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– En el mons Genava, sí, pero el paso de los Pirineos estaba transitable. -Octavio se sentó-. Te he notado especialmente serio al entrar, tío.

– ¿Has leído el Catón de Cicerón?

– ¿Esa sarta de estupideces? Sí, me distrajo durante los días que pasé enfermo en Roma. Le contestarás, espero.

– Eso estaba haciendo cuando has llamado. -César dejó escapar un suspiro-. Algunos, como Calvino y Messala Rufo, no creen que deba dignarme contestar. Opinan que escriba lo que escriba se considerará poco magnammo.

– Probablemente tienen razón, pero aun así es necesario contestar. Pasarlo por alto equivale a admitir que hay en ese texto algo de verdad. La gente que lo considere mezquino no se pondrá de tu lado en cualquier caso. Cicerón te ha acusado de aniquilar de manera permanente el proceso democrático (el derecho de todo romano a organizar su propia vida sin intromisiones de ninguna clase) y de la muerte de Catón. Más adelante, cuando tenga dinero, zanjaré el asunto comprando todos los ejemplares del Catón en existencias y quemándolos -dijo Octavio.

– Interesante idea. Podría hacerlo yo mismo.

– No, la gente adivinaría quién estaba detrás de eso. Permite que lo haga yo en el futuro, cuando haya pasado el revuelo. ¿Cómo enfocas tu escrito de refutación?

– Para empezar, con unos cuantos dardos bien dirigidos a Cicerón. Después paso a destrozar el personaje de Catón mejor de lo que Cayo Casio destrozó a Marco Craso. Desde la tacañería hasta el vino para congraciarse con los filósofos y la vergonzosa manera en que trataba a sus esposas; todo estará ahí -dijo César con satisfacción-. Estoy seguro de que Servilia de buena gana me informará de los incidentes menos conocidos de la vida de Catón.

Así empezó para Cayo Octavio una existencia de cadete muy distinta de lo habitual. Aunque esperaba tener la oportunidad de conocer mejor al fascinante Marco Vipsanio Agripa, Octavio descubrió no obstante al día siguiente de su llegada que César no estaba dispuesto a permitir que este contubernalis se relacionara con sus compañeros.

Una vez que la Fortuna ponía a César en un lugar, éste se negaba a abandonarlo hasta que estuviera debidamente organizado. En el caso de la Hispania Ulterior, provincia romana desde hacía mucho tiempo, la labor de César consistió fundamentalmente en establecer colonias romanas. Excepto la Quinta Alauda y la Décima, todas las legiones que lo habían acompañado a Hispania se asentarían en la provincia Ulterior y recibirían generosas asignaciones de tierra de primera calidad expropiada a los hacendados hispanos que habían respaldado a los republicanos. Se fundaría una colonia para los pobres de la ciudad de Roma en Urso, que llevaría el gozoso nombre de Colonia Genetiva Julia Urbanorum, pero el resto de las colonias fueron para los soldados veteranos. Una estaba cerca de Hispalis, otra cerca de Fidentia, dos cerca de Ucubi, y tres cerca de Nueva Cartago. Otras cuatro estaban al oeste, en las tierras de los lusitanos. Cada colonia disfrutaría de la plena ciudadanía romana, y se permitiría a los libertos ocupar puestos en el consejo de gobierno, siendo ésta una atribución muy poco común.

Una de las tareas de Octavio consistió en acompañar a César en su rápida calesa de una colonia a otra, supervisando el reparto de las tierras, asegurándose de que quienes llevaban a cabo el trabajo sabían cómo hacerlo, promulgando los fueros donde se esbozaban las leyes, normas y ordenanzas coloniales, y eligiendo personalmente al primer grupo de ciudadanos que formaría cada consejo de gobierno. Octavio entendió que estaba a prueba: no sólo debía confirmarse su competencia, sino también su estado de salud.

– Espero -dijo a César mientras regresaban de Hispalis- serte de alguna ayuda, tío.

– De una gran ayuda-contestó César, en apariencia un poco sorprendido-. Tienes una gran capacidad para los detalles, Octavio, y disfrutas sinceramente de lo que para muchos son los aspectos más aburridos de este trabajo. Si fueras pasivo, diría que eres un burócrata ideal, pero no eres en absoluto desidioso. En diez años podrás administrar Roma por mí mientras yo me dedico a asuntos que se me dan mejor que la administración de Roma. No me importa redactar las leyes para convertirla en un lugar más funcional y operativo, pero me temo que en realidad lo mío no es quedarme en un mismo sitio durante años, ni siquiera si el sitio es Roma, ésta rige mi corazón pero no mis pies.

A esas alturas estaban ya en muy buenas relaciones, y habían casi olvidado que los separaban más de treinta años. Así que a los luminosos ojos grises de Octavio asomó una sonrisa, y dijo:

– Ya lo sé, César. Tus pies han de estar en marcha. ¿No puedes aplazar la expedición a Partia hasta que yo haya avanzado un poco más en el camino de llegar a serte verdaderamente útil? Roma no confiaría en un simple joven, y posiblemente tampoco confiarán aquellos a quienes has de delegar el gobierno en tu ausencia.

– Marco Antonio-dijo César.

– Exacto. O Dolabela. Calvino quizá sí, pero él no es un hombre lo bastante ambicioso para querer el puesto. E Hirtio, Pansa, Polio y los demás no tienen antepasados suficientemente importantes para mantener en su sitio a Antonio o Dolabela. ¿Debes cruzar el Éufrates tan pronto?

– Sólo hay dos lugares con la riqueza necesaria para sacar a Roma de su precaria situación económica actual, sobrino: Egipto y Partia. Por razones obvias no puedo tocar Egipto, y por tanto tendrá que ser Partía.

Octavio apoyó la cabeza contra el respaldo y volvió la cara para contemplar el paisaje, prefiriendo ocultar su rostro a César por si delataba sus pensamientos.

– A ese respecto, comprendo la necesidad de que sea Partia. Al fin y al cabo, la riqueza de Egipto no es comparable a la de Partia.

Este comentario provocó las carcajadas de César, que tuvo que enjugarse las lágrimas de tanto reír.

– Si vieras lo que yo he visto, Octavio -contestó César por fin-, no dirías eso.

– ¿Qué has visto? -preguntó Octavio con la expresión de un niño.

– Las cámaras del tesoro -respondió César aún entre risas. Y con eso bastaba por el momento. Deprisa pero sin pausa.

– ¡Qué trabajo más extraño el tuyo! -comentó Marco Agripa a Octavio unas horas más tarde aquel mismo día-. Eres más un secretario que un cadete, ¿no?

– A cada cual lo que le corresponde -respondió Octavio sin ofenderse-. Yo carezco de talento militar, pero creo que tengo ciertas dotes para el gobierno, y colaborar tan estrechamente con César es muy educativo a ese respecto. Me habla de todo lo que hace, y yo…, en fin, escucho con mucha atención.

– No me habías dicho que era tu tío carnal. -En rigor, no lo es. Es mi tío abuelo.

– Según Quinto Pedio, eres su favorito entre los favoritos. -Eso es una indiscreción por parte de Quinto Pedio.

– Me atrevería a decir que es tu primo carnal o algo así. A veces habla solo -dijo Agripa intentando arreglar su propia indiscreción-.

¿Vas a quedarte aquí un tiempo?

– Sí, durante dos noches.

– Entonces ven a divertirte con nosotros mañana. No tenemos dinero, por lo que la comida no es muy buena, pero bienvenido seas.

Ese «nosotros» incluía a Agripa y a un tribuno militar llamado Quinto Salvidieno Rufo, un picentino pelirrojo de entre veinticinco y treinta años.

Salvidieno examinó a Octavio con curiosidad.

– Todo el mundo habla de ti -dijo, e hizo un hueco al invitado en un banco tirando al suelo unos pertrechos militares.

– ¿Hablan de mí? ¿Por qué? -preguntó Octavio, sentándose en el borde del banco, un tipo de mueble con el que había tenido escaso contacto hasta el momento.