– ¡A mí no me hables en ese tono soez, patricia estirada y monstruosa! -exclamó-. ¡Y no te atrevas a tocarme! ¡Ni a mí ni a Bruto!
¡Soy hija de Catón, y no estoy por debajo de nadie! ¡Como vuelvas a tocarme, haré que te arrepientas de haber nacido! ¡Vete a hacer de lameculos de tu reina extranjera, y a nosotros déjanos en paz!
Cuando dejó de hablar, tres criados habían conseguido separarlas. Las dos mujeres se miraban enseñándose los dientes, despeinadas y cubiertas de morados.
– Cunnus! -rugió Servilia.
Bruto se interpuso.
– ¡Madre, Porcia, aquí mando yo, y exijo obediencia! No te corresponde encontrarme esposa, madre. Como ves, ya he elegido una. Si no la tratas con educación, si no le das la bienvenida a mi casa, te echaré. ¡Lo digo en serio! Ya sé que todos los hombres tienen el deber de dar alojamiento a sus madres, pero, si no tratas bien a mi mujer, yo dejaré de hacerlo. Porcia, te pido disculpas por el comportamiento de mi madre. Sólo puedo suplicarte que la perdones. -Se apartó-. ¿Ha quedado todo claro? En ese caso, mis sirvientes os soltarán.
Servilia se quitó de encima a los esclavos que la sujetaban, y preguntó en tono burlón, con las manos en el pelo: -¿Qué, Bruto, ya te ha salido un poco de carácter? -Pues sí, ya lo ves.
– ¿Cómo le has cazado, arpía? -preguntó a Porcia.
– Arpía lo serás tú, Servilia. Bruto y yo -dijo Porcia, acercándose a su esposo- estamos hechos el uno para el otro.
Cogidos de la mano, desafiaron a Servilia con la mirada.
– Te crees que lo tienes todo controlado, ¿eh, Bruto? Pues no -dijo Servilia-. ¡Vas muy desencaminado si esperas que sea amable con la descendiente de una esclava celtíbera y un sucio campesino tusculano! Como me eches, dejaré tu reputación tan por los suelos que se habrá terminado tu carrera: ¡Bruto, el cobarde que se escabullía de la instrucción, y que tiró la espada en Farsalia! ¡El prestamista que mata a viejos de hambre! ¡El que se divorcia de una mujer intachable después de nueve años de casados, y le niega una compensación! ¡César aún me escucha, y sigo teniendo influencia en el Senado! Y tú, gigantona sin seso, ¡tú no vales ni para limpiarle los zapatos a mi hijo!
– ¡Ni tú para lamerle las heces a Catón, serpiente adúltera! -se desgañitó Porcia.
– Ave, Ave, ave! -dijo en la puerta (que estaba abierta) una voz alegre; y entró tan campante Cicerón, con los ojos brillantes, observando por turno a todos los actores de aquella deliciosa obra de teatro.
Bruto reaccionó muy bien: sonrió de oreja a oreja y, apartándose de su mujer y de su madre, fue a darle a Cicerón un apretón más que cordial.
– ¡Querido Cicerón, cuánto me alegro! -dijo-. No podrías ser más oportuno. Necesitaba tu ayuda para unos asuntillos. He empezado el epítome de esa historia de Roma tan rara que escribió Fanio, y según Estratón de Epiro es un ejercicio inútil…
Los dos hombres fueron a encerrarse en el estudio y dejó de oírse la voz de Bruto.
– ¡Tú no llegarás a vieja, Porcia! -bramó Servilia.
– ¡No te tengo miedo! -contestó Porcia a gritos-. ¡Lo tuyo es puro farol!
– ¡De eso nada! He sobrevivido en casa de los Livios Drusos sin nadie que me protegiera ni me tendiera la mano, cosa que no podía decir tu padre: él tenía a Cepio, nuestro hermano. ¡Mira, Porcia, mi madre hizo de puta con tu abuelo, o sea, que no te me pongas moralista! Al menos mi adulterio fue con un hombre que por su sangre puede ser rey de Roma, que es algo que no puede decirse en ningún caso del monigote de Catón. Más te vale no hacer planes de fundar una familia, guapa, porque los críos que pueda tener Bruto de ti no vivirán ni para que los desteten.
– ¡Amenazas vanas! ¡Eres más hueca que una caña, Servilia!
– En realidad no quería hablarte de Fanio -dijo Bruto, mientras las voces de las dos mujeres resonaban del otro lado de la puerta.
– Lo sospechaba -dijo Cicerón, todo oídos-. Ah, felicidades por la boda.
– ¡Cómo corren las noticias!
– Una noticia así es más veloz que el rayo, Bruto. Me he enterado esta mañana, por Dolabela.
– ¿Dolabela? ¿No estaba con César?
– Estaba, pero ahora que ya tiene lo que quería ha vuelto para hacer las paces con sus acreedores.
– ¿Qué quería? -preguntó Bruto.
– El consulado, y una buena provincia. César le ha prometido que el año que viene será cónsul, y que después de eso se irá a Siria -dijo Cicerón. Suspiró-. Por mucha voluntad que le ponga, no consigo que Dolabela me caiga mal, ni siquiera ahora que se niega a pagar la dote de Tulia. Dice que el hecho de que esté muerta anula cualquier pacto, y mal que me pese creo que tiene razón.
– Un poder como el de prometer consulados no debería tenerlo ningún romano-dijo Bruto, crispado.
– Completamente de acuerdo. ¿De qué querías hablar?
– De un tema que ya te había mencionado: considero conveniente ir al encuentro de César antes de que llegue a Roma.
– ¡Hazme caso y recapacita, Bruto! -exclamó Cicerón-. Ahora mismo es tal la muchedumbre que sale de Roma para recibir al Gran Hombre, que se han levantado enormes nubes de polvo. No te rebajes a seguir al rebaño.
– Creo que es mi obligación. Y la de Casio. Pero ¿qué le digo, Cicerón? ¿Cómo puedo descubrir sus planes?
Cicerón pareció dubitativo.
– A mí no tiene sentido preguntármelo, Bruto. No pienso unirme al rebaño. Yo me quedo aquí.
– Mis planes -dijo Bruto- son hablar de ti y de mí; que César tenga claro que lo he discutido todo contigo, y que pensamos igual.
– ¡No, no, no! -exclamó Cicerón, horrorizado-. ¡Rotundamente no! Mi nombre no beneficiaría en nada a vuestra causa, y menos desde lo del Catón. Si le indignó bastante como para escribir una réplica tan imprudente, está claro que para César Rex seré persona non grata. -Se animó-. He empezado a llamarle Rex. Porque actúa como un rey, ¿no? Cayo Julio César Rex; suena de maravilla.
– Lamento tu postura, Cicerón, pero no me disuadirá de ir a ver a César a Placentia-dijo Bruto.
– Tú tienes que hacer lo que te parezca más conveniente. -Cicerón se levantó-. Ya es hora de que vuelva a casa. Llevo unos días recibiendo tantas visitas… Creo que no hay nadie que no pase a saludarme. -Al acercarse a la puerta, le alivió no oír nada al otro lado-. Ah, ¿te he comentado que hace poco recibí una carta muy extraña? Es de alguien que pretende ser nieto de Cayo Mario, y podría decirse que me pide consejo. Le he contestado que creía que siendo pariente de César no necesitaría mi modesta ayuda. -Al llegar a la puerta de la casa, añadió-: Mi querido hijo está en Atenas (sí, claro, ya lo sabes), y quiere comprarse un carruaje. ¡Parece mentira! ¡Un carruaje! ¿Para qué tenemos pies, querido Bruto, si no es para desplazarnos, sobre todo a esa edad? -Emitió una risa aguda-. Le he escrito una carta diciéndole que le pida el dinero a su madre. ¡Que lo intente, que lo intente!
Nada más marcharse Cicerón, apareció Servilia.
– Vuelvo a Roma -se limitó a decir.
– Buenísima idea, madre. Espero que para cuando Porcia llegue a su nueva casa ya estéis un poco reconciliadas. -Le dio la mano para que subiera al carpentum-. Te aviso de que lo digo en serio. Si me ofendes, te echaré.
– Ofenderte lo haré de todos modos, pero tú a mí no me echas. El día que lo intentes, comprobarás el control que sigo teniendo sobre tu fortuna. El único hombre que me ha vencido es César, y tú, hijo mío, no vales ni lo que su dedo meñique.
Bruto fue a buscar a Porcia algo trastornado, pero contento de que ya hubieran pasado las dos peores visitas que pudieran recibir durante el día. ¿Mi madre dueña de mi fortuna? ¿En qué sentido? ¿A través de quién? ¿De mi banquero, Flavio Hemicilo? No. ¿De mi director, Matinio? Tampoco. Sólo puede ser mi director Escaptio, que siempre ha sido un títere en sus manos.