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Todos los miembros del grupo se reunieron por la noche dos días después de que César hubiera ordenado inscribir su rechazo de la corona en una placa de bronce. Estaban todos nerviosos e irritables, algunos incluso sentían un poco de pánico. Al observar sus caras, Trebonio se preguntó cómo haría para mantenerlos unidos.

Casio comenzó a hablar.

– En menos de un mes César se habrá ido -dijo-, y hasta ahora no he visto la menor señal de que alguno de vosotros esté tomándose este asunto en serio. ¡Es muy fácil hablar! ¡Pero lo que necesitamos es acción!

– ¿Y tú has conseguido algo con Marco Bruto? -preguntó Estayo Murco con causticidad-. ¡Hay más cosas en juego que la acción, Casio! Se supone que yo ya tenía que haber partido para Siria, y mi superior me mira mal porque sigo en Roma. Mi amigo Címbero podría decir lo mismo.

La susceptibilidad de Casio era consecuencia directa de su fracaso con Bruto; entre su extraordinaria pasión por Porcia y la guerra desatada entre Porcia y Servilia, Bruto tenía tan poco tiempo que incluso sus preciadas pero ilícitas actividades comerciales se estaban resintiendo.

– Dadme otros nundinum -dijo Casio lacónicamente-. Si en ese tiempo no reacciona, no contéis con él. Aunque no es eso lo que me preocupa. No basta con matar a César. También deberíamos matar a Antonio y a Dolabela, y a Calvino.

– Si lo haces -dijo Trebonio tranquilamente-, nos declararán nefas y nos exilarán para siempre sin un sestercio, eso si salvamos nuestras cabezas. Una guerra civil no es posible porque no hay legiones en la Galia Cisalpina para que Décimo pueda dirigirlas, y todas las legiones acampadas entre Capua y Brindis¡ en estos momentos se están dirigiendo a Macedonia. No se trata de una conspiración para derrocar el gobierno de Roma, sino que somos un grupo que desea salvar Roma de un tirano. Mientras nos limitemos a matar a César, podremos decir que hemos actuado correctamente, dentro de lo que establece la ley y teniendo en cuenta el mos maiorum. Si matamos a los cónsules, nos declararán nefas, no os engañéis.

Marco Rubrio Ruga era un don nadie; su familia había dado un gobernador de Macedonia que había tenido la mala suerte de tener que aguantar a Catón de joven. Rubrio no conocía moral, ética ni principios.

– ¿Por qué tenemos que hacer todo esto? -preguntó-. ¿Por qué no atacamos a César secretamente, lo asesinamos y no se lo contamos a nadie?

Se hizo un largo silencio hasta que Trebonio tomó la palabra.

– Somos hombres honorables, Marco Rubrio, ésta es la razón. ¿Dónde está el honor en un simple asesinato? ¿Asesinar a César y no admitirlo? ¡No! Jamás!

Se oyeron los murmullos de asentimiento de todos los presentes y Rubrio Ruga intentó ocultarse en un rincón oscuro.

– Creo que Casio tiene razón-dijo Décimo Bruto dirigiendo una breve mirada de desprecio a Rubrio Ruga-. Antonio y Dolabela se volverán contra nosotros. Aprecian demasiado a César como para no hacerlo.

– ¡Oh, vamos, Décimo! ¿Cómo puedes decir eso de Antonio? Siempre está incordiando a César sin el menor remordimiento -protestó Trebonio.

– Pero lo hace persiguiendo su propio interés, Cayo, no el nuestro. No te olvides que juró a Fulvia por su antepasado Hércules que nunca tocaría a César -replicó Décimo-. Por eso es más peligroso aún. Si matamos a César y dejamos que viva Antonio, comenzará a preguntarse cuándo le llegará su turno.

– Décimo tiene razón -dijo Casio con énfasis.

Trebonio suspiró.

– Id a vuestras casas, todos vosotros. Volveremos a encontrarnos aquí dentro de un nundinum, y esperemos que tú, Casio, traigas a Marco Bruto. Concéntrate en eso, y no en un baño de sangre que no dejaría a nadie vivo para ocupar las sillas del estrado curul, de modo que Roma se sumiría en el caos.

Como él tenía la llave, Trebonio esperó a que los demás se hubieron ido, algunos en grupo, otros solos, y después recorrió el recinto apagando las lámparas, sosteniendo la última en la mano. Esto está condenado al fracaso, pensó, realmente está condenado al fracaso. No hacen más que escuchar, saltando y brincando al menor ruido. Son incapaces de pronunciar una sola palabra de aliento y de tener opiniones que valga la pena escuchar. Parecen ovejas: bee, bee, bee. Incluso hombres como Cimbro, Aquila, Galba, Basilio, son ovejas. ¿Cómo pueden veintidós ovejas matar a un león como César?

A la mañana siguiente, Casio fue a casa de Bruto, a la vuelta de la esquina de la suya, y se lo llevó a su estudio, donde cerró la puerta y se quedó de pie mirando iracundo a un sorprendido Bruto.

– Siéntate, cuñado -dijo.

Bruto se sentó.

– ¿Qué pasa, Cayo? Estás muy extraño.

– ¡Debería estarlo, dadas las condiciones en las que se encuentra Roma! Bruto, ¿cuándo vas a comprender que César ya es el rey de Roma?

Los fuertes hombros de Bruto se hundieron. Bajó la mirada y suspiró.

– Ya lo he pensado, por supuesto que ya lo he pensado. César tenía razón cuando decía que Rex es sólo una palabra.

– Entonces, ¿qué vas a hacer al respecto?

– ¿Cómo?

– ¡Sí! ¿Qué vas a hacer? Bruto, por tus ilustres ancestros, ¡despierta! -gritó Casio-. ¡Hay una razón por la que Roma ahora tiene a un hombre que desciende del primer Bruto y de Servilio Ahala! ¿Por qué te muestras tan ciego frente a tu deber?

Bruto abrió desmesuradamente sus oscuros ojos.

– ¿Deber?

– ¡Deber, deber, deber! Es tu deber matar a César.

– ¿Que mi deber es matar a César? -dijo Bruto con expresión de terror-. ¿A César?

– ¿No se te ocurre nada mejor que convertir en preguntas todo lo que digo? Si César no muere, Roma nunca volverá a ser una república. ¡El ya es un rey, ya ha establecido una monarquía! Si lo dejamos vivir, cuando llegue el momento elegirá un heredero en vida y éste heredará la dictadura. De modo que hay varios de entre los nuestros que están decididos a matar a César Rex. Incluido yo.

– ¡Casio, no!

– ¡Casio, sí! Los otros son Bruto, Décimo, Cayo Trebonio, Cimbro, Estacio Murco, Galba, Poncio Aquila. ¡Somos veintidós, Bruto! Te necesitamos para que seas el número veintitrés.

– ¡Por Júpiter! ¡No puedo, Casio! ¡No puedo!

– ¡Claro que puedes! -exclamó una voz. Porcia entró por la puerta de la columnata; la cara y los ojos le brillaban-. Casio, ¡es lo único que se puede hacer! ¡Bruto será el número veintitrés!

Los dos hombres se quedaron mirándola; Bruto parecía confuso, y Casio inquieto. ¿Cómo no se había acordado de la columnata?

– Porcia, ¡jura por el cadáver de tu padre que no dirás una palabra de esto a nadie! -dijo Casio con un suspiro.

– ¡Lo juro encantada! No soy estúpida, Casio, ya sé lo peligroso que es todo esto. Ah, ¡pero se trata de una buena acción! ¡Matar al rey y reinstaurar la amada República de Catón! ¿Y quién mejor para hacerlo que mi Bruto? -Comenzó a ir de un lado al otro de la habitación, temblando de alegría-. Sí, ¡es una buena acción! ¡Ah, pensar que podré ayudar a vengar a mi padre, reinstaurar su República!

Bruto al fin consiguió hablar.

– Porcia, tú sabes que Catón no lo aprobaría, ¡jamás lo aprobaría! ¿Un asesinato? ¿Catón, perdonar un asesinato? ¡Esto no es una buena acción! ¡En todos los años en que Catón se enfrentó a César, nunca, ni una vez, contempló la posibilidad de un asesinato! ¡Algo así lo denigraría, destruiría su memoria como campeón de la libertad!