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Una vez allí, se detuvo delante de un panel de información. Las dependencias del parque científico parecían enormes y estaban divididas en diferentes áreas temáticas. Las empresas con fines técnicos se congregaban en un lugar diferente al de las compañías médicas. Finalmente encontró el nombre Tysabi y memorizó el camino.

Muchas de las parcelas ubicadas en ese terreno montuoso permanecían aún sin construir. La calle tan pronto ascendía por colinas como que los descendía de nuevo, lo que provocó que perdiera poco después la orientación. Finalmente, se detuvo delante del parque de bomberos situado al final de las dependencias, dio media vuelta y se metió nuevamente de lleno en la maraña de calles empinadas hasta que, más bien por casualidad, se topó con la entrada del grupo farmacéutico detrás de una colina.

La entrada se ceñía entre dos pilares revestidos en mármol en los que se había esculpido el nombre de «Tysabi» en vivas letras. El empinado camino conducía hacia un complejo de edificios situado en lo alto de una colina.

La empinada calle se encontraba vacía y desaparecía después de unos cien metros en una curva hacia la derecha, detrás de la colina. La parcela situada a la izquierda de la calle estaba todavía sin construir, carecía de arboleda, pero ofrecía una amplia vista hacia el valle.

Rodó lentamente con la motocicleta hasta la entrada. Una alta valla metálica limitaba la propiedad con el exterior. La pendiente hasta el edificio estaba sembrada de arbustos y flores.

El edificio de cuatro plantas en lo alto de la colina se levantaba como un castillo sobre un promontorio.

Chris se detuvo detrás de la bifurcación. Se bajó de la moto, se quitó el casco y tentó examinante en busca de su mochila echada sobre la espalda. A continuación fue subiendo a buen ritmo entre pinos y alcornoques por la pendiente. Una vez en la cima, giró hacia la derecha y continuó avanzando a hurtadillas bajo el amparo de los árboles.

La valla continuaba serpenteando a través de la loma; detrás de una fila de árboles y arbustos se prolongaba una zona de césped hasta arribar a la parte posterior del edificio desprovista de ventanas, que se alzaba como un búnker.

Chris aguardó de pie durante varios minutos debajo de los árboles dedicándole atención al bloque de hormigón. La luz poniente del sol iluminaba la mitad superior del edificio mientras que su parte inferior recibía la sombra de los árboles.

Sacó el teléfono móvil y volvió a escuchar la llamada de Jasmin. Su voz desesperada consiguió elevar de nuevo su presión sanguínea. Marcó una vez más el número que le había mencionado ella. De nuevo sin señal. Así había ocurrido durante todo el día.

– ¡Mierda! -vomitó Chris.

Sofía Antípolis, el edificio de Tysabi… estaba en el lugar correcto.

Sin embargo, él no había preparado ningún plan.

* * *

– … ¡No hagáis ningún comentario sin haberlo pensado antes! ¿Zoe? ¿Andrew? No podremos mantenerlo en secreto durante mucho más tiempo. Debemos ser rápidos, ella tiene que sumarse a…

La voz con acento norteamericano calló cuando Jasmin apareció por la puerta en la recatada sala de conferencias acompañada por Sullivan. En una de sus paredes había dispuesto un bufé mientras que en el centro se alzaba una mesa redonda.

Todos permanecían aún de pie cuando giraron hacia ella.

La mirada de Jasmin se había posado en Wayne Snider, quien sujetaba una copa de champán en su mano y sonreía con espíritu emprendedor. Ned Baker le hacía un gesto altanero con la cabeza, mientras Zoe Purcell permanecía de pie con el rostro forzado al lado de dos hombres, que Jasmin conocía por la revista de la empresa. Le sorprendió el hecho de descubrir lo pequeño que era en realidad Andrew Folsom, el director ejecutivo de Tysabi.

La cara petrificada del director ejecutivo con las comisuras decaídas de la boca tenía un aspecto cínico, y los estrechos labios junto con los ojos lobunos reforzaban aún más la dura expresión de su rostro.

El otro hombre tenía unos treinta y cinco años, era delgado y vestía un pantalón oscuro y un polo amarillento debajo de la chaqueta americana, por lo que se ataviaba claramente con mayor informalidad que el director ejecutivo, enfrascado en su traje oscuro y la corbata roja. Debajo de su cabello rizado centelleaban unos ojos verde marinos. Todos le brindaban un trato especialmente respetuoso, lo cual se reflejaba sobre todo en el hecho de que cada uno le guardaba una respetuosa distancia.

Hank Thornten, presidente y accionista mayoritario de Tysabi, había venido personalmente.

– ¡Qué bueno que haya venido! -Thornten sonreía al mismo tiempo que portaba un vaso de agua en la mano y caminaba hacia Jasmin para saludarla.

Su voz vibraba de forma sombría, y su sonrisa cautivadora, pero reservada, desparramaba un aura de absoluta confianza. Era él quien hablaba cuando ella entró en la habitación.

La reputación del presidente, quien se arrastraba en persona por las selvas de toda Sudamérica para trabajar como científico, era el de un hombre ponderado y abierto a las opiniones de terceros. «¿Cómo se podía tener esa reputación y trabajar a su vez con una criatura como Zoe Purcell?», pensó Jasmin. ¿O tal vez no estaba siendo justa con esa mujer?

– Como puede comprobar, se han olvidado las peleas de los últimos días, ¿verdad, Wayne? -Hank Thornten soltó una alegre carcajada.

Jasmin miró a Wayne con frialdad. Él había conseguido su trato.

Thornten se percató de la mirada escéptica de Jasmin.

– Podemos perdonarnos todos y ser capaces de anteponer la ciencia ante cualquier otra cosa. Venga aquí, quiero mostrarle algo completamente sensacional.

En la parte frontal se alzaba una televisión y Ned Baker sostenía el mando a distancia en dirección al aparato. En la pantalla apareció un laboratorio mostrando dos jaulas en las que, en cada una de ellas, corrían excitados de un lado para otro, dos ratones jóvenes y fuertes.

– Cuatro ratones: ¿y qué?

– Señorita Persson, ¿por qué actúa de esa forma tan mordaz? -Thornten sonreía mientras sus ojos brillaban como estrellas-. Vine personalmente a través del gran charco porque ocurrió algo realmente sensacional. ¡Y usted forma parte del equipo! -él señalaba en dirección a las sillas de la mesa, sentándose a continuación-. ¿Por qué entonces esa actitud tan reservada?

– ¿Qué significa todo esto? Somos prisioneros y…

– ¿Quién ha dicho eso? -Thornten se rio extrañado-. ¡Ah, ya entiendo! Perdone, Sullivan ha actuado quizás con demasiado ímpetu…

Desde que Sullivan la sorprendiera el domingo por la noche en la habitación de Anna, ella se había encontrado en cuarentena. Le quitó el teléfono móvil de Anna, revisado las llamadas y quiso saber con quién había hablado. Sin embargo, Jasmin había permanecido férrea en su silencio.

– … Nosotros somos extremadamente cautelosos. ¡El secreto es el máximo mandamiento durante el descubrimiento! ¡Nadie debe robárnoslo! Ni siquiera el gran hermano fue capaz de hacerse con ninguna información. ¡Pero por eso no va a ser ya una prisionera! -Thornten señalaba hacia la silla a su derecha y esperó a que Jasmin tomara asiento. A continuación señaló de nuevo hacia la pantalla.

– ¡Observe! Cuatro ratones viejos que en cuestión de pocos días han adquirido un cuerpo joven. Dos son de Dresde, mientras que a los otros dos les hemos suministrado la secuencia genética del cromosoma Y el domingo por la noche.

– En Dresde había tres ratones -dijo Jasmin fríamente.

– Uno está muerto. Ya sabe. Las pruebas… -explicó mientras miraba a Jasmin a los ojos-. Se trata de un único gran enigma. Queremos acelerar nuestros análisis. ¿Qué sabe acerca de la procedencia del hueso del que provienen las pruebas, señorita Persson?

– No mucho -ella miraba en dirección a Wayne Snider, quien se encontraba sentado enfrente de ella-. Pregúnteselo a Wayne. Fue su amigo quien acudió con el hueso al laboratorio.