– ¡Eso no sucederá! -respondió Antonio entre dientes.
Casio escuchaba con atención, sin casarse con nadie, y menos con Antonio, a quien consideraba una bestia. César, como mínimo, tenía un poco de sensatez. Dolabela era venal y podía comportarse como un idiota, pero había madurado un poco durante el año anterior, y no se iba a 'arredrar ante Antonio, eso por lo menos estaba claro. Tal vez Roma sobreviviera. Además, Casio estaba encantado: le habían comunicado que le iban a admitir en el Colegio de Augures, un honor significativo.
Bruto escuchaba con esperanzas crecientes. Como relató más adelante a Cicerón, las disposiciones de César le hicieron creer que al final César intentaría restaurar la República.
– ¡Bruto, a veces dices unas tonterías! -exclamó Cicerón-. El hecho de que César acabe de hacerte pretor urbano ya te hace imaginar que ese hombre es una maravilla. Pues no. ¡Es una calamidad!
Fue después de esa reunión del Senado cuando empezaron a multiplicarse de repente los honores otorgados a César. Muchos de ellos ya habían sido debatidos, e incluso aprobados, en consulta senatorial, sin embargo nunca se llevaron a la práctica. Pero a la sazón la situación dio un vuelco: la estatua de César que se iba a colocar en el templo de Quirino llevaría una placa con la leyenda AL DIOS INCONQUISTABLE. Antonio dijo, en una reunión del Senado a la que César no asistió, que la frase hacía referencia a Quirino, no a César. En esa misma sesión se concedió una dotación para una estatua de marfil de César conduciendo un carro dorado, que saldría en todos los desfiles oficiales; otra estatua de César se alzaría entre las de los reyes de Roma y el fundador de la República, Lucio Junio Bruto. El palacio de César en el Quirinal, con su frontón, también recibió una subvención monetaria.
Con la invasión de Partia pendiente, César en realidad no tenía tiempo para asistir a muchas reuniones del Senado y, a principios de diciembre, se vio obligado a pasar un tiempo en Campania para resolver el reparto de tierras entre los veteranos. Antonio y Trebonio aprovecharon la oportunidad, aunque fueron lo bastante astutos para delegar en otros hombres, menos encumbrados que ellos, la propuesta de sus decretos. En el futuro, el mes de quinctilis se llamaría mes de julio Se crearía una tribu de treinta y seis ciudadanos romanos, la Tribu Julia. Se fundaría un nuevo colegio de luperci, el de los Lupercos Julios, y su prefecto sería Marco Antonio, que ya era lupercus. Se levantaría un templo a la Clemencia de César, y Marco Antonio sería flamen del nuevo culto a la Clemencia de César. César se sentaría en una silla curul de oro y se ceñiría una corona de oro con piedras preciosas durante los juegos. Su estatua de marfil saldría en el desfile de los dioses, sobre una tribuna idéntica a la de éstos. Todos esos decretos se inscribirían en letras de oro sobre placas de plata pura, para mostrar que César había llenado las arcas del tesoro hasta arriba.
– ¡Protesto! -exclamó Casio cuando Trebonio, nuevo cónsul portador de las fasces, planteó una votación de la Cámara sobre las propuestas-. Lo digo y lo repito: ¡Protesto! César no es un dios, pero os comportáis como si lo fuera. ¿Es que se ha marchado a Campania para no estar presente y no tener que avergonzarse y verse obligado a protestar para guardar las formas? Desde luego, a mí me lo parece. Cónsul, anula esas mociones. Son sacrílegas.
– Si te opones, Cayo Casio, levántate y colócate a la izquierda del estrado curul -fue la respuesta de Trebonio.
Furioso, Casio se dirigió a la zona izquierda, en general la más propensa a perder cuando había votaciones: era la de la mala suerte. Y aquel día lo fue. Sólo un puñado de hombres, entre ellos Casio, Bruto, Lucio César, Lucio Piso, Calvino y Filipo, se situaron a la izquierda. Casi la totalidad de la Cámara, con Antonio a la cabeza, se colocó a la derecha.
– No creo que el precio de mi cargo de pretor lleve aparejado el tener que soportar esos honores divinos -dijo Casio a Bruto, Porcia y Tertula después de la cena.
– ¡Ni yo! -declaró Porcia en tono solemne.
– Casio, dale a César algo de tiempo, por favor -rogó Bruto-. No creo que haya sido él quien instigara esos honores, la verdad. Creo que se va a quedar asombrado.
– Son una vergüenza -dijo Tertula, que oscilaba permanentemente entre el placer de saberse hija de César y la tristeza de que no la hubiera reconocido como tal, ni siquiera de manera oficiosa.
– ¡Claro que los están proponiendo a instancias de César! -exclamó Porcia, con una exasperada mirada a Bruto.
– No, amada mía, te equivocas -insistió Bruto-. Los han propuesto hombres que intentan sacar provecho u obtener favores, y los ha aprobado una Cámara que probablemente cree que él los ha pedido. Pero hay dos cosas muy significativas: una, Marco Antonio está metido hasta las cejas en todo lo que está pasando, y dos, que los ponentes han esperado a que César no estuviera presente.
Pero transcurrió cierto tiempo hasta que César se enteró de los nuevos honores, por una razón muy sencilla: tenía tanto trabajo que no leía las actas de las reuniones del Senado celebradas en su ausencia. De todos modos, irritaba a Cleopatra porque se ponía a leer durante sus deslumbrantes recepciones, sin apenas comer, de tan atareado que estaba.
– ¡Intentas hacer demasiado! -le reprochó ella un día-. Hapd'efan'e dice que has dejado de tomarte el jarabe desde que no es de jugo de frutas. César, aunque no te guste, tienes que tomártelo. ¿Quieres desmayarte en público?
– No pasará nada -contestó él, ausente y con la vista fija en un papel.
Ella se lo arrebató de las manos y le puso delante de las narices un vaso lleno.
– ¡Bebe! -ordenó.
El amo del mundo obedeció dócilmente, pero después insistió en regresar a sus papeles. Sólo levantó la cabeza cuando Marco Tigelio Hermógenes inició una serie de arias que había compuesto con letras de Safo, acompañándose a la lira.
– La música es una de las pocas cosas que logran distraer su atención del trabajo -susurró Cleopatra a Lucio César. Lucio le apretó la mano.
– Por lo menos hay algo que lo consigue.
Los honores prosiguieron. El hermano menor de Marco Antonio, Lucio, se hizo tribuno de la plebe el día décimo de diciembre, y se distinguió proponiendo a la Asamblea de la Plebe que concediera a César el derecho de recomendar a la mitad de los candidatos en cada elección, excepto en las de los cónsules, y el derecho a nombrar a todos los magistrados, cónsules incluidos, excepto mientras se encontraba en Oriente. La moción se formalizó al primer contio, lo cual era inconstitucional, pero fue sancionada por el cónsul Trebonio.
– Para César nada es inconstitucional -dijo Trebonio. Tal manifestación, pronunciada por un partidario de César tan firme, sólo fue considerada un poco peculiar por parte de algunos hombres como Cicerón, que fue informado más tarde.
A mediados de diciembre, César nombró a los cónsules para un segundo año: Aulo Hirtio y Cayo Vibio Pansa, y para el tercero: Décimo junio Bruto y Lucio Munacio Planco. Ninguno de ellos apoyaría a Antonio.
Después el Senado nombró a César dictador por cuarta vez, aunque su tercer mandato todavía no había concluido.
Al parecer, el tribuno de la plebe Lucio Casio tenía pocos conocimientos legales; organizó un plebiscito ante la Asamblea de la Plebe que permitiría a César nombrar a los nuevos patricios. Algo bastante ilícito, puesto que el patriciado no tenía absolutamente nada que ver con la plebe. César nombró a un nuevo patricio, y sólo a uno, su sobrino nieto Cayo Octavio, que estaba en pleno ajetreo de preparativos para acompañarle al extranjero como contubernalis. Sería ya patricio, pero no le habían ascendido de rango militar, como le comunicó Filipo con cierta mordacidad. Octavio aceptó la reprimenda con ecuanimidad, más preocupado por disuadir a su madre de cargarlo de comodidades y lujos que él consideraba superfluos.