La mujer a quien frecuentaba Bruto era el polo opuesto de Cleopatra. A su regreso a Roma, la primera puerta a la que él había llamado había sido la de Porcia, que lo había acogido con toda la felicidad del mundo, aunque sin ofrecerle sus labios ni esos vehementes abrazos que lo levantaban en vilo. Y no por falta de amor, no, ni por dudas; la razón tenía un nombre, y ese nombre era Estatilo.
Estatilo, cuyos planes iniciales eran ir a Placentia a ver a Bruto, había acabado por quedarse en Roma y presentarse en casa de los Bibulos para ofrecer sus servicios al joven Lucio Bibulo. Dado que a éste no se le había ocurrido consultar a su madrastra, de repente Porcia se encontró viviendo en un remedo extraño de la casa de Catón, la de su infancia: relegada a segundo plano por un filósofo que no sólo bebía a todas horas, sino que, ante sus propios ojos, recurría a todas las argucias imaginables para incitar al mismo vicio a su pupilo. ¡Qué injusticia! ¿Por qué ella no había insistido más en que Lucio fuera a Hispania, junto a Cneo Pompeyo? Ya tenía edad para ser contubernalis, pero la muerte de Catón lo había desconsolado tanto que Porcia había tenido reparos en presionarle. La aparición de Estatilo hizo que lo lamentase.
Ésa era, y no otra, la razón de su actitud distante hacia Bruto, a quien devoraba con la vista pero sin olvidar la presencia de Estatilo. -Bruto, querido, se te han quitado todas las impurezas de la piel -dijo, ardiendo en deseos de acariciar su mejilla lisa y bien afeitada. -Yo creo que es por ti -dijo él, con una sonrisa iluminándole los ojos.
– Tu madre debe de estar contenta.
Bruto resopló.
– ¿Mi madre? Está demasiado ocupada con esa extranjera repugnante del otro lado del Tíber.
– ¿Cleopatra? ¿Te refieres a Cleopatra?
– ¿A quién, si no? Prácticamente viven juntas.
– Pues yo habría dicho que Cleopatra era la última persona con quien Servilia querría estar en buenos términos -dijo Porcia, estupefacta.
– Sí, yo también, pero ya ves que nos equivocábamos. Tengo claro que alguna maldad trama, pero no sé cuál. De momento sólo dice que se divierten juntas.
El primer encuentro, pues, quedó en miradas tímidas; caricias visuales, que también fueron el límite de las posteriores entrevistas. A veces sólo Estatilo hacía de carabina. Otras veces lo acompañaba Lucio.
En junio, Bruto consiguió estar con Porcia sin que los oyera nadie, y aunque le costó, fue derecho al grano.
– ¿Quieres casarte conmigo, Porcia? -preguntó.
Ella se encendió de pies a cabeza, convertida en una columna de fuego.
– ¡Sí, sí, sí! -exclamó.
Bruto volvió a casa con la intención de echar a Claudia sin mayores preámbulos. Tenía tantas ganas de divorciarse que ni siquiera se le ocurrió alegar motivos de peso, como la falta de hijos. Se limitó a llamar a Claudia a su presencia, comunicarle el divorcio y mandar que la llevasen en litera a casa de su hermano mayor. Los clamores de Apio Claudio resonaron hasta el otro confín de la ciudad, y éste no dudó en presentarse ante el cruel marido.
– ¡Esto no se hace!
Iba y venía dando gritos por el atrio, demasiado furioso para esperar a que Bruto le hiciera pasar a algún lugar más reservado.
A los pocos segundos apareció Servilia, atraída por el ruido, y Bruto se encontró entre un cuñado furibundo y una madre que lo estaba aún más.
– ¡Esto no se hace! -repitió ella.
Bruto, imbuido repentinamente de valor (ni él mismo supo si por el repentino cambio de su rostro, que se había vuelto respetable, o por su amor a Porcia), les plantó cara con la cabeza erguida y la mirada severa.
– Ya lo he hecho -dijo-, y no se hable más. Mi mujer no me gusta. Nunca me ha gustado.
– ¡Pues entonces devuélvele la dote! -vociferó Apio Claudio Pulcro.
Brutus arqueó las cejas y preguntó:
– ¿Qué dote? Vuestro difunto padre no me dio ninguna dote. ¡Venga, márchate!
Dio media vuelta y se encerró en su estudio.
– ¡Nueve años de matrimonio! -oyó que le decía Apio Claudio a Servilia-. ¡Nueve años de matrimonio! ¡Le llevaré a los tribunales!
Una hora después, oyendo los golpes de Servilia en la puerta del estudio, supo que su madre estaba dispuesta a seguir aporreándola el tiempo que hiciera falta. Más valía zanjar el asunto de una vez por todas, al menos parcialmente. La noticia de sus planes con Porcia podía esperar. Abrió la puerta con gesto decicido y se apartó.
– ¡Idiota! -escupió Servilia con fuego en sus ojos negros-. ¿Por qué lo has hecho? ¡De una mujer tan querida y tan buena persona como Claudia no puedes divorciarte así como así! -Por mí como si la quiere toda Roma. Yo no.
– Así no harás nuevas amistades.
– Ni espero hacerlas, ni me apetece.
– ¡Será la revolución! ¡Bruto, es una Claudia del más alto rango! ¡Y sin dote, además! Al menos concédele algo, para que tenga un mínimo de independencia económica -dijo Servilia, sosegándose un poco. De repente su mirada se volvió perspicaz-. ¿Se puede saber qué planes tienes?
– Poner orden en mi casa -dijo Bruto. -Concédele un poco de dinero.
– Ni un sestercio.
Servilia hizo rechinar los dientes. Bruto, a quien en otros tiempos aquel ruido había reducido a un muñeco tembloroso, lo soportó sin cambio alguno en su expresión.
– Doscientos talentos -dijo Servilia.
– Ni un sestercio, madre.
– ¡Tacaño despreciable! ¿Qué quieres, que te condene toda Roma?
A Bruto se le agotó la paciencia.
– Márchate -dijo.
El resultado fue que Servilia, en su obsesión por silenciar las malas lenguas, envió doscientos talentos a Claudia. También Lentulo Spinter el joven acababa de divorciarse de su mujer en circunstancias escandalosas, pero en comparación con el frío repudio de una esposa tan dulce e intachable por parte de alguien hasta entonces inofensivo como Bruto el escándalo de Lentulo parecía insignificante. En cuanto al propio Bruto, siguió adelante con su vida sin dar importancia a los reproches generales.
Al darse cuenta de que había perdido el ascendiente sobre su hijo, Servilia decidió quedarse al margen, observar y esperar. El tiempo revelaría las intenciones de Bruto, porque algo tramaba. Aparte de curársele la piel, también parecía habérsele curado el espíritu; pero si se engañaba tanto como para creer que su madre no tenía más ases en la manga, pronto recibiría una lección.
¿Qué estaba ocurriendo con su vida? Hasta donde le alcanzaba la memoria, todo eran decepciones.
La suposición de Servilia de que su hijo había salido de Roma al día siguiente y se había refugiado en su villa de Túsculo sólo para evitarla era razonable, pero errónea. Bruto pensaba en otras cosas que en su madre. Durante el viaje de veinticuatro kilómetros, realizado en un cómodo carpentum de alquiler, le ocupaban cuestiones bastante más placenteras; y es que tenía junto a él a su nueva esposa: Porcia.
La ceremonia, oficiada por el gran augur y flamen Quirinalis, se había efectuado en el propio domicilio de Lucio César, con sus libertos por únicos testigos; y, a juzgar por la calma con que el augur había reaccionado a la petición de la pareja, debía de presidir enlaces inesperados a diario. Tras juntarles las manos con su cinta de cuero rojo, y declararles marido y mujer, les condujo a la puerta, donde les despidió con los mejores deseos. Luego, nada más marcharse la feliz pareja, acudió a su escritorio; en Roma no había nadie a quien quisiera transmitir la fascinante noticia, pero sí a su primo Cayo, que estaba viajando desde Hispania a Roma.