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El primero de enero los nuevos cónsules y pretores tomaron posesión de sus cargos y todo fue bien. La observación de la noche en busca de augurios no reveló nada reseñable, los bueyes blancos para el sacrificio llegaron al cuchillo adecuadamente drogados y la fiesta celebrada en el templo de Júpiter óptimo Máximo en lo alto del Capitolio fue magnífica. Marco Antonio, en sus funciones de cónsul inferior, se paseaba pavoneándose y dándose importancia, y se las arregló para ignorar a Dolabela, que sonreía con sorna en segundo plano, porque sería cónsul superior cuando César se fuera a Oriente.

Una de las responsabilidades del cónsul superior el día de Año Nuevo era establecer la fecha del festival latino, la fiesta de Júpiter Lacial que se celebraba en el monte Albano. Solía celebrarse en marzo, justo antes del inicio de la temporada de campañas, pero César quería presidirla y anunció que ese año se celebraría durante las nonas de enero.

Los Julios eran los sacerdotes hereditarios de Alba Longa, una ciudad mucho más antigua que la fundación de Roma; cuando el cónsul superior era un julio, como ese año, podía lucir las galas reales de rey de Alba Longa para celebrar el festival latino. Desde luego, no había existido rey en Alba Longa desde que la naciente Roma había arrasado totalmente la ciudad, que no llegó a reconstruirse. Pero fue fundada por Iulo, el hijo de Eneas, y los Julios, sus descendientes directos, que fueron sus reyes, eran ahora también sus grandes sacerdotes.

Cuando César recibió las vestiduras del rey de Alba Longa y abrió el perfumado baúl de cedro para examinar las túnicas, las encontró en perfectas condiciones. La última ocasión en que se habían lucido había sido quince años atrás, cuando él fue cónsul por primera vez. Como era muy alto, se había visto obligado a encargar un nuevo par de botas altas, de color escarlata brillante. Ahora parecían un poco deformadas. Mejor que me las pruebe primero, pensó, y eso hizo. Mientras daba unos pasos con ellas puestas, advirtió que el dolor que había estado sintiendo en las pantorrillas durante algún tiempo desaparecía como por arte de magia. Se dirigió en busca de Hapd'efan'e.

– ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? -dijo el médico-sacerdote con voz apesadumbrada.

– ¿Ocurrido el qué? -preguntó César.

– César, tienes venas varicosas, y las botas romanas son demasiado cortas para dar a tus vasos sanguíneos distendidos el soporte adecuado. Estas botas te sujetan bien hasta la rodilla. Por eso han aliviado tu dolor en las piernas. Deberías usar botas altas.

– Edepol! -exclamó César, y se rió-. Voy a llamar a mi zapatero enseguida, pero ya que mis familiares son sacerdotes de Alba Longa, no hay razón alguna para que yo no calce estas botas hasta que me hagan dos pares de color marrón. ¡Te felicito, Hapd'efan'e!

César fue a sentarse en la tribuna, donde estaba negociando las quejas relativas al fiscus.

El cónsul inferior Marco Antonio, el ex cónsul inferior Trebonio, el ex pretor Lucio Tilio Cimbro, el ex pretor Décimo Bruto y veinte senadores pedarii cuidadosamente elegidos entraron en solemne procesión a verle. Seis de los hombres de rango inferior llevaban una placa brillante de plata cada uno, del tamaño de un folio. Irritado por la interrupción, César ya abría la boca para echarles cuando Antonio se le adelantó, e hincó una rodilla en tierra con reverencia.

– César -declamó-, como tu Senado ha decretado, venimos a presentarte seis nuevos honores, grabados en oro sobre plata.

La multitud presente jaleó su anuncio.

Décimo Turulio, el nuevo cuestor, dio un paso al frente y le presentó su placa, rodilla en tierra: el mes de julio.

Cecilio Metelo presentó la nueva tribu, Julia.

Cecilio Buciolano presentó a los Lupercos Julios.

Marco Rubrio Riga presentó la Clemencia de César.

Casio Parmensis presentó la silla curul de oro y la corona.

Petronio presentó la estatua de marfil para el desfile de los dioses.

A lo largo de toda la ceremonia, a la que se fueron agregando más testigos, César permaneció inmóvil, como tallado en piedra, tan confuso que no podía hablar ni moverse; todavía seguía boquiabierto. Al final, cuando le hubieron presentado las seis placas y todo el grupo permaneció alrededor, expectante, con sus rostros reluciendo de orgullo, César cerró la boca. Pero por más que lo intentó, no logró ponerse en pie a causa de la debilidad y los vértigos que lo aquejaban.

– No puedo aceptar todo esto -dijo-; son honores que no se deben otorgar a los hombres. Lleváoslos, hacedlos fundir y devolved el metal a donde debe estar: el Erario.

Los miembros de la delegación se levantaron, ofendidos.

– ¡Esto es un insulto! -exclamó Turulio.

César no le hizo caso y se volvió hacia Antonio, que parecía tan indignado como los demás.

– Marco Antonio, deberías tener un poco más de conocimiento. Como cónsul con las fasces, voy a convocar una reunión del Senado en la Curia Hostilia dentro de una hora.

Hizo un ademán al esclavo que le llevaba el jarabe, cogió la taza y se lo bebió.

La nueva Curia Hostilia tenía un interior mucho menos pretencioso que la Curia de Pompeyo en el Campo de Marte, pero era del gusto más exquisito, según admitió Cicerón con una chispa de pesar por no disponer allí de un asiento. Sencilla, con las gradas y el estrado curul de mármol blanco, las paredes de escayola pintadas de blanco, con algunas guirnaldas decorativas y el suelo de losetas de mármol blancas y negras; el techo, como el de la antigua Curia, estaba formado por vigas de cedro, por entre las cuales se veían las tejas de arcilla. Era una réplica exacta de la antigua Curia Hostilia, y por tanto nadie protestó por que se le otorgara el mismo nombre.

Al haber sido convocada la sesión con tan poca antelación, la Cámara no estaba llena, pero cuando entró César detrás de sus veinticuatro lictores, contó un cómodo quórum. Como era día de juicios, estaban allí todos los pretores; la mayoría de los tribunos de la plebe; unos cuantos cuestores junto a ese gusano de Turulio; doscientos diputados; Dolabela, Calvino, Lepido, Lucio César, Torcuato, Piso. Era evidente que había corrido la voz de que César había rechazado las placas de plata, porque cuando entró, los murmullos arreciaron en lugar de disminuir. Me estoy haciendo viejo, pensó: ya ni me he enfurecido por esto, sólo me siento muy cansado. Están acabando conmigo.

César distinguió al nuevo pontífice, Bruto, encargándole que dirigiera las oraciones, y al nuevo augur Casio le encomendó que hiciera los auspicios. Después se dirigió al frente del estrado curul y permaneció en pie con su corona civica mientras la Cámara aplaudía. Esperó a que aplaudieran uno por uno a sus tres senadores ex centuriones y después inició su discurso.

– Honorable cónsul inferior, cónsules, pretores, ediles, tribunos de la plebe y padres conscriptos del Senado, os he convocado para informaros de que esos honores que insistís en otorgarme deben cesar de inmediato. Está bien que el dictador de Roma reciba ciertos honores, pero únicamente los honores apropiados para un hombre. ¡Un hombre! Un miembro corriente de la gens humana, no un dios ni un rey. Hoy algunos de vosotros me habéis presentado unos honores que infringen nuestro mos maiorum y a nivel público me parecen de extremado mal gusto. Nuestras leyes están grabadas en bronce, no en plata, y de bronce deberán ser todas las leyes. Las vuestras eran de plata con inscripciones de oro, dos metales preciosos que tienen otros usos mucho más adecuados que las placas de leyes. He ordenado que las destruyan y que el metal sea devuelto al Erario.