– ¡Por todos los dioses, estás hablando de un mínimo de cinco años! -exclamó Calvino con voz ahogada-. ¿Crees que estás en situación de abandonar Roma a su suerte durante tanto tiempo, César? Ya sabes lo que ocurrió cuando te marchaste de Egipto, y sólo fueron unos meses, no años. César, no puedes esperar que Roma prospere mientras tú andas por ahí conquistando.
– ¡No ando por ahí conquistando! -replicó César entre dientes-. Me sorprende, Calvino, que no hayas entendido el hecho de que las guerras civiles cuestan dinero, dinero que Roma no tiene, dinero que debo encontrar en el reino de los partos.
Entraron en Corduba sin luchar. La ciudad abrió sus puertas y rogó misericordia, un poco de la famosa clemencia de César. No la obtuvo. César reunió a todos los hombres en edad militar y los ejecutó allí mismo. Luego impuso a la ciudad el pago de una multa tan grande como la de Utica.
2
Una grave inflamación pulmonar aquejó a Cayo Octavio el día antes de su prevista partida hacia Hispana para servir allí como contubernalis personal de César, así que hasta mediados de febrero no estuvo en condiciones de dejar Roma, y cuando lo hizo tuvo que soportar las protestas de su madre. El calendario concordaba perfectamente con las estaciones por primera vez desde hacía cien años, de modo que emprender viaje en febrero implicaba encontrar puertos de montaña nevados y cortantes vientos.
– ¡No llegarás allí vivo! -se lamentó Atia, desesperada.
– Sí, madre, llegaré. ¿Cómo voy a enfermar viajando en un buen carro tirado por mulas con ladrillos calientes y muchas mantas?
Así pues, haciendo caso omiso de las protestas de Atia, el joven partió y descubrió que un viaje en esa época del año (siempre y cuando se abrigara) no provocaba asma, como había aprendido a llamar a su enfermedad. César le había enviado a Hapd'efan'e, quien le había dado sensatos consejos. Con nieve en los caminos, no había polvo ni polen en el aire, las mulas no perdían el pelo, y el frío no era húmedo sino muy seco. Cuando el carro se atascó en la nieve a medio cruzar el puerto del monte Genaba en la Via Domitia, el joven comprobó asimismo con satisfacción que podía empuñar una pala y ayudar a despejar el camino, y que después del ejercicio se sentía mejor. Únicamente experimentó dificultades respiratorias al recorrer la calzada que cruzaba las marismas de la desembocadura del río Ródano, pero el malestar no le duró más de ciento cincuenta kilómetros. En lo alto del paso a través de los Pirineos costeros, se detuvo para contemplar los trofeos de Pompeyo Magno, cada vez más deteriorados por las inclemencias del tiempo. Y luego descendió a la Hispania Citerior de los lacetanos, donde eran ya evidentes las primeras señales de la primavera. Aun así, no sufrió ningún ataque de asma, la primavera era bastante húmeda y sin viento.
En Cástulo se enteró de que se había librado una batalla decisiva en Munda y de que César estaba en Corduba, así que se dirigió a Corduba.
Llegó allí el vigésimo tercer día de marzo, encontrando la ciudad manchada de sangre y envuelta por el humo de decenas de piras funerarias; sin embargo, afortunadamente, el palacio del gobernador se hallaba en una ciudadela alejada de lo que, supuso, eran las secuelas de ejecuciones masivas. Sorprendido de su propia entereza, advirtió que podía contemplar aquel espectáculo con ecuanimidad; al menos en ese sentido no parecía inferior a otros hombres, circunstancia que le complació enormemente. Muy consciente de que lo consideraban débil a causa de su aspecto, le había aterrorizado la idea de que la visión y el olor de la matanza pudieran acobardarlo.
En el vestíbulo del palacio estaba sentado un joven en uniforme militar, por lo visto haciendo las veces de unidad de recepción o filtrado; los centinelas, notando la riqueza del pequeño séquito y del carruaje privado de Octavio, lo habían dejado pasar de inmediato, pero obviamente este joven no estaba dispuesto a ser tan atento.
– ¿Sí? -dijo, levantando la vista bajo sus pobladas cejas.
Octavio lo miró sin hablar. Ése era un soldado hecho y derecho. Precisamente lo que Octavio anhelaba ser y nunca sería. Cuando el guardia se puso en pie reveló una estatura comparable a la de César, unos hombros como dos montes gemelos y un cuello grueso y nervudo como el de un toro. Pero todo eso no era nada en comparación con su rostro, llamativamente hermoso y a la vez por completo viriclass="underline" una mata de pelo claro, cejas oscuras y espesas, unos ojos avellanados hundidos y de mirada severa, la nariz fina, y la boca y el mentón fuertes. Tenía los brazos musculosos y unas manos grandes y bien formadas que delataban su capacidad para realizar con ellas tanto trabajos que exigieran fuerza como tareas de gran delicadeza.
– ¿Sí? -volvió a preguntar el soldado más amablemente, con un amago de sonrisa en los ojos. Una especie de Alejandro, pensó observando al desconocido («hermoso» no era una palabra que formara parte de su vocabulario para describir a hombres), pero de aspecto muy delicado y distinguido.
– Disculpa -dijo cortésmente el visitante, y sin embargo con cierto dejo de superioridad-. Vengo a presentarme ante Cayo Julio César. Soy su contubernalis.
– ¿Qué gran aristócrata te ha enviado? -preguntó el hombre-. Lo pasarás mal en cuanto ponga sus ojos en ti.
Octavio sonrió, y con eso desapareció de su expresión el aire de superioridad.
– Ah, ya conoce mi aspecto. Él mismo solicitó mi presencia.
– ¡Ah, un pariente! ¿Cuál eres?
– Me llamo Cayo. Octavio.
– No me dice nada.
– ¿Y cuál es tu nombre? -preguntó Octavio, muy interesado por él.
– Marco Vipsanio Agripa, el contubernalis de Quinto Pedio.
– ¿Vipsanio? -repitió Octavio arrugando la frente-. ¡Qué nombre tan peculiar! ¿De dónde eres?
– De la Apulia sammita, pero la zona se llama Mesapia. Normalmente me llaman por mi cognomen, Agripa.
– «Nacido con los pies por delante.» No parece que cojees. -Tengo los pies perfectamente. ¿Cuál es tu cognomen? -No tengo. Soy simplemente Octavio.
– Sube por la escalera, sigue por el pasillo de la izquierda y ve hasta la tercera puerta.
– ¿Vigilarás mis cosas hasta que pueda recogerlas?
Las «cosas» estaban entrando. Agripa miró irónicamente al nuevo contubernalis. Tenía «cosas» suficientes para ser un legado de alto rango. ¿Qué miembro de la familia era? Algún lejano pariente político, sin duda. Parecía simpático; no era engreído y sin embargo, de un modo difícil de precisar, tenía un elevado concepto de sí mismo. Desde luego no era un militar en potencia. Si a alguien le recordaba, era un individuo relacionado con Cayo Mario: un pariente político de Mario que había sido asesinado por un soldado raso por hacerle proposiciones homosexuales. En lugar de ejecutar al soldado, Mario lo condecoró. Aunque no era que aquel joven indujera a pensar eso.
Cayo Octavio…, de Latium, sin duda. Había muchos Octavios en el Senado, incluso entre los cónsules. Agripa se encogió de hombros y volvió a concentrarse en verificar la lista de ejecutados.
– Adelante -dijo César cuando Octavio llamó a la puerta.
César se volvió hacia él con expresión dura, pero sus facciones se relajaron cuando vio quién era. Dejó la pluma y se levantó.
– Mi querido sobrino, has tardado en llegar. Me alegro mucho de tenerte aquí.
– También yo me alegro, César. Sólo lamento haberme perdido la batalla.
– No lo lamentes. Desde el punto de vista táctico no fue una de mis mejores batallas, y perdí demasiados hombres. Espero por tanto que no sea la última. Tienes buen aspecto, pero le pediré a Hapd'efan'e que te examine para asegurarnos. ¿Había mucha nieve en los puertos de montaña?