La enfermedad era la única excusa válida para estar ausente si un senador se hallaba en Italia. Además, ahora un senador tenía que presentar una solicitud a la Cámara para salir de Italia. Cicerón se veía trabado por multitud de normas y reglamentos que eran un insulto a sus derechos como miembro del organismo de gobierno más augusto de Roma. ¡Era intolerable! Entre afligido e indignado, Cicerón tuvo que buscar tres senadores dispuestos a jurar ante Lepido que Marco Tulio Cicerón era incapaz de ocupar su escaño en la Cámara debido a una grave enfermedad de larga duración.
Para colmo, tras decidir que Tulla debía tener un monumento glorioso en unos jardines públicos, Cicerón descubrió que la tumba de diez talentos proyectada por el arquitecto Cluatio le costaría veinte talentos; las leyes suntuarias de César estipulaban que fuere cual fuese el coste de una tumba debía pagarse al erario una cantidad equivalente. Sin embargo el abogado encontró una manera de soslayar esta normativa: bastaba con llamar santuario a la tumba de Tulia y quedaba libre de impuestos. Por tanto Tulla no tendría una tumba sino un santuario. A veces los treinta años de matrimonio con Terencia resultaban provechosos: ella conocía maneras de evitar cualquier impuesto que el propio César fuera capaz de crear.
Naturalmente, hubo paliativos a sus desdichas, en particular la favorable acogida que recibió su Catón. En una carta Aulo Hirtio, gobernador de la Galia Narbonesa al servicio de César, le contó que éste planeaba escribir un «Anti-Catón». Sí, César, hazlo, por favor, se dijo Cicerón. Causará un daño inconmensurable a tu dignitas.
Las noticias procedentes de la Hispania Ulterior llegaban con cuentagotas. Tan escasas eran que Hirtio, al escribir desde Narbo el decimoctavo día de abril, no sabía que Cneo Pompeyo había sido capturado y decapitado. Sí se conocía, en cambio, el resultado de la batalla de Munda, y era un hecho que toda Roma debía aceptar. La resistencia republicana había sido atajada definitivamente y nada impediría a César aplicar sus vergonzosas leyes contra la Primera Clase. Incluso Ático, hasta entonces siempre equitativo respecto a César, empezó a preocuparse. Aunque seguía trabajando para asegurarse que los pobres del censo por cabezas no eran embarcados con destino a Butrotum, no pudo obtener garantías de que los mandarían a otra parte. Los legados de César se negaban a comprometerse.
– Tendremos que esperar hasta que César regrese -dijo Cicerón-. Una cosa es cierta: mandar al censo por cabezas al otro lado del mar no es algo que se haga en una hora; nadie zarpará antes del regreso de César. -Guardó silencio por un instante-. Tienes que saberlo, Tito, así que mejor ahora. Voy a divorciarme de Publilia. No puedo soportarla a ella ni a su familia un momento más.
Tito Pompeyo Ático miró a su amigo con mordaz compasión. Gran aristócrata de la gens Cecilia, Ático podría haber hecho una ilustre carrera pública, podría haber llegado hasta el consulado, pero su pasión era el comercio, y un senador no podía dedicarse a negocios que guardaran relación directa con la propiedad de la tierra. Discretamente aficionado a los jovencitos, se había ganado el sobrenombre «Ático» por su devoción a Atenas, un lugar donde se aceptaba esa clase de amor; había convertido esa ciudad en su segundo hogar, y limitaba sus actividades en ese terreno a sus estancias allí. Cuatro años mayor que Cicerón, se había casado tarde, con una prima, Cecilia Pilia, y había engendrado a su heredera, su querida hija Cecilia Ática. Sus lazos con Cicerón iban más allá de la amistad, ya que su hermana, Pomponia, estaba casada con Quinto Cicerón. Esa unión, asaz tempestuosa, ponía permanentemente la pareja al borde del divorcio. En conjunto, reflexionó Ático, los dos Cicerones habían contraído matrimonios desdichados; se habían visto obligados a casarse por dinero, con herederas. Lo que ninguno de los dos hermanos había tenido en cuenta era la tendencia de las herederas romanas a controlar su propio dinero, y no había ninguna ley que estipulara la obligación de compartirlo con sus maridos. Lo triste del caso era que las dos mujeres amaban a sus Cicerones; simplemente no sabían cómo demostrarlo, y eran además mujeres austeras que deploraban la tendencia de ellos al derroche.
– Me parece sensato que te divorcies de Publilia -comentó Ático con delicadeza.
– Publilia fue muy desconsiderada con Tulia cuando estaba enferma.
Ático lanzó un suspiro.
– En fin, Marco, es muy difícil ser diez años menor que tu hijastra. Por no hablar de lo complicado que es vivir con una leyenda mayor que tu abuelo.
El pequeño Publio Cornelio Lentulo murió a principios de junio, a los seis meses de vida. Nacido al inicio del octavo mes in utero, había heredado de Dolabela la fuerza suficiente para intentar vivir, pero sus nodrizas encontraban repugnante su cuerpo descarnado y rojizo y no podían amarlo como su madre habría hecho si el amor por el padre no hubiera excluido todos los demás afectos. El niño abandonó la lucha tan plácidamente como Tulia, pasando de una pesadilla a un sueño. Cicerón mezcló sus cenizas con las de la madre y decidió enterrarlos juntos en el santuario… si llegaba a encontrar el trozo de tierra idóneo para su monumento.
Curiosamente, la muerte del niño puso fin al capítulo de Tulia en la mente de Cicerón. Empezó a recobrarse, proceso que se aceleró cuando por fin llegó a sus manos un ejemplar del «Anti-Catón» de César. Aún no se había publicado, pero se sabía que los hermanos Sosio estaban a punto de hacerlo. Cicerón lo encontró malévolo, rencoroso y desagradable. ¿De dónde había sacado César parte de su información? Contenía sabrosas anécdotas sobre el amor no correspondido de Catón por la esposa de Metelo Escipión, Emilia Lepida, fragmentos de la pésima poesía que había escrito después de ser rechazado por ella, extractos de su pleito (jamás entablado) contra Emilia Lepida por incumplimiento de promesa, un evocador relato del momento en que Catón anunció a sus hijos que nunca más se les permitiría ver a su madre. Revelaba incluso los más íntimos secretos de Catón. Como César fue el hombre con quien la primera esposa de Catón cometió adulterio, en el colmo de la indecencia divulgaba los sórdidos detalles de las técnicas amatorias de Catón. ¡César se las iba a pagar!
¡Pero y la prosa! Cicerón, consternado, se preguntó por qué él era incapaz de una prosa la mitad de buena. Y en cuanto al poema de César, Iter, todos lo consideraban una obra maestra, desde Varro hasta Lucio Piso, un gran experto en literatura. No es justo que un hombre tenga tanto talento, así que me alegro de que su odio a Catón lo haya sacado de quicio.
Luego Cicerón tuvo que ponerse del lado de César, una posición no precisamente cómoda, pero que debía adoptar en justicia.
Marco Claudio Marcelo, a quien César había indultado cuando su hermano, Cayo Marcelo el joven, se arrodilló y suplicó, había abandonado Lesbos y viajado a Atenas, y allí fue asesinado en el Pireo. Ciertas personas que no ocultaban su odio hacia César empezaron a difundir en el extranjero el rumor de que César había pagado a los asesinos de Marco Marcelo. Una calumnia que Cicerón no podía pasar por alto, pese a lo mucho que aborrecía a César. A su pesar, anunció públicamente que César no podía tener nada que ver con el asesinato. César era un asesino de la personalidad, prueba de ello su «Anti-Catón», pero no uno que asesinara en miserables callejones oscuros. Cicerón se tomó muchas molestias para desmentir el rumor.