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– Dolabela estará ahí y con él se puede negociar -dijo Décimo Bruto-. Antonio es un ambicioso desaforado. El mayordomo de Décimo Bruto llamó a la puerta del estudio.

– Domine, Cayo Casio desea verte.

Los dos hombres cruzaron una mirada de incomodidad.

– Que pase, Boco.

Casio entró con ciertas vacilaciones, lo cual era muy extraño, pues por lo general era cualquier cosa menos vacilante.

– ¿No os estaré molestando? -preguntó, como si se hubiera olido algo.

– No, no -contestó Décimo Bruto, acercando otra silla-. ¿Un poco de vino? ¿Algo de comer?

Casio se derrumbó ruidosamente en el asiento, entrelazó las manos y se las retorció.

– No, gracias, estoy bien.

Se produjo un silencio difícil de romper. Finalmente fue Casio quien tomó la palabra.

– ¿Cuál es vuestra opinión de nuestro dictador vitalicio? -preguntó.

– Que nos hemos metido en un buen problema -dijo Trebonio.

– Que no volveremos a ser libres -dijo Décimo Bruto.

– Pienso exactamente lo mismo, igual que Marco Bruto, aunque él cree que no se puede hacer nada.

– ¿Y tú, Casio, crees que sí? -preguntó Trebonio.

– ¡Si pudiera, le mataría con mis propias manos! -exclamó Casio. Levantó los ojos de color ambarino hacia la cara de Trebonio y algo vio en sus rasgos planos, porque contuvo el aliento-. Sí, mataría a ese obstáculo para nuestros propósitos.

– ¿Y cómo le matarías? -inquirió Décimo Bruto, fingiendo perplejidad.

– Pues… no sé, no sé… -tartamudeó Casio-. Se me acaba de ocurrir, ¿sabéis…? Hasta que le votamos como dictador de por vida, supongo que aceptaba la idea de soportarlo unos años, pero es indestructible. Seguirá asistiendo a las reuniones del Senado a los noventa años. Tiene una salud admirable y nunca se debilitarán sus facultades mentales.

Mientras hablaba, Casio iba elevando la voz. Los ojos claros de los otros dos, que lo miraban fijamente, delataban la afinidad de sus posturas. Comprendió que se hallaba entre amigos y se relajó visiblemente.

– ¿Soy yo el único?

– En absoluto -repuso Trebonio-. En realidad, oye lo que te digo: únete al círculo.

– ¿Qué círculo?

– El Círculo de Asesinos de César. Lo llamamos así porque si se hace pública su existencia, siempre podremos aducir que es un nombre que hemos puesto en broma a un grupo de hombres que no aprueban a César y que se han unido para acabar con él políticamente -explicó Trebonio-. Hasta ahora somos veintiuno. ¿Te interesa ingresar?

Casio tomó la decisión con la misma celeridad con la que, en la reunión a orillas del río Bilechas, optó por abandonar a Marco Craso a su destino e irse al galope a Siria.

– Contad conmigo -dijo. Se recostó en su asiento-. Y ahora sí aceptaré un poco de vino.

Sin más reticencias, los dos fundadores empezaron a informar a Casio acerca del círculo, su duración, sus objetivos, las razones por las cuales habían decidido matar al Caballo de Octubre. Casio les escuchó con suma atención hasta que supo los nombres de los demás miembros.

– Gente de poca monta-dijo, inexpresivo.

– Tienes razón -repuso Décimo-, pero nos da una baza importante: el número. Podría ser una alianza política, por ejemplo, nunca hubo muchos boni. Al menos son todos senadores y somos demasiados para dar la imagen de una conspiración a la sombra. «Conspiración» es la única palabra que no deseamos que guarde relación con nuestro círculo.

– Tu participación es esencial, Casio -continuó Trebonio-, y nos interesaba contar con ella, porque tú sí tienes influencia. Pero aun contigo, Casio, y con el patricio Sulpicio Galba, quizá no sea suficiente para darle al acto el… el heroísmo que debe tener. Quiero decir que en realidad somos tiranicidas, no asesinos. Y eso es lo que debemos parecer cuando lo hayamos llevado a cabo. Tenemos que ser capaces de ir a la rostra y declarar ante el pueblo de Roma que hemos librado a nuestra amada tierra de la maldición de la tiranía, que no tenemos de qué disculparnos y que no esperamos represalias. Los hombres que liberan a su país de un tirano deberían ser ensalzados. Roma ya se ha deshecho de sus tiranos antes, y los hombres que llevaron a cabo tal hazaña han pasado a la historia como grandes benefactores. Como Bruto, que desterró al último rey y ejecutó a sus propios hijos cuando éstos intentaron restaurar la monarquía. O Servilio Ahala, que mató a Espurio Melio cuando intentó coronarse rey de Roma…

– ¡Bruto! ¡Bruto! -le interrumpió Casio-. Ahora que Catón ha muerto, necesitamos a Bruto en el círculo. El descendiente directo del primer Bruto y heredero por línea materna de Servilio Ahala. Si logramos persuadir a Bruto de que se sume a nosotros, estaremos seguros: nadie se atrevería a perseguirnos.

Décimo Bruto se quedó rígido; sus ojos disparaban dardos helados.

– Yo también soy descendiente directo del primer Bruto… ¿Crees que no lo habíamos pensado?

– Sí, pero tú no estás emparentado con Servilio Ahala -dijo Trebonio-. Marco Bruto te supera en categoría, Décimo, y es inútil enfadarse por eso. Es el hombre más rico de Roma, su influencia es colosal, es de la estirpe de los Bruto y patricio Servilio… ¡Casio, tenemos que convencerle! Si contamos con dos Bruto, no podemos fallar.

– De acuerdo, lo comprendo -reconoció Décimo, más tranquilo-. ¿Tú qué crees, Casio? ¿Hay alguna posibilidad? Admito que no le conozco bien, aunque lo que sé de él indica que nunca sería partidario de un tiranicidio. Es tan dócil, tan acomodaticio, tan anodino…

– Estás en lo cierto, es eso y más aun -intervino Casio con tristeza-. Su madre lo manipula… -Hizo una pausa y después se animó-: Lo manipulaba hasta que… hasta que se casó con Porcia. ¡Oh, qué peleas! No cabe duda: Bruto tiene más agallas desde que se casó con Porcia. Y el decreto del dictator perpetuus le habrá horrorizado. Hablaré con él, le convenceré de que tiene el deber moral y ético de junio Bruto y Servilio Ahala de librar a Roma de su actual tirano.

– ¿Nos atreveremos a abordarle? ¿Y si se lo cuenta todo a César? -inquirió Décimo Bruto con recelo.

– ¿Bruto? -dijo Casio, atónito-. ¡No, nunca! Aunque no acepte sumarse a nosotros, apostaría la vida a que guardará silencio.

– Pues eso haremos, eso haremos -decidió Décimo Bruto.

Cuando el dictador perpetuo convocó a las centurias en el Campo de Marte para «elegir» a Publio Cornelio Dolabela cónsul superior en ausencia de César, la votación se desarrolló deprisa y sin tropiezos; no había razón para que no fuera así, puesto que sólo había un candidato, pero con todo y con eso había que contar los votos de todas las centurias, al menos la Primera Clase entera e incluso la Segunda Clase hasta donde fuera necesario para obtener la mayoría; las centurias estaban claramente a favor de la Primera Clase, así que en una «elección» como la de aquel día, nadie de la Tercera, la Cuarta o la Quinta Clase se molestó siquiera en presentarse.

Asistieron César y Marco Antonio, el primero como magistrado supervisor y el segundo en funciones de augur. El cónsul inferior necesitó una eternidad para consultar los auspicios; rechazó al primer cordero porque no estaba limpio, al segundo porque le faltaban dientes. Sólo cuando llegó el tercero accedió a realizar sus funciones, que consistían en inspeccionar el hígado de la víctima según un estricto protocolo, establecido por escrito y exhibido en un modelo de bronce tridimensional. No había elementos místicos en los augurios romanos, así que no era necesario encontrar a hombres místicos para actuar como augures.

César, con su impaciencia acostumbrada, ordenó que se iniciara la votación mientras Antonio llevaba a cabo su exploración.

– ¿Qué pasa? -preguntó a Antonio tras acercarse a él.

– El hígado… tiene un aspecto horrible.

César se inclinó a mirar, le dio la vuelta con un stylus, contó los lóbulos y comprobó su forma.

– Está perfecto, Antonio. Como pontífice máximo y compañero augur, declaro que trae buenos auspicios.

Antonio se encogió de hombros y se alejó mientras los acólitos augurales empezaban a limpiar y a recoger; después se quedó inmóvil con la mirada perdida. Con una sonrisa maliciosa en los labios, César reanudó la supervisión.

– No te enfades, Antonio, ha sido un buen intento -dijo.

Cuando se hubo registrado la mitad de los votos de las noventa y siete centurias necesarias, Antonio tuvo un sobresalto y lanzó un grito, antes de dirigirse a la parte de la saepta de la torre de supervisión, desde donde se veían las largas filas de figuras de blanco haciendo cola hacia los cestos.

– ¡Una bola de fuego! ¡Mal augurio! -anunció con voz estentórea-. Como augur oficial de esta ocasión, ordeno que las centurias se vayan a casa.

Fue una actuación brillante. César, desprevenido, no tuvo tiempo para preguntar quién más había visto el meteoro evanescente antes de que las centurias, formadas por hombres que preferían estar en otra parte, empezaran a dispersarse a toda prisa.

Dolabela se acercó precipitadamente, abandonando su puesto como encargado del orden de las filas de las centurias dispuestas a votar; tenía la cara congestionada de ira.

– Cunnus! -insultó al sonriente Antonio.

– Antonio, has ido demasiado lejos -dijo César entre dientes.

– He visto una bola de fuego -sostuvo Antonio con terquedad-. A mi izquierda, muy baja en el horizonte.

– Supongo que es tu manera de informarme de que será inútil intentar otra votación, ¿verdad? Ésa también fracasará…

– César, yo sólo te digo lo que he visto.

– Eres un loco y un salvaje, Antonio. Hay otras fórmulas -concluyó César, que dio media vuelta y empezó a bajar la escalera de la torre.

– ¡Ahora verás, canalla! -gritó Dolabela con tono amenazador mientras subía.

– ¡Lictores, detenedle! -ordenó Antonio, bajando detrás de César.

Cicerón también ascendía, imponente, con los ojos brillantes.

– Ha sido una estupidez, Marco Antonio -anunció-. Has cometido un acto ilegal. Debías observar el cielo como cónsul, no como augur. Los augures deben recibir el encargo formal para observar el cielo, los cónsules, no.

– Gracias, Cicerón, por explicarle a Antonio cuál es el modo correcto de evitar las próximas elecciones -le dijo cortante César-. Te recordaré que Publio Clodio declaró ilegal que los cónsules observaran el cielo sin que se les encomendase oficialmente. Antes de pontificar, repasa las leyes que se han adoptado durante tu exilio.

Cicerón resopló y se alejó, mortificado.

– Dudo que tengas las agallas necesarias para impedir el nombramiento de Dolabela como cónsul sufecto -dijo César a Antonio.

– No, no voy a hacer eso -repuso Antonio amablemente-, como cónsul sufecto, no me supera en rango.

– Antonio, Antonio, estás tan flojo en derecho como en aritmética. Claro que puede, si como cónsul sustituye al cónsul superior. ¿Por qué piensas que nombré a un cónsul sufecto para unas cuantas horas cuando Fabio Máximo, el cónsul superior, murió el último día de diciembre? La ley no sólo vale cuando está escrita en las tablas; es válida también cuando se basa en precedentes indiscutibles. Y yo senté el precedente hace poco más de un mes. Nadie lo refutó, ni siquiera tú. Puedes pensar que hoy has ganado la partida, pero, ya sabes, yo siempre te llevo la delantera. -César sonrió afablemente y se reunió con Lucio César, que miraba furioso a Antonio.

– ¿Qué vamos a hacer con mi sobrino? -preguntó Lucio, desesperado.

– ¿En mi ausencia? Bajarle los humos, Lucio. En realidad, no está en buena posición. La antipatía de Dolabela por él no va a disminuir después de lo de hoy. Con Calvino como Maestro del Caballo, el Erario en manos de Balbo padre y Opio… Sí, Antonio está bien sujeto.