Folsom carraspeó mientras pasaba las manos por su cara.
– Porque precisamente esa terapia había fallado en otros pacientes. No se dieron los resultados esperados en casos en los que el hígado sufría, incluso, menos daños.
Jasmin cerró los ojos e hizo un esfuerzo por reprimir sus lágrimas; casi estuvo a punto de ceder ante sus presiones. Sin embargo, ellos no le estaban diciendo toda la verdad.
Jasmin recordó la conversación que había escuchado con anterioridad a escondidas. De nuevo creía verse debajo de la ventana mientras escuchaba la voz potente y sibilina de Purcell. «¿Y aquí? Ni una sola palabra de la muerte del paciente».
«¿Podía fiarse de ellos? ¡No! Debía ganar tiempo. Debía encontrar un camino…».
– ¿Dónde está el doctor Dufour? Él parece una persona responsable.
– No se encuentra bien -murmuró Zoe Purcell.
– Por cierto, se trata de una grabación -dijo sin quitar ojo de la pantalla-. ¿De cuándo es? ¿De hace días u horas? ¿Cómo están los ratones ahora? ¿Aún están realmente con vida? -Sus labios se comprimieron hasta formar finas líneas.
– Como niños con zapatos nuevos -Thornten sonreía desdeñoso.
Jasmin miró hacia Snider, quien asentía seguro de sí mismo.
– Es tal y como dice, Jasmin.
– Wayne, tú sabes la cantidad de pruebas previas que se necesitan antes de…
– Jasmin, se trata del descubrimiento científico. Funciona realmente. Observa los ratones. Están estupendamente. Cuanto antes lo probemos en condiciones reales, antes podremos ayudar a más personas. El niño será famoso. ¡Conmigo! ¡Solo has de permitirlo!
– De pronto te ves en medio, ¿eh?
– ¡Yo lo he descubierto! ¡El descubrimiento es mío! -Wayne Snider rebosaba de convicción-. Venga, Jasmin. Ayúdanos a regalarle el descubrimiento al mundo entero.
– ¡Piense en el niño! -añadió Thornten-. ¡Acabará sus días en sufrimiento! Lentamente, seguro que hoy no, tampoco mañana, sino día tras día un poco más, durante semanas. Y su madre lo verá, se desesperará; enloquecerá. ¡Y usted también! Porque se echará la culpa. ¡Habrá cometido un pecado! ¡En un niño! Solo porque le falta el valor en concederle esta oportunidad -el presidente metió la mano en el bolsillo interior de su americana y de repente sostuvo en su mano una cánula con un líquido claro y rosado-. Una inyección lista para su uso. Este es el líquido milagroso; disuelto en una mezcla preparada de lípido sintético con la que podemos suministrar el ADN. Convenza a Anna, ¡y salvará a Mattias!
Capítulo 37
Sofía Antípolis, cerca de Carines,
noche del martes
La escena duró pocos minutos. Procedente desde la puerta cerrada del interior a la entrada apareció finalmente un tipo rollizo, que a pesar de su tamaño se movía de una forma bastante grácil. Su cabeza rasurada era blanca como la cal y su cara, extrañamente magra con respecto a su compacto cuerpo. Uno de los guardias abrió la puerta, y Sullivan pasó al vestíbulo. Sus ojos escanearon literalmente a Chris.
– ¿Qué es esto? ¿Por qué se pasea por ahí con un arma? -Sullivan arrugaba visiblemente su nariz.
Chris ignoró su alusión.
– Porque quiero entrar aquí. Estoy buscando a una persona.
– Al menos sabe cómo llamar la atención. Mi nombre es Sullivan. Soy el jefe de seguridad de Tysabi, y sepa que los locos como usted con un arma en la mano no tienen nada que hacer aquí. Voy a llamar ahora a la policía… a no ser que disponga de una buena explicación para su comportamiento.
– Quiero ver a Jasmin Persson…
Chris observó al jefe de seguridad. El nombre no parecía desencadenar en él ninguna reacción visible.
– ¿Por qué no guarda el arma? De todos modos no va a disparar.
– Espero que sepa lo que dice…
– Basta ya. Soy jefe de seguridad de un consorcio internacional y poseo algo bastante más valioso que cualquier arma: conozco a las personas. Usted no es un loco que va disparando por ahí.
– Vengo a ver a Jasmin Persson. Ella me ha llamado desde este lugar. Dice estar en peligro. Y yo soy un amigo suyo.
– ¡Vaya, vaya! -la voz rezumaba desdén-. ¿Su nombre?
– Chris Zarrenthin.
Sullivan calló durante un rato, y a continuación asintió con la cabeza.
– Venga aquí. Creo que en realidad le están esperando. Pero guarde su arma.
Chris continuaba detrás de Sullivan, quien subía en silencio las escaleras y le guiaba a través de largos pasillos, abriéndole a continuación una puerta.
El rostro de Jasmin estaba totalmente colorado y sencillamente maravilloso.
Su pulso martilleaba, y la carótida latía contra la piel. Cascadas de sentimientos repletos de felicidad recorrían sus venas con estrépito, sacudiendo todas sus tensiones y dudas.
– Jasmin… -en su oído graznaba un viejo cuervo. «Maldita sea, ¿por qué ella no le estaba mirando?».
Los ojos de Jasmin se habían enganchado en los labios del hombre sentado a su lado al mismo tiempo que sus puños cerrados permanecían tensos sobre la mesa.
«Parece que he venido en el momento oportuno», pensó Chris. La rojez de Jasmin develaba su estado de exaltación.
Él se liberó de su imagen y paseó la mirada rápidamente por las demás personas de la habitación. Wayne se quedó mirándole pasmado, pero los ojos de Chris continuaron con su paseo: el centro de atención en toda la ronda lo formaba, sin duda alguna, el hombre sentado al lado de Jasmin.
– ¡Tenemos visita! -dijo Sullivan en voz alta, y todas las cabezas viraron hacia ellos.
La expresión de Jasmin oscureció todavía más su semblante. Sus ojos parecían arrojar un manojo entero de flechas incandescentes.
– Ahí tiene al hombre que puede responderle a todas sus preguntas. Es a él a quien debemos agradecerle la prueba ósea -Jasmin dio un brinco y marchó hacia Chris.
– Jasmin, cuánto te he… -comenzó a decir Chris mientras abría feliz los brazos.
Ella, por el contrario, se detuvo con labios temblorosos delante de él.
Su tortazo hizo que a Chris se le saltaran las lágrimas.
A pesar de haber estado esperando la llamada, Jacques Dufour se llevó un sobresalto al sonar el teléfono móvil.
– Te agradezco que hayas mantenido tu promesa. ¿Estás en el laboratorio, no? -la voz del padre Jerónimo sonaba fuerte y decidida.
– Sí.
– ¡Debes confiar en el Señor! -la voz de Jerónimo apremiaba, no aceptaba titubeos-. ¡Demuestra tu fe en Dios! ¿Vas a aceptar la prueba?
– No puedo. Yo… yo soy científico -la boca de Dufour se tornó de súbito tan seca como el desierto.
– Tú puedes. Y debes hacerlo. Él te lo ruega.
– ¿Cómo puedes estar tan seguro?
– Lo sé. ¡Confía! Confía en Dios. Confía en mí.
– ¿Cuándo estarás aquí?
– Pronto. Pero tú no debes demorarte. Debe haber ocurrido para entonces. ¡Hazlo!
– Jerónimo, no me dejes solo. Yo ya no sé lo que está bien y lo que no. Yo… yo voy a esperar a que vengas.
– ¡No! Debe ocurrir rápido, debe ocurrir ahora.
Dufour calló.
– Yo no puedo…
Jacques Dufour se incorporó. Sus huesos le dolían y pesaban como piedras. Desde la muerte de Mike Gelfort, sus reservas vitales desaparecían como la nieve al sol. Meneaba desesperado la cabeza. Jerónimo le estaba pidiendo demasiado. No importaba lo que hiciera: sería un traidor de todos modos.
Dufour comenzó a temblar. Los músculos de sus muslos se estremecían mientras él observaba incrédulo su propia reacción nerviosa, visible incluso a través de la tela del pantalón.
– ¡Es la voluntad de Dios! -Con su clara e incesante voz, el monje quebrantaba cada vez más la voluntad de Dufour. Jerónimo calló por un momento antes de continuar hablando con un tono más suave, pero aun así firme-. A través de la misericordia de Dios somos lo que somos. Tú y yo, también. Jacques Dufour, recuerda siempre los designios que ha fijado Dios para el hombre. Para ti y para mí. «Yo no he venido a actuar a mi voluntad, sino a la de quien me ha enviado». Así habló Jesús, el Señor. Esta misma obediencia es la que nos exige también a nosotros, los monjes, San Benito a través de sus preceptos. Tú crees en Dios, pues obedece tú también su voluntad. Nadie puede escapar de la prueba del Señor. Yo también he huido. Sin embargo, Dios dispone las cosas de tal modo para que yo no pueda escapar. Tú eres una herramienta del Señor, tu labor es su voluntad. Compréndelo, Jacques Dufour, Él te ha elegido. ¡Obedece! Esta prueba va dirigida a ti.