saltar la pared de la fosa y fue capaz de tocar el borde con la punta de los dedos; ¡pero resultaba imposible!
Chris tropezó hacia el otro lado, tiró del cuerpo sin vida del de las verrugas entre jadeos hasta alcanzar el extremo de la fosa y lo apoyó en posición de sentado contra la pared. A continuación cogió carrerilla y saltó sobre el hombro izquierdo del muerto catapultándose hacia arriba.