Una nerviosa doncella entró apresuradamente.
– Domina, domina, el pequeño Culio se ha caído y se ha golpeado la cabeza.
Fulvia ahogó una exclamación, levantó las manos y salió corriendo.
– ¡Oh, ese niño! ¡Me va a matar! -se lamentó.
Tres hombres habían presenciado este interludio no muy romántico: Poplicola, Cotila y Lucio Tilio Cimbro.
Cimbro se había incorporado al Senado como cuestor un año antes de que César cruzara el Rubicón, y apoyó su causa en la Cámara. A diferencia de Antonio esperaba una parte del botín asiático y africano, pero era poca cosa en comparación con lo que Antonio recibiría por su participación en la Galia. Sus vicios eran caros, su relación con Poplicola y Cotila duraba ya desde hacía unos años y su vínculo con Antonio se había estrechado desde el regreso de Antonio a Italia después de Farsalia. Sin embargo, hasta esta esclarecedora escena, no había percibido el profundo odio de Antonio hacia su primo César; realmente daba la impresión de que fuera capaz de asesinarlo.
– ¿No decías, Antonio, que estás destinado a ser heredero de César? -preguntó Poplicola con despreocupación.
– Lo digo desde hace años. ¿Qué tiene eso que ver ahora?
– Creo que Poplicola busca la manera de introducir el tema en nuestra conversación-dijo Cotila diplomáticamente-. Eres el heredero de César, ¿no es así?
– Tengo que serlo -se limitó a contestar Antonio-. ¿Quién podría serlo si no?
– En ese caso, si te molesta depender económicamente de Fulvia porque la amas, tienes otra fuente, ¿no? En comparación con César, Fulvia es pobre -continuó Cotila.
Súbitamente interesado, con un brillo en los ojos, Antonio lo miró.
– ¿Insinúas lo que creo entender, Cotila?
Cimbro se apartó discretamente del campo de visión de Antonio, procurando pasar inadvertido.
– Los dos lo insinuamos -dijo Poplicola-. Lo único que tienes que hacer para salir de deudas para siempre es matar a César.
– Quirites, brillante idea! -Antonio alzó los puños en un gesto de euforia-. Además, sería muy fácil.
– ¿Quién de nosotros debería hacerlo? -preguntó Cimbro, reincorporándose a la conversación.
– Lo haré yo mismo. Conozco sus hábitos -respondió Antonio-. Trabaja hasta la octava hora de la noche, luego se acuesta cuatro horas y duerme profundamente. Puedo saltar la tapia de su peristilo privado, matarlo y volver a salir sin que nadie se dé cuenta. A la décima hora de la noche. Y después, si hay una investigación, la coartada será que nosotros cuatro estábamos bebiendo en la taberna del viejo Murcio en la Via Nova.
– ¿Cuándo lo harás? -quiso saber Cimbro.
– Esta noche -contestó Antonio alegremente-. Antes de que se me pase la ira.
– Es un pariente cercano -le recordó Poplicola. Antonio prorrumpió en carcajadas.
– ¡Vaya, Lucio! ¡Mira quién fue a hablar! Tú intentaste matar a tu propio padre.
Los cuatro se echaron a reír estentóreamente. Cuando Fulvia regresó, encontró a Antonio de excelente humor.
Pasada la media noche Antonio, Poplicola, Cotila y Cimbro entraron tambaleantes y algo ebrios en la taberna del viejo Murcio y se apropiaron de la mesa del fondo con la excusa de que necesitaban quedarse cerca de la ventana por si alguno quería vomitar.
Cuando la campana del vigilante del Foro anunció la décima hora de la noche, Antonio salió furtivamente por la ventana, y Cotila, Cimbro y Poplicola se apiñaron en torno a la mesa y prosiguieron su ruidosa juerga como si Antonio continuara con ellos.
Esperaban que tardara un rato, ya que la Via Nova estaba en una eminencia rocosa de unos diez metros de altura; Antonio tendría que recorrer una corta distancia hasta la Escalera de los Joyeros, que lo llevaría hasta la parte trasera del Porticus Margaritaria y la Domus Publica.
Regresó antes de lo previsto con expresión airada.
– ¡No puedo creerlo! -exclamó sin aliento-. Sobre la tapia del peristilo estaban sentados unos criados con antorchas.
– ¿Es una nueva costumbre de César, eso de tener guardia? -preguntó Cimbro con curiosidad.
– No lo sé -gruñó Antonio-. Es la primera vez que intento entrar sin ser visto en el edificio durante la noche.
Dos días después César convocó al Senado por primera vez desde su regreso. El lugar elegido fue la Curia de Pompeyo en el Campo de Marte, detrás del patio de las cien columnas y la mole del teatro. Aunque representaba una larga caminata, los convocados respiraron con alivio. La Curia de Pompeyo se había construido específicamente para las sesiones del Senado, y podía alojar con holgura y en el debido orden a todo el mundo. Como se hallaba fuera del pomerium en la época en que existía la Curia Hostilia del Foro, se utilizaba sobre todo para los debates sobre la guerra extranjera, un tema que se consideraba inadecuado para tratarlo dentro del pomerium.
César estaba ya sentado en su silla curul sobre el podio, con una mesa plegable delante cubierta de documentos, y tablas de cera y una púa de acero utilizada para escribir en la cera. No prestó atención a los hombres que iban entrando; había hecho que los esclavos de éstos colocaran sus asientos en las gradas: la grada superior para los pedarii los senadores con voto pero sin voz; la central para los magistrados de menor rango, es decir, ex ediles y ex tribunos de la Asamblea de la Plebe; y la grada más baja para los ex pretores y cónsules.
Sólo cuando Fabio, el jefe de los lictores, le tocó el hombro, levantó la cabeza y miró alrededor. No está mal la concurrencia en los bancos traseros, pensó. Hasta el momento había nombrado a doscientos hombres nuevos, incluidos los tres centuriones que habían ganado la corona civica. En su mayoría pertenecían a las familias que constituían las Dieciocho Centurias, pero algunos eran de importantes familias itálicas, y unos cuantos, como Cayo Helvio Cina, de la Galia Cisalpina. Los nombramientos «inapropiados» no habían contado con la aprobación de los miembros de las familias romanas de más rancio abolengo, que consideraban el Senado un organismo de su uso exclusivo. Había corrido la voz de que César estaba llenando el Senado de galos con calzones y legionarios de bajo rango, y también se rumoreaba que se proponía proclamarse rey de Roma. Diariamente desde su llegada de África alguien preguntaba a César cuándo iba a «restaurar la república», cosa que él pasaba por alto. Cicerón había estado protestando muy alto acerca de la gradual pérdida de exclusividad del Senado, una actitud exacerbada por el hecho de que él mismo no era un Romano de los Romanos, sino un Hombre Nuevo de una zona ruraclass="underline" cuantos más hombres como él estaban presentes en el Senado, menos brillaba su propio triunfo por conseguir el escaño contra todo pronóstico. Además era un esnob desmedido.
Unos cuantos hombres que César deseaba ver estaban sentados en los bancos delanteros: los dos Mannio Emilio Lepido, padre e hijo; Lucio Volcatio Tulo el Viejo; Calvino; Lucio Piso; Filipo; dos miembros del gens de Apio Claudio Pulcro. Y había también algunos hombres que no deseaba ver en la misma medida: Marco Antonio y el prometido de Octavia, Cayo Claudio Marcelo el joven. Pero Cicerón no estaba. César apretó los labios. Sin duda sus elogios a Catón lo tenían demasiado ocupado para asistir.
El podio estaba bastante concurrido. Lo ocupaban él mismo y Lepido, los dos cónsules y seis de los pretores, incluido su incondicional aliado Aulo Hirtio y el hijo de Volcatio Tulo. El insoportable Cayo Antonio estaba en el banco tribunicio, junto con los demás miembros del tribunato de la Asamblea de la Plebe, no menos pesados que él.