No estaba bien que Alejandría contase con una biblioteca de casi un millón de textos, mientras que Roma no tenía ninguna. ¡Varrón! El encargo perfecto para Marco Terencio Varrón: conseguir varias copias de todos los libros existentes, y reunirlas bajo el mismo techo.
El problema que no compartió con sus secretarios por medio del dictado fue el destino de Roma en su ausencia, motivo de angustia desde que la situación en Siria le había hecho comprender que no había más remedio que eliminar el reino de los partos, o el ámbito del Mare Nostrum dejaría de ser occidental. Saberse el único capaz de invadir y aplastar al imperio parto no era una muestra de vanidad desmesurada, sino de conocimiento de sí mismo, de su propia voluntad, capacidades y genio. Nada tenía que ver la verdad con la vanidad.
Si César no conquistaba a los partos, no sólo seguirían siendo una amenaza, sino que a la larga invadirían el mundo occidental. El don que les faltaba a la mayoría de los políticos, a César le sobraba: el de la previsión. Veía desplegarse en su cerebro los siglos por venir, y pensaba más en ellos que en los que ya estaban consignados en los libros de historia. Los partos eran un conjunto belicoso y dispar de pueblos remotamente emparentados, unidos bajo un rey y un gobierno central. En el fondo se parecían a Roma, con la diferencia de que en Roma no había rey. Si llegaba a darse el caso de que un solo hombre, con una idea clara, uniese a los pueblos de aquel vasto imperio y los dotase de una sola manera de pensar, no habría ninguna civilización que se les resistiese. El único que podía impedirlo era César; nadie más que él tenía la amplitud de miras necesaria para darse cuenta de lo que se avecinaba.
Lo malo era que Roma no constituía un todo indisociable; de ahí que en ausencia de César se convirtiese en un problema mayúsculo. César había decidido que la única manera de impedir la desintegración de lo que había conseguido hasta la fecha era dotar al corazón del universo de un sistema de controles y equilibrios encaminado a evitar que cualquier otro hombre hiciera lo mismo que él. Ya lo había intentado Sila promulgando una nueva constitución, pero sólo había durado quince años porque no era nueva, sino una tentativa de volver al pasado.
La solución de César era más compleja. En ese momento, la res publica estaba en condiciones muy superiores a las del inicio de su primera dictadura. Las leyes se estaban asentando, y eran buenas, aunque no se lo parecieran a algunos de la Primera Clase. El comercio se había recuperado tanto que ya no había agitadores que pidiesen la cancelación general de las deudas. La solución de César a los problemas financieros de la capital había beneficiado tanto a los deudores como a los acreedores, y unos y otros la aclamaban. Por primera vez en varias décadas funcionaban los tribunales, no había pegas con los jurados, resultaba más difícil defenderlos privilegios, las asambleas empezaban a entender su papel en el gobierno de Roma, y existían menos posibilidades de que el Senado quedara bajo el dominio de un grupo reducido, como el de los boni.
En realidad, el problema no radicaba en ningún grupo en especial. Si algún fallo había cometido César, era el de haberlo realizado todo prácticamente en solitario, como autócrata. Porque había otras personas que se consideraban capaces de lo mismo. La larga duración de la dictadura de César había generado un cambio de ambiente; él lo sabía, pero no encontraba la manera de solucionarlo, como no fuera siendo dictador hasta la muerte y esperando que Roma, para entonces, hubiera aprendido bastante como para no retroceder, sino seguir progresando. ¿Hacia dónde? Eso no lo sabía. Lo único que estaba en su mano era demostrar el acierto de los cambios que había introducido, y confiar en que sus sucesores apreciaran su valía con la claridad necesaria para conservarlos.
Nada de ello solucionaba el problema de sus cinco años de ausencia. Al principio le había parecido que lo más conveniente era llevarse a Marco Antonio, que por naturaleza era propenso a los abusos de poder; Antonio, sin embargo, había creado problemas con las legiones, y había pretendido controlar el ejército para convertirse en el primer hombre de Roma, cuando no en su dictador. Llevarse a Antonio, por lo tanto, significaba arriesgarse a importantes motines en cuanto surgiesen las primeras dificultades. Podía repetirse lo de la expedición de Lúculo y Clodio al este de Anatolia. No, a Antonio mejor dejarle en Roma. Para eso había que nombrarle cónsul, y a continuación darle un mando proconsular para alejarlo de Italia en calidad de general de un ejército propio, a fin de distraerle de los asuntos italianos.
Pero ¿cómo controlar al cónsul Antonio? Lo primero que debía hacer César era seguir siendo dictador, y, en consecuencia, dejar todas las fuerzas que quedasen en Italia bajo el control de un Maestro del Caballo. Que nunca volvería a ser el propio Marco Antonio. Un excelente candidato era Lepido; la pega era que insistiría en asumir el gobierno de alguna provincia, y tendría que sustituirle Calvino como Maestro del Caballo. Lo segundo era cerciorarse de que Antonio fuera el cónsul inferior. El superior sería el propio César, hasta partir para Oriente. Después, el cónsul superior tendría que ser una persona hostil a Antonio, alguien que tuviera mucho gusto en controlarle hasta verle partir a Macedonia como procónsul. En el fondo sólo había un candidato: Publio Cornelio Dolabela.
Por otro lado, ni en Italia ni en la Galia Cisalpina habría guarniciones compuestas por legiones de veteranos. A la hora de dotar militarmente a las provincias, César recurriría a las legiones profesionales que no se llevase con él, y dentro del semicírculo de los Alpes limitaría la actividad militar al reclutamiento y la instrucción. Sexto Pompeyo estaba en Hispania, luchando contra Carrinas, y no se rendiría fácilmente. Por sí solo no representaba una gran amenaza, pero aun así era necesario dotar a las Hispanias y las Galias de gobernadores enérgicos; hombres de su plena confianza, que no albergasen simpatías hacia Marco Antonio.
El tiempo pasaba tan deprisa que llegó a su villa de las afueras de Lanuvium sin haber agotado sus reflexiones. Quedaba una tarea pendiente, que no se atrevía a seguir postergando: la de hacer testamento. Por eso había decidido no pasar por Roma, que sólo quedaba a treinta kilómetros. Para solucionar aquel asunto necesitaba estar a solas.
Los Julios tenían propiedades en el Lacio desde siempre, pero aquella villa se la había comprado a Fulvia, cuando ella vendía sus tierras para pagar las deudas de Antonio. El primer dueño, Publio Clodio, había sido asesinado al volver de inspeccionar las obras, y por eso Fulvia, su heredera, había tomado tal odio a la mansión que no había querido terminarla; conque así había quedado, un prodigio arquitectónico cojo, hasta que lo había completado el nuevo dueño, César. La villa estaba situada en los montes Albanos, a cierta distancia de Lanuvium y muy apartada de la Via Apia. Como la habían construido al borde de un precipicio, sobre pilares de treinta metros, desde la galería el panorama era impresionante: un primer plano montuoso, en segundo término la llanura del Lacio, y como trasfondo soñador el mar Toscano. Cada vez que el Etna o las islas Vulcanias entraban en erupción y escupían humo (lo cual sucedía a menudo), las puestas de sol eran maravillosas. Varrón, experto en fenómenos naturales, insistía en que se estaba fraguando un terrible cataclismo en la cadena de volcanes de Italia, basándose en que los Campos Ygneos de detrás de Puteoli y Neapolis estaban mostrando una creciente actividad.
¿Quién, quién, quién? ¿Quién sería el heredero de César?
A Antonio, cosa extraña, César lo descartó definitivamente al reconocer su silueta en el patio del palacio del gobernador de Narbo. Aunque su cuerpo -de voluminoso tórax, hombros y brazos descomunales, barriga lisa y muslos y pantorrillas musculosos- nunca sufrió el menor deterioro a pesar de los excesos físicos que él cometía a conciencia, al verle bajo el sol del atardecer César había observado indicios claros y terribles de degradación interna, erosión moral y empobrecimiento emocional. Los estragos de la buena vida, sin duda, pero también la angustia de las deudas, y el exceso de una ambición brutal sumado a la falta de sentido común.