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El papa Benedicto se levantó y giró hacia la puerta.

– Creo que no voy a poder hacer nada por usted. Marvin, es usted un comerciante. ¡Un comerciante sin producto!

– Padre, no se vaya todavía. Su misión…

El papa giró vacilante.

– ¿Qué sabe usted, Henry Marvin, de mi misión? -El papa se sentía impotente, sentía no estar preparado para la prueba. Las reliquias habían desaparecido, y nadie sabía a dónde. ¿Sería el objeto de su misión el que fracasara? ¿Consistiría en ello la verdadera prueba del Señor?

Pensó en su predecesor y sus apesadumbradas palabras: «La tragedia más grande es el silencio de Dios, quien ya no se manifiesta, quien parece esconderse en el cielo, como si le repugnara el comportamiento de la humanidad».

– Todavía no hay nada perdido… -la voz insinuante de Marvin sacó al papa de sus turbios pensamientos-. Las tablillas… los huesos…

– ¿Qué huesos?

– Santo Padre, desconozco el texto de la decimotercera tablilla. Pero tiene que ver con el hueso, al igual que su misión. Y sospecho que supera a cualquier fuerza del ser humano.

El papa clavó su mirada en el editor. «¿Qué era lo que sabía Marvin?».

– Santo Padre, estos huesos… ¡Los científicos le han extraído una prueba!

La tez del papa se tornó de golpe completamente pálida, mientras Marvin disfrutaba en su fuero interno del sabor del triunfo.

– Yo le pido su protección para mí y los Pretorianos. Y el estatus como orden. Y la promesa de que yo estaré presente…

– ¿Por qué debería? -interrumpió el papa.

– Aún no es demasiado tarde. Yo sé… dónde se encuentra esta obra del diablo. Usted no.

Capítulo 39

Sofía Antípolis, cerca de Cannes,

noche del martes

– Tome algo del bufé. Parece estar hambriento -sugirió Hank Thornten, quien se levantó y sirvió pescado con ensalada en un plato.

– Y tampoco le vendría mal un baño -Zoe Purcell se reía maliciosa entre dientes-. ¿Dónde ha pasado la última noche?

Chris giró hacia Jasmin, quien lo examinaba intensamente. También ella tenía preguntas y aguardaba sus respuestas.

– ¿Por qué vienes tan tarde? ¿Por qué me has relegado, por qué no has estado cuando te necesitaba? ¡Teníamos una cita! Ni una sola llamada…

Chris agachó la cabeza. La mirada de Jasmin señalaba claramente que sus respuestas decidirían muchas cosas. Pero él no podía explicárselo allí. No en ese lugar ni en ese momento.

«Confía en mí -rogaba con la mirada-. ¡Por favor!».

Los ojos de Jasmin centelleaban llenos de humedad. Su hasta hace un momento iracunda mirada se estaba ablandando.

– No lo va a creer, pero mis encargos como pequeño transportista son, en ocasiones, un tanto caprichosos -dijo Chris en voz alta en dirección a Zoe Purcell y esperó hastaque ella se dirigiera de nuevo a él-. En los últimos días he estado acompañando a alguien durante sus largas expediciones de espeleología. He estado transportando el material.

– Como burro de carga entonces… ¿Y dónde?

– En Fontainebleau. ¿Conoce esa zona boscosa cerca de París? Ofrece unas maravillosas formaciones estrafalarias de piedra arenisca; un paraíso para escaladores. Sin embargo, en este caso se trataba de una excursión espeleológica. Cuando salimos de nuevo esta mañana, escuché la llamada y vine de inmediato.

– Ah, sí, la llamada -Purcell, cavilando, asentía con la cabeza-. La señorita Persson no nos ha contado todavía lo que le ha dicho. Y hasta ahora, usted también lo ha evitado. ¿No va a contárnoslo?

– Ella dijo que estarían reteniéndola; al igual que su hermana.

– ¿Por qué deberíamos hacer tal cosa?

– ¡Porque tiene la intención de probar el efecto del cromosoma en Mattias! -gritó Jasmin al mismo tiempo que saltó de la silla-. Lo considero totalmente irresponsable. Es demasiado pronto…

– ¡Demasiado pronto! -Hank Thornten soltó una sonora carcajada-. Mattias no dispone de otra oportunidad. O mejor: ¡se trata de una oportunidad que, en realidad, no existe! ¡Y usted con sus desvaríos va proclamando que sería demasiado pronto! Si no es Mattias, será otro quien se agarre a esta última tabla de salvación que le ofrecemos. ¿Qué opina usted?

Thornten miró hacia Chris a la vez que continuaba comiendo relajado su ensalada.

– Seguramente se necesite el consentimiento del paciente -advirtió Chris desamparado.

– En el caso de Mattias se trata del de la madre en calidad de tutor responsable -dijo Thornten tranquilo mientras asentía con la cabeza-. Por desgracia está dudando.

– Puedo comprender sus dudas -murmuró Chris. Sentía una tirantez en el estómago, un silencioso y asfixiante malestar. «La incertidumbre consumiría a cualquiera, cuando a alguien, zarandeado de un lado para otro entre la esperanza y el miedo, se le estaba agotando el tiempo, mientras se iba acercando irremediablemente el momento que lo decide todo». Él deseó no verse envuelto en la situación de tener que decidir una cosa así.

– Ha de saber que Mattias está aquí, porque debía participar en una serie de pruebas de terapias genéticas. ¡De forma voluntaria! Desgraciadamente han surgido algunos problemas. ¡Pero ahora disponemos de algo mejor!

De pronto, Thornten empujó su plato enfadado hacia un lado.

– Su amigo volverá ahora mismo con las pruebas vivientes. Y entonces podrá ayudarme en la tarea de convencer a las damas. ¿Por cierto, dónde se habrá metido esta gente? Joven, compruebe qué es lo que está pasando.

Thornten hizo un gesto hacia Sparrow, quien, durante todo el rato, había estado de pie con los brazos cruzados en la puerta, y que ahora abandonaba la habitación.

En el mismo instante sonó el teléfono móvil de Sullivan y todas las cabezas giraron en su dirección.

– Abajo, en la entrada lateral, la patrulla encontró a un monje o sacerdote, quien está esperando por Jacques Dufour -dijo Sullivan finalmente.

– ¿Dufour? ¿Él está aquí? Pero si estaba de baja. Él quería… -Folsom miró con recelo a Sullivan, quien levantaba los hombros.

– ¿Un sacerdote? -Thornten resollaba-. ¿Qué tendrá que ver uno de mis científicos con un sacerdote?

– ¿Cuál es el nombre del sacerdote? -preguntó de repente Andrew Folsom.

– Hermano Jerónimo -contestó Sullivan cuando recibió la respuesta a la pregunta que acababa de trasladar. La cara de Folsom empalideció de pronto.

* * *

Saint-Benoît-sur-Loire

René Trotignon había instalado su cuartel provisional en el monasterio benedictino justo en la primera estancia al lado de la puerta de entrada. No le permitieron adentrarse más. Estaba tendido en el catre y mantenía su mirada fija en el techo encalado. Trotignon y sus hombres formaban solo el anillo exterior de seguridad. El papa disponía de su propio guardaespaldas procedente del Corpo di Vigilanza; su equipo constituía algo así como una tapadera francesa.

Llamaban a la puerta.

Trotignon levantó la mano derecha dándole a entender de este modo a Claude Dauriac que abriera la puerta. Dauriac, como su sustituto que era, le hubo informado sobre los acontecimientos transcurridos durante el día mientras él había estado de viaje en Fontainebleau.

Elgidio Calvi entró en la estancia reciamente amueblada.

– ¿Podemos hablar a solas?

Trotignon se incorporó e hizo un gesto en dirección a Dauriac, quien a continuación abandonó la habitación en silencio.

– Necesito su ayuda -murmuró Calvi mientras se apoyaba con el hombro contra la puerta-. Tiene que ver con nuestro fugitivo de Fontainebleau.

Trotignon arrugó el rostro. Se habían dejado embaucar como principiantes. Aún no sabía cómo reflejarlo en su informe.