– ¡Un terrible augurio! -susurró éste haciendo con la mano la señal para protegerse del mal de ojo.
Cleopatra lo imitó.
El retraso fue mínimo. Como por arte de magia, apareció una rueda nueva y se encajó rápidamente. César permaneció a un lado, moviendo los labios. Aunque Cleopatra no lo sabía, estaba recitando un sortilegio.
Lucio César, el augur jefe, se había acercado de inmediato.
– No, no -le dijo César sonriendo-. Expiaré el augurio subiendo de rodillas por la escalinata del templo de Júpiter óptimo máximo.
– Edepol!, Cayo, no podrás. Hay cincuenta peldaños.
– Puedo, y lo haré. -Señaló un frasco sujeto con una correa al costado interior del carro-. Tengo una poción mágica.
El carro triunfal se puso en marcha, y pronto el ejército avanzaba para formar la retaguardia del desfile, tres kilómetros por detrás del Senado. En el Foro Boario el triunfador tuvo que detenerse y saludar a la estatua de Hércules, siempre desnudo excepto en los días triunfales, cuando también él vestía la indumentaria triunfal.
Ciento cincuenta mil personas se aglomeraban en las largas gradas del Circus Maximus; hasta los criados de Cleopatra en su palacio oyeron los vítores y el alboroto causados por la entrada de César. Pero para cuando su carro hubo subido a lo largo de uno de los lados de la spina, por su extremo de Capena, descendido por el otro lado y vuelto a subir en dirección a la salida de Capena, el ejército estaba ya dentro, y la multitud estaba agotada de tanto vociferar. Así que cuando la Décima empezó a entonar su nueva canción de marcha, todos callaron para escuchar.
César llamó a Fabio y Cornelio, que seguían a los sesenta y dos lictores que lo precedían.
– Id a decir a la Décima que si no dejan de cantar esa canción, los privaré de su parte del botín y los licenciaré sin tierras -ordenó.
Transmitieron el mensaje, y la cantinela cesó de inmediato, pero mucho se especuló en el colegio de lictores sobre cuál de los versos ofendió más a César; la conclusión de Fabio y Cornelio fue que la alusión a la venta del culo lo había sacado de quicio, pero otros lictores se decantaron por la frase del «rey de Roma». Desde luego, no fue por el contenido obsceno de la canción de la Décima; eso era lo corriente.
Cuando terminó la celebración, caía la noche. El reparto del botín tendría que dejarse para la mañana siguiente. El Campo de Marte se convirtió en campamento, ya que todos los veteranos retirados estaban también allí, después de presenciar los actos entre la muchedumbre. Los legionarios tenían que recoger su parte en persona a menos que, como ocurría en el caso del triunfo de César, muchos de los veteranos vivieran en la Galia Cisalpina. Algunos se agruparon y nombraron un representante con un documento de autorización, lo cual contribuiría a aumentar las dificultades con las que inevitablemente se enfrentarían los pagadores de las legiones.
Los soldados rasos recibieron veinte mil sestercios por cabeza (una cantidad superior a la paga de veinte años de servicio); los centuriones de segunda recibieron más de cuarenta mil sestercios, y los centuriones de primera ciento veinte mil sestercios. Eran unas gratificaciones enormes, mayores que las de cualquier otro ejército en la historia, incluso que las del ejército de Pompeyo Magno después de conquistar Oriente y duplicar el contenido del erario. Pese a este botín, los soldados de todos los rangos se marcharon indignados. ¿Por qué? Porque César había apartado un pequeño porcentaje y lo había entregado a los pobres de Roma, cada uno de los cuales recibió cuatrocientos sestercios, treinta y seis libras de aceite y quince modii de trigo. ¿Qué habían hecho los pobres para merecer una parte? Los pobres no cabían en sí de gozo, pero no así el ejército.
La opinión general entre los militares era que César tramaba algo, pero ¿qué? Al fin y al cabo, nada podía impedir a un liberto pobre alistarse en las legiones, así pues, ¿por qué César hacía una donación a hombres que no se habían alistado?
Las celebraciones por los triunfos por Egipto, Asia Menor y África siguieron en rápida sucesión, ninguna tan espectacular como la de la Galia, pero todas muy por encima de la media. El triunfo de Asia incluía un carro que mostraba a César en Zela rodeado de todas sus coronas: sobre esta escena había un gran cartel bellamente escrito donde se leía: VENI, VIDI, VICI. La celebración por el triunfo de África fue la última, y la que obtuvo menos aprobación por parte de la elite romana, porque César, dejando que su indignación se impusiera a su sentido común, utilizó los teatrillos de los carromatos para escarnecer al alto mando republicano. Allí aparecían Metelo Escipión abandonándose a la pornografía, Labieno mutilando soldados romanos, y Catón bebiendo vino.
Los triunfos no fueron el final de los entretenimientos extraordinarios de ese año. César organizó también unos magníficos juegos funerarios por su hija, Julia, que había contado en vida con el afecto del pueblo de Roma. Había crecido en Subura rodeada de personas sencillas, y nunca se situó por encima de ellas. Por eso la habían incinerado en el Foro romano, y por eso sus cenizas yacían en una magnífica tumba del Campo de Marte, un hecho insólito.
Se representaron obras en el teatro de piedra de Pompeyo y en los escenarios provisionales levantados allí donde había espacio suficiente; gozaban de gran popularidad las comedias de Plauto, Enio y Terencio, pero a la gente le gustaban más las sencillas farsas atelanas. Se trataba de unas pantomimas llenas de personajes ridículos con máscaras. No obstante, debían tenerse en cuenta todos los gustos, así que un pequeño espacio se reservó para los elevados dramas de Sófocles, Esquilo y Eurípides.
César instituyó asimismo un certamen para la presentación de nuevas obras y ofreció un generoso premio para el ganador.
– Mi querido Salustio, deberías escribir obras además de textos de historia-dijo César.
Mejor sería que Salustio se hubiera dedicado a eso. Había tenido que abandonar el cargo de gobernador en la provincia de África tras haberla desvalijado sin pudor. El asunto llegó a oídos de César, quien pagó personalmente millones para compensar a los plutócratas del grano y el comercio agraviado. Y sin embargo César seguía sintiendo simpatía por Salustio.
– No, no soy un dramaturgo -respondió Salustio, moviendo la cabeza en un gesto de repugnancia ante la sola idea-. Estoy ocupado escribiendo una historia muy precisa de la conspiración de Catilina.
César parpadeó.
– ¡Por todos los dioses, Salustio! Espero que pongas por las nubes a Cicerón.
– Nada más lejos -contestó alegremente el impenitente saqueador de su provincia-. Culpo de todo el asunto a Cicerón. Él fabricó una crisis para elevar su consulado por encima de la banalidad.
– Roma podría alborotarse tanto como Utica cuando la publiques.
– ¿Publicarla? No, no me atrevería a publicarla, César. -Rió entre dientes-. Al menos no hasta que Cicerón haya muerto. Espero no tener que esperar veinte años.
– No me extraña que Milo te hiciera azotar por coquetear con su querida Fausta -comentó César, y soltó una carcajada-. Eres incorregible.
Los juegos funerarios de Julia no se redujeron a obras de teatro. César cubrió con una carpa todo el Foro romano y su Foro julio, y ofreció combates de gladiadores, espectáculos con bestias salvajes, luchas entre prisioneros de guerra condenados, y exhibiciones de la última moda marcial, los duelos con espadas largas y finas inútiles en una batalla.