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Una sagaz conjetura. Tras enterarse de que César iría a Hispania para atajar la rebelión republicana, Cleopatra se mostró consternada.

– ¡Pero no puedo vivir en Roma sin ti! -dijo-. Me niego a quedarme aquí sola.

– Te diría que volvieras a Egipto, pero en otoño e invierno el mar es peligroso entre aquí y Alejandría -contestó César, conteniendo el mal genio-. Ten paciencia, amor mío, la campaña no será larga.

– He oído decir que los republicanos tienen trece legiones.

– Imagino que eso como mínimo.

– Y tú has licenciado a todas tus legiones veteranas menos dos.

– La Quinta Alauda y la Décima. Pero Rabirio Póstumo, que ha accedido a actuar otra vez como mi praefectus fabrum, está reclutando hombres en la Galia Cisalpina y allí muchos de los veteranos licenciados están bastante aburridos como para reengancharse. Contaré con ocho legiones, suficientes para derrotar a Labieno -dijo César, y se inclinó para darle un largo beso. Está todavía irritada, pensó él. Mejor cambiar de tema-. ¿Has examinado los datos del censo?

– Sí, y son excelentes -contestó ella con calidez, dejándose llevar-. Cuando vuelva a Egipto, instituiré un censo similar. Lo que me fascina es cómo conseguiste adiestrar a miles de hombres para que reunieran la información puerta por puerta.

– A la gente le gusta hacer preguntas. El adiestramiento se centra en enseñarles a tratar con personas a quienes no les gusta que les pregunten sobre su vida.

– Tu talento me obnubila, César. Lo haces todo de una manera tan eficaz, y sin embargo tan rápida… Los demás vamos a rastras detrás de ti.

– Sigue con tus halagos, y no cabré por la puerta -dijo él con ligereza y luego frunció el entrecejo-. Al menos tus elogios parecen sinceros. ¿Sabes qué han puesto esos idiotas en la horrible cuádriga de oro que erigieron en el pórtico de Júpiter óptimo Máximo?

Cleopatra lo sabía. Si bien ella lo aprobaba y estaba de acuerdo, ya conocía a César lo bastante bien para entender por qué le había indignado tanto. El Senado y las Dieciocho habían encargado una escultura de oro de César en una cuádriga colocada sobre un globo del mundo, otro de los honores que le hacían contra su voluntad.

«Estoy en un dilema respecto a estos honores -le había confesado César hacía un tiempo-. Cuando los rechazo, me califican de grosero e ingrato, y cuando los acepto, me califican de altivo y arrogante. Les dije que me negaba a consentir esa espantosa construcción, pero han seguido adelante de todos modos.»

César no había visto «la espantosa construcción» hasta esa mañana, cuando la descubrieron. El escultor, Arcesilao, había hecho un buen trabajo; sus cuatro caballos eran magníficos. Gratamente sorprendido, César había dado una vuelta a su alrededor con ecuanimidad hasta fijarse en la placa sujeta en la parte delantera del carro. Decía, en griego, exactamente lo mismo que la estatua de él en el ágora de Éfeso: DIOS MANIFIESTO y todo lo demás.

– ¡Quitad esa abominación! -gritó.

Nadie hizo ademán de obedecer. Uno de los senadores llevaba una daga al cinto; César se la arrebató y la utilizó para hundirla en la superficie de oro cincelado hasta que la placa se desprendió.

– ¡Nunca digáis eso de mí! -ordenó, y se marchó, tan furioso que pisoteó la placa, que quedó convertida en un amasijo de metal.

Así pues, en ese momento Cleopatra dijo pacíficamente:

– Sí, ya lo sé. Y lamento que te ofendiera.

– No quiero ser rey de Roma. Y no quiero ser un dios -gruñó él.

– Eres un dios -se limitó a decir ella.

– ¡No, no es verdad! Soy un simple mortal, y muy sencillo, y padeceré el destino de todos los mortales, Cleopatra. ¡Moriré! ¿Lo oyes? ¡Moriré! Los dioses no mueren. Si me hicieran dios después de muerto sería distinto. Dormiría el sueño eterno y no sabría que era un dios. Pero mientras sea mortal, no puedo ser dios. ¿Y para qué necesito ser rey de Roma? Como dictador puedo hacer todo aquello que deba hacerse.

– Es como un toro atormentado por una multitud de niños que están a salvo al otro lado de la barrera -dijo Servilia a Cayo Casio con gran satisfacción-. ¡Me estoy divirtiendo! Y Pontio Aquila también.

– ¿Cómo está tu devoto amante? -preguntó Casio con dulzura.

– Trabajando para mí contra César, pero muy sutilmente. Desde luego, César no siente simpatía por él, pero la equidad es una de las debilidades de César, así que si un hombre promete, es ascendido, aun tratándose de un republicano indultado… y amante de Servilia -explicó con ironía.

– ¡Qué arpía eres!

– Y siempre lo he sido. Tenía que serlo para sobrevivir en la casa del tío Druso. Ya sabes que Druso me confinó en la habitación de los niños y me prohibió salir hasta que me casé con el padre de Bruto, ¿no? -preguntó.

– No, no lo sabía. ¿Por qué un Livio Druso haría una cosa así?

– Porque yo espiaba para mi padre, que era enemigo de Druso.

– ¿A qué edad?

– A los nueve, diez, once.

– Pero ¿por qué vivías con el hermano de tu padre en lugar de con tu padre? -quiso saber Casio.

– Mi madre cometió adulterio con el padre de Catón -respondió ella, contrayendo el rostro pese a la lejanía del recuerdo-, y mi padre decidió tratar a los hijos que tuvo con ella como si no fueran suyos.

– Eso lo explica -dijo Casio-, y sin embargo, ¿espiaste para él?

– Era un Servilio Cepio patricio -dijo ella, como si eso lo justificara todo.

Conociéndola, Casio supuso que así era.

– ¿Qué pasó con Vatia en la provincia de África? -preguntó ella.

– No me permitió recaudar las deudas mías ni las de Bruto.

– Ah, ya veo.

– ¿Cómo está Bruto?

Servilia enarcó las cejas con expresión de indiferencia.

– ¿Cómo voy a saberlo? A mí no me escribe más de lo que te escribe a ti. Él y Cicerón se cartean continuamente. Bueno, ¿y por qué no? Los dos son como dos viejas.

Casio sonrió.

– De camino hacia aquí vi a Cicerón en Túsculo, y me quedé en su casa a pasar la noche. Está muy ocupado escribiendo un elogio a Catón. Quizá te guste la idea. Aunque no, posiblemente no. No obstante, la inminencia de la guerra en las Hispanias le tenía muy agitado. Lo cual me sorprendió, dado lo mucho que detesta a César. Le pregunté por qué, y dijo que si los Pompeyos vencen a César, en su opinión serían mucho peores gobernantes de Roma que César.

– ¿Y qué contestaste a eso, querido Casio?

– Que, al igual que él, me conformaría con el tranquilo dictador que ya conocemos. Los Pompeyos proceden de Piceno, y nunca he conocido a un picentino que no fuera cruel hasta la médula. Rasca en la superficie de un picentino y debajo aparecerá un bárbaro.

– Por eso los picentinos son tan buenos tribunos de la Asamblea de la Plebe. Les gusta atacar por la espalda, y nunca son tan felices como cuando pueden cometer fechorías. ¡Bah! -dijo Servilia-. Al menos César es un romano de los de verdad.

– Tanto es así que tiene la ascendencia necesaria para ser rey de Roma.

– Al igual que Sila -coincidió ella-. Sin embargo, y también como Sila, no quiere ser rey de Roma.

– Si puedes afirmar eso tan rotundamente, ¿por qué tú y otros os esforzáis tanto por difundir la idea de que César arde en deseos de ceñirse la diadema?

– Por hacer algo -dijo Servilia-. Además, yo misma debo llevar dentro algo de picentina. Me encantan las fechorías.

– ¿Has conocido a su majestad? -preguntó Casio, notando crecer su propio carácter romano. Qué a gusto se sentía otra vez en Roma. Tertula quizá fuera medio de César, pero su otra mitad era pura Servilia, y las dos mitades se unían para hacer de ella una esposa fascinantemente seductora.

– Querido mío, su majestad y yo somos íntimas amigas -susurró Servilia-. ¡Qué tontas llegan a ser las mujeres romanas! ¿Te puedes creer que la mayoría de mis iguales han decidido llamar a la reina de Egipto infra dignitatem? Las muy tontas.