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– La cuestión es si tú harías lo mismo que Poplicola e irías con el cuento a César si te enteraras de que existe una conspiración para asesinarlo.

Se produjo un silencio. Antonio miró fijamente a Trebonio. También Décimo Bruto se volvió hacia él.

– Yo no voy con cuentos a nadie, Trebonio, ni siquiera para denunciar conspiraciones de asesinato.

– Eso suponía -respondió Trebonio-. Sólo quería asegurarme. Décimo golpeó ruidosamente la mesa con la palma de la mano. -Así no vamos a ninguna parte. Sugiero que hablemos de otro tema.

– ¿Qué tema? -preguntó Trebonio.

– En este momento ninguno de nosotros goza de la estima de César por una razón u otra. Este año me ha nombrado pretor, pero sin ningún cometido aceptable. ¿Por qué, pues, no me llevó a la Hispania Ulterior con él? Soy mejor al mando de un ejército que ineptos como Quinto Pedio. Pero César no está contento conmigo. En lugar de darme una palmada en la espalda por sofocar la sublevación de los Bellovaci, me dijo que había sido demasiado severo con ellos. -Torció el gesto. Su tez era tan clara que no parecía tener facciones definidas-. Nos guste o no, dependemos del favor del gran hombre, y tengo motivos para congraciarme con él. Quiero ese consulado aunque sea por su gracia y favor. Tú, Trebonio, mereces un consulado. Y tú, Antonio, tienes mucho que hacer si quieres salir adelante.

– ¿Adónde quieres llegar? -preguntó Antonio con impaciencia.

– Al hecho de que no nos conviene quedarnos aquí en Roma como tres rastreras arpías -dijo Décimo, arrastrando otra vez las palabras-. Tenemos que salirle al encuentro antes de que llegue aquí, cuanto antes mejor. En cuanto esté en Roma, se precipitará sobre él tal avalancha de aduladores que nos será imposible hablar con él. Los tres hemos trabajado con él durante años, y sabe que somos capaces de capitanear una tropa. Se sabe que tiene intención de invadir Partia. Pues bien, tenemos que dirigirnos a él cuanto antes para asegurarnos el cargo de legados superiores en esa campaña. Después de Asia, África e Hispania, tiene docenas de hombres capaces de ponerse al mando de un ejército, desde Calvino hasta Fabio Máximo. En cierta medida nosotros, amici, somos viejas glorias; las Galias quedan ya muy lejos. Así que debemos llegar hasta él y recordarle que somos mejores que Calvino o Fabio Máximo.

Los otros dos escuchaban con interés.

– Yo salí bien parado de la Galia -prosiguió Décimo Bruto-, pero el botín parto me haría tan rico como lo era Pompeyo Magno. Al igual que tú, Antonio, tengo gustos muy caros. Y como asesinar a un pariente es una acción sumamente reprobable, tendremos que buscar otra fuente de ingresos que no sea el testamento de César. No sé qué pensáis hacer vosotros, pero yo salgo mañana a reunirme con César.

– Te acompaño -dijo Antonio al instante.

– Y yo -convino Trebonio, recostándose satisfecho contra el respaldo.

El tema había sido planteado, y la reacción de los parientes de César no era en absoluto insatisfactoria. Trebonio no estaba seguro de cuándo había decidido que César debía morir, porque la idea había surgido de un modo inconsciente, y no tenía nada que ver con nobles intenciones. Se basaba en un odio puro: el odio del hombre que no tiene nada hacia el hombre que lo tiene todo.

5

Cuando Bruto regresó por fin de la Galia Cisalpina, venía de un humor raro, o al menos a su madre se lo parecía. Aunque era evidente que había disfrutado mucho del encargo de César, se lo veía aún más distraído que de costumbre, hasta el punto de que las mordacidades de Servilia caían en saco roto.

De todos los cambios, el más fascinante era el de su pieclass="underline" se le había limpiado de una manera tan espectacular que ya podía apurar el afeitado. Quedaban las cicatrices como único testimonio de la repulsiva enfermedad que lo había atormentado durante casi veinticinco años. Al año siguiente, tanto él como Cayo Casio cumplirían los cuarenta, y ya les correspondía ser candidatos a pretores. Que lo fueran sólo dependía de César.

¡César! César, el indiscutible soberano del mundo, como Lucio Pontio Aquila, el amante de Servilia, le recordaba como mínimo una vez en cada encuentro. Éste había sido nombrado tribuno de la Asamblea de la Plebe, y bullía de impotencia. No podía vetar ninguna ley promulgada por un dictador, y se moría de ganas de encontrar una manera de exteriorizar su odio hacia César y todo aquello que representaba.

En cuanto a Cayo Casio, se dedicaba a pasear su mal humor por Roma; con poco que hacer, y escasas esperanzas de obtener la dichosa pretoría, mataba el tiempo en compañía de Cicerón, Filipo y otros de esa misma clase. Toda Roma estaba sorprendida de que hubiera abjurado de la noche a la mañana del estoicismo, y se hubiera convertido al epicureísmo, sin otro motivo, a juicio de Servilia, que el hecho de que Bruto se lo tomaba tan mal que lo evitaba. ¡Cosa difícil, siendo ambos visitantes tan asiduos de Cicerón!

En consecuencia, Servilia empleaba casi todas sus horas en hacer compañía a la reina Cleopatra, que se consumía de soledad en su mausoleo de mármol. La reina sabía, por supuesto, que Servilia había sido amante de César durante muchos años, pero, lejos de considerar esta circunstancia un riesgo para su amistad, la consideraba un vínculo; y Servilia comprendía su actitud.

– ¿Tú crees que César volverá? -le preguntó Cleopatra un día de finales de mayo.

– Opino igual que Cicerón, que no tiene más remedio -contestó rotundamente Servilia-. Si piensa ir a luchar contra los partos, antes tendrá mucho que solucionar en Roma.

– ¡Cicerón! -exclamó Cleopatra con una mueca-. Creo que nunca he conocido a nadie que se dé tantos aires.

– Tú tampoco le caes bien -dijo Servilia.

– ¡Mamá! -Era Cesarión, llegando al galope en un caballo de madera-. ¡Dice Filomena que no puedo salir!

– Si Filomena dice que no puedes salir, hijo mío, es que no puedes salir -contestó Cleopatra.

– Parece mentira que se parezca tanto a César -dijo Servilla con un nudo en la garganta. ¿Por qué, por qué no he sido yo la madre de su hijo? El mío habría sido romano, y patricio por los cuatro costados.

El niño partió al galope, aceptando la autoridad de su madre con la alegría de siempre.

– Sí, físicamente sí -dijo Cleopatra con una sonrisa tierna-, pero ¿te imaginas a César tan obediente, ni siquiera de pequeño?

– La verdad es que no. Oye, ¿y por qué no puede salir? Hace un día ideal para jugar al sol, y le iría bien la luz del día.

A Cleopatra se le nubló la expresión.

– Otra razón para querer que vuelva su padre. Hace tiempo que los transtiberinos esquivan a mi guardia y merodean con malas intenciones por la zona. Van armados con cuchillos, y se dedican a rajar narices y rebanar orejas. Ya ha habido algunos niños de la edad de Cesarión entre sus víctimas, y unas cuantas criadas mías.

– Pero, Cleopatra, querida, ¿para qué tienes guardia? ¡No encierres al niño! ¡Haz que salga, pero vigilado!

– Entonces querría jugar con los guardias.

– ¿Y qué tendría eso de malo? -preguntó Servilia, sorprendida.

– Que sólo puede jugar con sus iguales.

Servilia apretó los labios.

– Eso, Cleopatra, no lo entiendo ni yo, que vengo de mucho mejor linaje que tú. Pronto aprenderá a reconocer a sus pares, pero de momento le conviene el sol, el aire y el ejercicio.

– Tengo otra solución -dijo Cleopatra, decidida.

– Me muero de ganas de saberla.

– Voy a hacer que rodeen la finca con un muro muy alto.

– Eso no impedirá la entrada de los transtiberinos.

– Sí, sí la impedirá. Y haré que la guardia patrulle palmo a palmo.

Servilia puso los ojos en blanco, pero no insistió. En los meses que llevaba tratando a Cleopatra se había dado cuenta de las grandes diferencias que existían entre las romanas y las orientales. Una cosa era que la reina de Egipto tuviera millones de súbditos, y otra que estuviera dotada de un ápice de sentido común. Nada más conocerla había observado algo que la alivió un poco: César tal vez sintiera algo por Cleopatra, pero no estaba perdidamente enamorado. Conociéndole, lo más probable era que le sedujese la idea de ser padre reconocido de un rey. César se había acostado con varias reinas, pero siempre estaban casadas con otro, mientras que aquélla era toda suya. Cleopatra tenía sus atractivos, naturalmente, y lo que le faltaba de sentido común lo suplía con conocimiento de las leyes y el gobierno; sin embargo, cuanto más la conocía Servilia, menos miedo le tenía a la reina.