Su rostro atractivo adquirió una expresión salvaje.
– No soy tan idiota como César se cree, Trebonio. Si le matan… ¿por qué no matarme también a mí, al tío Lucio, a Calvino y a Pedio? Mi vida también corre peligro. Así que voy a hacer un trato contigo. Contigo y sólo contigo. El plan es tuyo y tú eres quien mantiene la unión del grupo. Lo que quiero decirte es entre tú y yo, y no para divulgarlo. Si tú te aseguras de que yo no voy a caer, yo te aseguro que los demás no sufrirán las consecuencias de su acto.
Trebonio se quedó pensativo. La oferta que recibía era buena, no podía desdeñarla. Antonio era un administrador perezoso, no un maníaco del trabajo como César. Se daría por satisfecho dejando que Roma retornara a sus antiguas costumbres siempre y cuando él pudiera andar por ahí como su prohombre, con la inmensa fortuna de César que gastar.
– Trato hecho -dijo Cayo Trebonio-. Será nuestro secreto, Antonio. En cuanto a los demás: ojos que no ven, corazón que no siente.
– ¿Y esto incluye a Décimo también? Le recuerdo de la época del Círculo Clodio, y quizá no sea tan fiable como mucha gente piensa.
– A Décimo no se lo diré, te doy mi palabra.
A principios de febrero, César encontró su casus belli. Según las noticias llegadas de Siria, Antistio Veto, que había ido a reemplazar a Cornificio, había inmovilizado a Baso en Apameia, pensando que aquello sería un sitio rápido y breve. Pero Baso había fortificado su «capital» siria de forma muy eficiente, por lo que el asedio a la ciudad se convirtió en muy largo. Peor aún, Baso pidió ayuda al rey parto Herodes, y éste se la prestó. Un ejército parto dirigido por el príncipe Pacoro invadió Siria. Todo el norte de la provincia estaba ocupado, y Antistio Veto se encontraba acorralado en Antioquía.
Puesto que nadie podía aportar razones para que Siria no fuera defendida por Roma o para que los partos no fueran atacados, César tomó del Erario mucho más dinero del que había decidido en un principio y envió los fondos para la guerra a Brindisi, donde permanecerían hasta que él fuera a recogerlos. Por razones de seguridad, los fondos fueron a parar a las bóvedas de su banquero, Cayo Opio. César también dio órdenes para que todas las legiones se reunieran en Macedonia en cuanto fuera posible trasladarlas allí por mar desde Brindisi. La caballería partió desde Ancona, el puerto más cercano a Rávena, donde estaba acampada. El día anterior se había ordenado a los legados y demás auxiliares que salieran hacia Macedonia y él mismo informó a la Cámara que renunciaría a su mandato como cónsul en los idus de marzo.
Cayo Octavio, sorprendido, recibió un aviso de Publio Ventidio para que partiera urgentemente hacia Brindisi, donde debía embarcarse con Agripa y Salvidieno Rufo a finales de febrero. Fue una orden bien acogida, aunque su madre lloriqueó y se lamentó porque nunca más volvería a ver a su amado hijo, y Filipo, debido a los lamentos de la mujer, estaba extraordinariamente irritable. Renunciando a las dos terceras partes del equipaje que su madre le había preparado, Octavio alquiló tres calesas y dos carros, con la intención de tomar hacia el sur por la Via Latina inmediatamente. ¡Libertad! ¡Aventuras! ¡César!
La tarde anterior a su partida, César encontró un momento para verlo y darle una breve despedida.
– Espero que continúes con tus estudios, Octavio, porque no creo que tu destino esté en el ejército -dijo el Gran Hombre, que parecía cansado e inusitadamente tenso.
– Así lo haré, César, así lo haré. Marco Epidio y Ario de Alejandría vienen conmigo para pulir mi retórica y mis conocimientos sobre la ley. Apolodoro de Pérgamo viene para ayudarme en mis esfuerzos con el griego. -Hizo una mueca-. He mejorado un poco, pero aún no consigo pensar en griego por más empeño que ponga.
– Apolodoro ya es un hombre mayor -dijo César, arrugando el entrecejo.
– Sí, pero me ha asegurado que se encuentra bien para viajar.
– Entonces llévatelo. Y comienza a educar al joven Marco Agripa. Ése es un muchacho a quien estoy deseando ver encaminado en la carrera pública y el ejército. ¿Te ha buscado Filipo alojamiento en casa de alguien en Brindisi? Las posadas estarán llenas.
– Sí, en casa de su amigo Aulo Plauto.
César se rió, y de pronto pareció más joven.
– ¡Qué oportuno! Siendo así, puedes velar por la seguridad de los fondos para la guerra, joven Octavio.
– ¿Los fondos para la guerra?
– Se necesitan muchos millones de sestercios para mantener un ejército comiendo, marchando y luchando -dijo César con gravedad-. Un general prudente se lleva su dinero cuando se va: si tiene que solicitar más fondos a Roma, el Senado puede oponerse. Por lo tanto, mis fondos para la guerra, varios millones de sestercios, están en las bóvedas de mi banquero Opio, exactamente al lado de la casa de Aulo Plauto.
– Cuidaré de tus fondos, César, te lo prometo.
Un rápido apretón de manos, un suave beso en la mejilla, y César se marchó. Octavio se quedó de pie, mirando hacia el hueco de la puerta con un indefinible peso en su corazón.
Una intriga más de un pequeño rey de Roma, pensó Marco Antonio el día antes de la Lupercalia. Ese año participarían en la celebración tres equipos, con Antonio al frente de los Lupercios Julios.
La Lupercalia era una de las fiestas más antiguas y apreciadas en Roma, y sus arcaicos rituales estaban cargados de alusiones sexuales que ofendían al segmento más mojigato de las clases altas, que prefería no asistir.
En la esquina del promontorio del monte Palatino que daba al extremo del Circo Máximo y el Foro Boario, había una cueva y un manantial, y el lugar se conocía como Lupercal. Allí, junto al santuario del Genius Loci y bajo un viejo roble (aunque en otros tiempos había sido una higuera), la loba había amamantado a los gemelos abandonados Rómulo y Remo. Rómulo fundó después la ciudad original en el Palatino y ejecutó a su hermano por alguna extraña razón descrita como «saltar los muros». Una de las chozas de paja de Rómulo se conservaba aún en el Palatino, al igual que el pueblo de Roma todavía veneraba la gruta del Lupercal y rezaba al espíritu de Roma, el Genius Loci. Todo esto había sucedido seiscientos años atrás, pero los ritos continuaban vivos, y nunca con mayor fuerza que durante la Lupercalia.
Los hombres de los tres colegios de luperci se reunieron en la gruta, y ante su entrada, desnudos, sacrificaron varios machos cabríos y un perro. Los tres prefectos de los luperci, los Julios, los Fabios y los Quintilianos, supervisaron el degüello de los animales y luego observaron cómo los hombres se limpiaban los cuchillos ensangrentados en la frente, prorrumpiendo en las carcajadas de ritual. Ninguno de los dos jefes rió tanto como Marco Antonio, mientras parpadeaba para quitarse la sangre de los ojos, hasta que los miembros de su equipo se la limpiaron con bolas de lana impregnadas de leche. Despellejaron a los machos cabríos y al perro, y cortaron los trozos de cuero ensangrentados en tiras que los luperci se enrollaron alrededor de las caderas, asegurándose de que una parte de este espantoso ropaje fuera lo suficientemente larga como para usarla como un látigo.
Entre los varios miles de personas que acudían a la Lupercalia, sólo unos pocos podían ver esta parte de la ceremonia, bien situándose entre los pilares de las casas que estaban por encima, bien encaramados en los techos de los templos y los santuarios que estaban por debajo; el Palatino se hallaba demasiado abarrotado de gente.