– En primer lugar, porque eres el favorito de César. En segundo lugar, nuestro jefe Pedio dice que eres algo delicado: no puedes montar a caballo ni dedicarte debidamente a las obligaciones militares -explicó Salvidieno.
Un no combatiente les sirvió la comida, que consistía en una gallina hervida dura, un puré de garbanzos y tocino, un poco de pan aceptable y aceite, y un gran plato de magníficas aceitunas de Hispania.
– No comes mucho -observó Salvidieno engullendo la comida.
– Soy «delicado» -respondió Octavio de manera un tanto mordaz.
Agripa sonrió y sirvió vino a Octavio. Cuando el invitado tomó un sorbo y dejó la jarra, su sonrisa se hizo más ancha.
– ¿No te gusta nuestro vino? -preguntó.
– No me gusta el vino en general. A César tampoco.
– En cierto sentido te pareces mucho a él-dijo Agripa.
El rostro de Octavio se iluminó.
– ¿Me parezco a él? ¿De verdad?
– Sí. Hay algo de él en tu cara, que es más de lo que puede decirse de Quinto Pedio. Y eres más aristocrático.
– He tenido una educación distinta -explicó Octavio-. El padre de Pedio fue un caballero de Campania, así que él creció allí. Yo, en cambio, me he criado en Roma. Mi padre murió hace muchos años. Mi padrastro es Lucio Marcio Filipo.
Un nombre muy conocido. Los otros dos parecieron impresionados.
– Un epicúreo -dijo Salvidieno, mejor informado que el joven Agripa-. Además, cónsul. No es extraño que lleves equipaje suficiente para un legado de alto rango.
Octavio pareció abochornado.
– Ah, eso es cosa de mi madre -aclaró-. Siempre está convencida de que voy a morir, especialmente cuando me alejo de ella. Para seros sincero no necesito tantas cosas ni las utilizo. Puede que Filipo sea un epicúreo hasta la médula, pero yo no. -Echó una ojeada a la pobre y desaseada habitación-. Os envidio -añadió con un suspiro-. No es divertido ser delicado.
– ¿Te lo has pasado bien? -preguntó César cuando regresó su contubernalis, consciente de que apenas daba oportunidad al muchacho de mezclarse con sus compañeros.
– Sí, pero eso me ha hecho tomar consciencia de mis privilegios.
– ¿En qué sentido, Octavio?
– Ah, tengo mucho dinero en la bolsa, tengo todo lo que necesito, disfruto de tu favor -contestó Octavio con franqueza-. Agripa y Salvidieno no tienen dinero, no cuentan con el favor de nadie, y sin embargo son dos excelentes hombres, creo.
– Si lo son, ascenderán bajo la protección de César, de eso puedes estar seguro. ¿Me recomiendas que los lleve a la campaña parta?
– Sin duda. Pero a tu servicio directo, César. Conmigo, puesto que yo no tendré edad suficiente para gobernar Roma en tu ausencia.
– ¿De verdad quieres venir? El polvo puede ser peligroso para ti.
– Aún tengo mucho que aprender de ti, así que me gustaría intentarlo.
– A Salvidieno lo conozco. Estuvo al frente de la carga de caballería en Munda, y ganó nueve phalerae de oro. Un picentino típico, imagino: muy valiente, una mente militar superior, capaz de idear estrategias. De Agripa no sé nada. Dile que esté presente cuando nos pongamos en marcha por la mañana, Octavio -ordenó César, deseando ver qué clase de persona había elegido Octavio como amigo.
Conocer a Agripa fue una revelación. A César le pareció uno de los jóvenes más impresionantes que había conocido. Si hubiera sido más feo, se habría parecido mucho a Quinto Sertorio, pero su buena presencia lo elevaba a otra categoría. Si hubiera asistido a una de las grandes escuelas romanas para los hijos de los caballeros, sin duda habría acabado siendo prefecto. Era la clase de joven de quien siempre cabía esperar el mayor esfuerzo: muy fiable, sin miedo, atlético y en extremo inteligente. Un inquebrantable. Era una lástima que no hubiera recibido una educación mejor. En cuanto a su sangre, era muy mediocre. Estas dos circunstancias retrasarían cualquier esperanza de carrera pública en Roma. Ésa era una de las razones por las que César estaba decidido a cambiar la estructura social lo suficiente para permitir el ascenso de hombres tan capacitados como aparentaba ser Agripa a sus diecisiete años. Ya que él no era un prodigio como Cicerón, ni poseía la crueldad de un Cayo Mario -dos hombres nuevos que habían conseguido elevarse por encima de su condición-, lo que necesitaba Agripa era un protector, y César asumiría la responsabilidad. Su sobrino nieto tenía buen ojo para elegir hombres aptos, lo cual era un alivio.
Mientras Agripa permanecía en posición de firmes y contestaba las amables pero sagaces preguntas de César, Octavio -como observó César con el rabillo de ojo- contemplaba a Agripa con adoración. Y no era en absoluto la clase de adoración con que miraba a César. Vaya, vaya…
A veces viajaba con ellos en su calesa un secretario, pero esa mañana César prefirió estar a solas con Octavio. Había llegado la hora de afrontar aquella conversación, aplazada porque a César no le entusiasmaba en absoluto.
– Marco Agripa te cae muy bien -empezó César.
– Mejor que cualquier otra persona que haya conocido -contestó Octavio al instante.
Cuando ha de sajarse un furúnculo, debe cortarse a fondo y con crueldad.
– Eres un chico muy mono, Octavio.
Octavio, sobresaltado, no lo tomó como un cumplido.
– Espero que con la edad me haré más hombre, César -dijo en un susurro.
– No veo muchas posibilidades de que así sea, porque no tendrás tiempo de hacer todo el ejercicio necesario para desarrollar un físico como el de Agripa, o el mío. Tú siempre tendrás poco más o menos el mismo aspecto de ahora, un chico mono y esbelto.
Octavio empezó a enrojecer.
– ¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo, César? ¿Que parezco afeminado?
– Sí -dijo César claramente.
– Por eso hombres como Lucio César y Cneo Calvino me miran como me miran.
– Exactamente. ¿Albergas tiernos sentimientos hacia tu propio sexo, Octavio?
Octavio palideció.
– No que yo sepa, César. Admito que quizá contemple a Marco Agripa como un bobo, pero es que lo admiro mucho.
– Si no albergas tiernos sentimientos, te sugiero que pongas fin a las miradas de bobo. Asegúrate de no sentir nunca esa clase de atracción. Nada puede retrasar más la carrera pública de un hombre que ese defecto en particular, lo sé por experiencia-dijo César.
– ¿Te refieres a la acusación acerca del rey Nicomedes de Bitinia?
– Precisamente. Una acusación injustificada, debida a que por desgracia no me había granjeado el afecto de mi comandante, Lúculo, ni de mi compañero Marco Bibulo. Se complacieron en utilizarla para rebajarme políticamente, y en la celebración de mis triunfos tuve que oírla de nuevo.
– La canción de la Décima.
– Sí -contestó César apretando los labios-. Ya han pagado por eso.
– ¿Cómo te defendiste de esa acusación? -preguntó Octavio con curiosidad.
– Mi madre, una mujer extraordinaria, me aconsejó que pusiera los cuernos a mis rivales políticos, cuanto más públicamente, mejor. Y que nunca entablara amistad con compañeros que tuvieran esa clase de fama. Me dijo que jamás diera la menor prueba de que tal acusación tuviera una base que no fuera el puro despecho -explicó César, mirando al frente-. Y me -dijo también que no visitara Atenas.
– Recuerdo muy bien a tu madre -Octavio sonrió-. Me aterrorizaba.
– A veces también a mí-César cogió las manos de Octavio entre las suyas y se las apretó con fuerza-. Te transmito su consejo, pero con un ánimo diferente, ya que tú y yo somos hombres muy, muy distintos. Tú no posees el atractivo que yo tenía para las mujeres cuando era joven. Yo hacía que desearan domesticarme, capturar mi corazón, al mismo tiempo que dejaba muy claro ante todo el mundo que no podía ser domesticado ni tenía corazón. Eso tú no puedes hacerlo. Careces de la arrogancia o el aplomo necesarios. Merecido o no, te envuelve cierto aire de afeminamiento. Lo achaco a tu enfermedad, que ha preocupado mucho a tu madre, y ella ha caído en el error de mimarte. También tu dolencia te ha impedido asistir a la instrucción militar con la regularidad suficiente para que tus iguales te conozcan bien. En todas las generaciones hay individuos como tu primo Marco Antonio, que consideran afeminados a todos los hombres incapaces de levantar yunques y engendrar un bastardo cada nundinum. Por eso Antonio quedó impune tras besar a su amigo Cayo Curio en público; nadie podía creer que Antonio y Curio fueran verdaderos amantes.