Isla Saint Honorat
– ¡Vámonos!
El hermano Jerónimo se apresuró en salir a grandes zancadas de la iglesia, mientras Dufour apenas podía seguirle el paso. Delante del portal se toparon con una familia con dos niños pequeños, y Jerónimo esperó hasta que hubieran pasado a la iglesia y cerrado la pesada puerta.
– Repítemelo otra vez, ¿este cromosoma le ha proporcionado de nuevo un cuerpo joven a unos ratones viejos?
– Sí.
– Y vosotros pensáis haber encontrado lo que están investigando científicos en todo el mundo: ganarle la partida a la vejez. ¿Sabes lo que esto conlleva?
Dufour asentía con un gesto de la cabeza.
– Yo mismo no me lo quiero creer. Pero si estas pruebas lo confirman, parece ser que así será…
– Tú tampoco estás seguro.
– ¿Cómo voy a estarlo?
– Y este científico de Dresde nos contó que la prueba provenía de un hueso que, a su vez, le había traído un amigo para un análisis.
Dufour asentía de nuevo mientras hacía frente a la mirada examinadora del monje.
– Y además se supone que estos huesos forman parte de un tesoro antiguo que se compone de tablillas de arcilla sumerias y de precisamente estos huesos. Y ambas cosas provienen presuntamente de excavaciones realizadas en Babilonia.
Dufour asentía una vez más.
Jerónimo percibió de nuevo la debilidad en sus piernas.
– ¿Ha dicho algo acerca de un tal Henry Marvin? Algo sobre los Pretorianos de las Sagradas Escrituras?
– No, ni una sola palabra. No entiendo…
Jerónimo miró hacia adelante en dirección a la salida de las dependencias del monasterio, donde una pequeña arboleda de grandes palmeras absorbía cualquier mirada.
– ¿Llevas algo de calderilla, una tarjeta telefónica o ambas cosas a la vez?
Dufour miró desconcertado hacia Jerónimo. Recordó haber visto una cabina telefónica durante el camino hacia el monasterio justo antes de la última bifurcación. ¿Qué sería lo que preocupaba tanto a Jerónimo para que no quisiera realizar la llamada desde el monasterio? ¡Si nadie sabía que estaba aquí!
– Tengo un segundo teléfono móvil… la empresa controla que no realicemos llamadas personales con el de la empresa… si…
Jerónimo meneaba primero la cabeza, pero a continuación asintió.
– Dámelo…
Dufour aceptó contrariado.
– Yo no entiendo nada de esto…
– Tampoco necesitas hacerlo; y tampoco puedes. Jacques, confía en Dios. ¡Y ahora vete! Necesito pensar. Los caminos del Señor necesitan de su planificación en la tierra… y posiblemente de tu ayuda.
Capítulo 36
Sofía Antípolis, cerca de Cannes,
noche del martes
«No se trata de un fantasma», pensó Chris.
En la salida 44, en los carteles de información situados sobre la autovía rezaba por fin el nombre de Sofía Antípolis. Procedente del oeste, se trataba de la primera indicación que se encontraba con respecto a la sede científica internacional, ubicada entre las faldas de boscosas lomas entre Cannes y Grasse, inmediatamente al lado de la pequeña y pintoresca ciudad de Valbonne.
Chris condujo la moto hacia la salida en cuyo peaje se amontonaban los vehículos. Entre tanto, echó mano del dinero que había encontrado en el cobertizo durante su huida. Los acontecimientos parecieron haber pasado hacía mucho tiempo. Sin embargo, habían transcurrido tan solo unas pocas horas.
Chris recordó la mañana durante su huida a través del túnel, después de haber golpeado a Marvin… El túnel se negaba sencillamente a acabar en algún momento, carecía de iluminación y llevaba primero hacia abajo y más tarde de nuevo hacia arriba; y en algunos lugares era tan estrecho y apretado, que Chris se vio obligado a correr agachado, golpeándose una y otra vez con los hombros contra la roca. Su cuerpo padecía todavía de fuertes dolores que le recordaban todas las vejaciones a las que le habían sometido durante los últimos días. Para colmo de males, a la altura de los brazos, se le abrían varios bultos de abscesos y él mismo pudo percibir su propio hedor; añoraba el placer de un largo y relajante baño y, sin embargo, solo mordía el crujiente polvo en su boca.
La luz de la linterna bailaba por las paredes mientras dibujaba miles de contornos fantasmagóricos que se fundían entre sí. Chris se echó en el último momento hacia un lado antes de colisionar una vez más con el hombro contra la roca. De repente, y sin saber cómo, finalizó el pasadizo.
Solo enormes rocas y roturas, en ningún lugar se veía la salida. Se tuvo que obligar a sí mismo a mantener la calma e iluminó la roca. Nada. Aporreó la roca poco a poco en busca de cavidades huecas. Nada.
Finalmente dio media vuelta y volvió a recorrer el pasadizo. Después de treinta pasos cruzó una roca prominente que se erguía como un poste dentro del pasadizo. Por poco hubiera pasado nuevamente de largo, cuando a la luz de la linterna avistó el pequeño montón de escombros. Restos de la roca mellada descansaban amontonados en una pequeña pila. Si se procedía de la otra dirección, era imposible darse cuenta de la existencia de la escombrera por culpa de la sobresaliente roca. Uno pasaba simplemente de largo.
Apartó los escombros con el pie hacia un lado, y a la luz de la linterna brilló de pronto una anilla metálica. Apresurado, se agachó y tiró de ella, percibiendo una gran resistencia, que provocó que tirara todavía con más fuerza. Poco a poco aparecieron deslizándose las argollas de una cadena metálica entre el montón de piedras. A continuación se sucedieron varios golpes secos.
En la pared de roca, justo al lado, se abrió un ceñido agujero, lo suficientemente grande como para que un hombre se pudiera apretujar a través de él.
Se prensó a través de la abertura e iluminó la oscuridad que se encontraba detrás. A mano izquierda se encontraba el bloque de roca con el otro extremo de la cadena. La luz bailaba sobre los primeros peldaños de una escalera de madera que, al final de la cavidad y a través de un ajustado pozo, despejaba el camino hacia las alturas.
Chris se arrastró mientras tiraba de la mochila detrás de él para llegar finalmente a una ceñida cueva. Se obligó a subir por la escalera. El pozo que llevaba hacia las alturas era estrecho, y la escalera se encontraba en un plano prácticamente vertical. Subió escalón a escalón mientras la pared de roca le restregaba la espalda.
La escalera finalizaba en una trampilla que Chris alzó con la cabeza y las manos. Cuando se estrujó a través de la abertura, su mirada se topó, enfrente, con las ruedas de una moto.
Las toscas paredes de madera del cobertizo estaban corroídas y los escombros se amontonaban en las paredes. Sobre un banco de trabajo reposaban varias llaves inglesas, y más arriba, en la pared, colgaban dos trajes de cuero de motorista con sus respectivos cascos.
La llave estaba puesta en el contacto de la máquina. Chris se metió en el traje de motorista y palpó algo duro en uno de sus bolsillos. Sacó a la luz una caja metálica y se echó a reír entre dientes cuando descubrió el contenido: una tarjeta de crédito sin firmar y varios billetes de cien euros y algo de calderilla. Marvin había pensado realmente en todo…
Media hora más tarde alcanzó el siguiente pueblo y de pronto estaba de camino por la autovía hasta Aix-en-Provence, y a continuación a través de la A8, paralelamente a la costa en dirección este.
«Cerca de Cannes», había dicho Jasmin.
Chris abandonó sobresaltado sus pensamientos, cuando un conductor detrás de él empezó a tocar el claxon, instantes más tarde pagó el peaje y continuó conduciendo por la salida, que se bifurcaba pocos metros después. Allí se desvió hacia el interior, y tras varios cientos de metros accedió a una salida que le indicaba el camino a Sofía Antípolis.
Una vez allí, se detuvo delante de un panel de información. Las dependencias del parque científico parecían enormes y estaban divididas en diferentes áreas temáticas. Las empresas con fines técnicos se congregaban en un lugar diferente al de las compañías médicas. Finalmente encontró el nombre Tysabi y memorizó el camino.
Muchas de las parcelas ubicadas en ese terreno montuoso permanecían aún sin construir. La calle tan pronto ascendía por colinas como que los descendía de nuevo, lo que provocó que perdiera poco después la orientación. Finalmente, se detuvo delante del parque de bomberos situado al final de las dependencias, dio media vuelta y se metió nuevamente de lleno en la maraña de calles empinadas hasta que, más bien por casualidad, se topó con la entrada del grupo farmacéutico detrás de una colina.
La entrada se ceñía entre dos pilares revestidos en mármol en los que se había esculpido el nombre de «Tysabi» en vivas letras. El empinado camino conducía hacia un complejo de edificios situado en lo alto de una colina.
La empinada calle se encontraba vacía y desaparecía después de unos cien metros en una curva hacia la derecha, detrás de la colina. La parcela situada a la izquierda de la calle estaba todavía sin construir, carecía de arboleda, pero ofrecía una amplia vista hacia el valle.
Rodó lentamente con la motocicleta hasta la entrada. Una alta valla metálica limitaba la propiedad con el exterior. La pendiente hasta el edificio estaba sembrada de arbustos y flores.
El edificio de cuatro plantas en lo alto de la colina se levantaba como un castillo sobre un promontorio.
Chris se detuvo detrás de la bifurcación. Se bajó de la moto, se quitó el casco y tentó examinante en busca de su mochila echada sobre la espalda. A continuación fue subiendo a buen ritmo entre pinos y alcornoques por la pendiente. Una vez en la cima, giró hacia la derecha y continuó avanzando a hurtadillas bajo el amparo de los árboles.
La valla continuaba serpenteando a través de la loma; detrás de una fila de árboles y arbustos se prolongaba una zona de césped hasta arribar a la parte posterior del edificio desprovista de ventanas, que se alzaba como un búnker.
Chris aguardó de pie durante varios minutos debajo de los árboles dedicándole atención al bloque de hormigón. La luz poniente del sol iluminaba la mitad superior del edificio mientras que su parte inferior recibía la sombra de los árboles.
Sacó el teléfono móvil y volvió a escuchar la llamada de Jasmin. Su voz desesperada consiguió elevar de nuevo su presión sanguínea. Marcó una vez más el número que le había mencionado ella. De nuevo sin señal. Así había ocurrido durante todo el día.
– ¡Mierda! -vomitó Chris.
Sofía Antípolis, el edificio de Tysabi… estaba en el lugar correcto.
Sin embargo, él no había preparado ningún plan.