– ¿Qué pasa? -preguntó a Antonio tras acercarse a él.
– El hígado… tiene un aspecto horrible.
César se inclinó a mirar, le dio la vuelta con un stylus, contó los lóbulos y comprobó su forma.
– Está perfecto, Antonio. Como pontífice máximo y compañero augur, declaro que trae buenos auspicios.
Antonio se encogió de hombros y se alejó mientras los acólitos augurales empezaban a limpiar y a recoger; después se quedó inmóvil con la mirada perdida. Con una sonrisa maliciosa en los labios, César reanudó la supervisión.
– No te enfades, Antonio, ha sido un buen intento -dijo.
Cuando se hubo registrado la mitad de los votos de las noventa y siete centurias necesarias, Antonio tuvo un sobresalto y lanzó un grito, antes de dirigirse a la parte de la saepta de la torre de supervisión, desde donde se veían las largas filas de figuras de blanco haciendo cola hacia los cestos.
– ¡Una bola de fuego! ¡Mal augurio! -anunció con voz estentórea-. Como augur oficial de esta ocasión, ordeno que las centurias se vayan a casa.
Fue una actuación brillante. César, desprevenido, no tuvo tiempo para preguntar quién más había visto el meteoro evanescente antes de que las centurias, formadas por hombres que preferían estar en otra parte, empezaran a dispersarse a toda prisa.
Dolabela se acercó precipitadamente, abandonando su puesto como encargado del orden de las filas de las centurias dispuestas a votar; tenía la cara congestionada de ira.
– Cunnus! -insultó al sonriente Antonio.
– Antonio, has ido demasiado lejos -dijo César entre dientes.
– He visto una bola de fuego -sostuvo Antonio con terquedad-. A mi izquierda, muy baja en el horizonte.
– Supongo que es tu manera de informarme de que será inútil intentar otra votación, ¿verdad? Ésa también fracasará…
– César, yo sólo te digo lo que he visto.
– Eres un loco y un salvaje, Antonio. Hay otras fórmulas -concluyó César, que dio media vuelta y empezó a bajar la escalera de la torre.
– ¡Ahora verás, canalla! -gritó Dolabela con tono amenazador mientras subía.
– ¡Lictores, detenedle! -ordenó Antonio, bajando detrás de César.
Cicerón también ascendía, imponente, con los ojos brillantes.
– Ha sido una estupidez, Marco Antonio -anunció-. Has cometido un acto ilegal. Debías observar el cielo como cónsul, no como augur. Los augures deben recibir el encargo formal para observar el cielo, los cónsules, no.
– Gracias, Cicerón, por explicarle a Antonio cuál es el modo correcto de evitar las próximas elecciones -le dijo cortante César-. Te recordaré que Publio Clodio declaró ilegal que los cónsules observaran el cielo sin que se les encomendase oficialmente. Antes de pontificar, repasa las leyes que se han adoptado durante tu exilio.
Cicerón resopló y se alejó, mortificado.
– Dudo que tengas las agallas necesarias para impedir el nombramiento de Dolabela como cónsul sufecto -dijo César a Antonio.
– No, no voy a hacer eso -repuso Antonio amablemente-, como cónsul sufecto, no me supera en rango.
– Antonio, Antonio, estás tan flojo en derecho como en aritmética. Claro que puede, si como cónsul sustituye al cónsul superior. ¿Por qué piensas que nombré a un cónsul sufecto para unas cuantas horas cuando Fabio Máximo, el cónsul superior, murió el último día de diciembre? La ley no sólo vale cuando está escrita en las tablas; es válida también cuando se basa en precedentes indiscutibles. Y yo senté el precedente hace poco más de un mes. Nadie lo refutó, ni siquiera tú. Puedes pensar que hoy has ganado la partida, pero, ya sabes, yo siempre te llevo la delantera. -César sonrió afablemente y se reunió con Lucio César, que miraba furioso a Antonio.
– ¿Qué vamos a hacer con mi sobrino? -preguntó Lucio, desesperado.
– ¿En mi ausencia? Bajarle los humos, Lucio. En realidad, no está en buena posición. La antipatía de Dolabela por él no va a disminuir después de lo de hoy. Con Calvino como Maestro del Caballo, el Erario en manos de Balbo padre y Opio… Sí, Antonio está bien sujeto.
Consciente de que, efectivamente, lo tenían amordazado, Antonio regresó a su casa, furibundo. ¡No era justo! ¡Era una indignidad! El viejo zorro dominaba hasta el último truco de los manuales políticos y legales, además de los trucos que se inventaba él. Muy pronto hasta el último senador estaría obligado a respetar, bajo juramento, todas las leyes y los dictados de César en su ausencia. El juramento se pronunciaría a cielo abierto, en el templo de Semón Sanco Dio Fidio, y el viejo, como pontífice máximo, había inventado tretas como la de sostener una piedra en la mano para invalidar el juramento… César llevaba demasiado tiempo gobernando para dejarse engañar.
Tengo que hablar con Trebonio. Con Cayo Trebonio. No con Décimo Bruto, sino con Trebonio. Una conversación muy privada.
Se puso en contacto con él después de la reunión del Senado para nombrar a Dolabela cónsul sufecto. Sufecto pero superior.
– Acaba de llegar mi caballo de Hispania. ¿Te apetece acompañarme al Campo Lanatario para verlo? -preguntó Antonio en tono alegre.
– Desde luego -repuso Trebonio.
– ¿Cuándo?
– No hay mejor momento que el presente, Antonio.
– ¿Dónde está Décimo Bruto?
– Con Cayo Casio.
– Es una curiosa amistad.
– No en los tiempos que corren.
Caminaron en silencio hasta que cruzaron la Puerta Capena, en dirección a la zona donde estaban las cuadras de Roma, así como los establos y los mataderos.
Hacía un día frío, de viento cortante; en el interior de las Murallas Servias no se notaba tanto, pero una vez fuera de la ciudad, empezaron a castañetearles los dientes.
– Por ahí hay una taberna que no está mal -dijo Antonio-. Clemencia puede esperar, yo necesito un trago de vino y una lumbre. ¿Clemencia?
– Mi nuevo caballo público. Al fin y al cabo, Trebonio, soy el flamen del nuevo culto, el de la Clemencia de César.
– ¡Ah! Cómo se enfureció cuando le entregamos las placas de plata…
– No me lo recuerdes. Cuando nos conocimos, César me dio tales patadas en el trasero que no pude sentarme en un nundinum.
Los escasos clientes de la taberna miraron a los recién llegados con la boca abierta: en toda la historia del local, nunca habían entrado personajes con la toga orlada de púrpura. El dueño se precipitó a escoltarlos a su mejor mesa, echando a tres comerciantes, demasiado sorprendidos para protestar, y después les llevó su mejor ánfora de vino y unos cuencos con cebolletas en vinagre y aceitunas.
– Aquí estaremos seguros; esta gente es tan latina como Quirino -dijo Trebonio en griego. Probó un sorbo de vino, puso cara de asombro y dedicó una aprobadora inclinación de cabeza al tabernero, que estaba exultante.
– Bien, Antonio, ¿qué te ronda la cabeza?
– Tu pequeño complot. El tiempo se agota. ¿Qué tal va todo?
– Por un lado bien, pero por otro no tan bien. Veintidós es un buen número, pero nos falta una figura, y es una pena. Es inútil organizar todo esto si no logramos sobrevivir en olor de santidad. Somos tiranicidas, no asesinos. -Era la frase preferida de Trebonio-. Sin embargo, Cayo Casio se ha unido a nosotros y está intentando convencer a Marco Bruto para que se alce como cabeza visible.
– Edepol! -exclamó Antonio-. Que así sea.
– No tengo tan claro que Casio salga airoso.
– ¿Qué te parecerían unas cuantas garantías adicionales, si no convencemos a Bruto? -preguntó Antonio mientras retiraba las capas de una cebolleta.
¿Garantías? -repitió Trebonio con expresión alerta.
– No te olvides de que yo seré cónsul… Y no vayas a pensar que Dolabela será un problema, porque no le dejaré. Cuando haya muerto quien tú sabes, se tirará al suelo, panza al aire, en señal de sumisión -dijo Antonio-. Lo que te estoy ofreciendo es suavizar las cosas para vosotros con el Senado y el pueblo. Mi hermano Cayo es pretor y mi hermano Lucio tribuno de la plebe. Puedo garantizarte que ninguno de los participantes irá a juicio, que ninguno será privado de su magistratura, provincia, propiedades o títulos. Recuerda que soy el heredero de César. Yo controlaré sus legiones, que me aprecian mucho más que a todos y mucho más que a Dolabela. Nadie se atreverá a enfrentarse a mí en el Senado o las asambleas.