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– ¡Estás equivocado, muy equivocado! -gritó Porcia enfurecida, acercándose a Bruto amenazadoramente como un guerrero, con los ojos despidiendo chispas-. ¿Eres un cobarde, Bruto? ¡Por supuesto que mi padre lo hubiera aprobado! ¡Cuando Catón estaba vivo, César era una amenaza para la República, pero todavía no había acabado con ella! ¡Sin embargo ahora César ha acabado con ella! ¡Catón pensaría como yo, como Casio y como deberían hacerlo todos los hombres de bien!

Bruto se tapó los oídos con las manos y abandonó la estancia.

– No te preocupes, yo me ocuparé de que lo haga -dijo Porcia dirigiéndose a Casio-. Para cuando termine con él, cumplirá con su deber. -Porcia apretó los labios y frunció el ceño-. Sé exactamente lo que tengo que hacer, ¡de verdad que lo sé! Bruto es un pensador. Habrá que convencerlo, no se le deberá permitir reflexionar sobre el asunto. Tengo que conseguir que tema más no hacerlo que hacerlo. ¡Pues sí, así será! -exclamó, y salió, dejando a Casio fascinado.

– Es la viva imagen de Catón -suspiró.

– Pero ¿qué ha pasado? -preguntó Servilia al día siguiente-. ¡Mira eso! ¡Es una vergüenza!

El busto del primer Bruto, con barba, según la antigua usanza, y con el rostro inexpresivo, estaba cubierto de una pintada: BRUTO, ¿POR QUÉ ME HAS OLVIDADO? ¡YO FUI QUIEN ECHÓ AL ÚLTIMO REY DE ROMA!

Con la pluma en la mano, Bruto salió de su estudio dispuesto a poner paz, por enésima vez, entre su esposa y su madre, pero se encontró con que ninguna de las dos estaba enojada con la otra. ¡Oh, Júpiter!

– ¡Pintura! ¡Pintura! -gritó Servilia con furia-. ¡Se necesitará un cubo de aguarrás para limpiarla y además se arruinará la pintura de debajo! ¿Quién habrá hecho esto? ¿Y qué significa «Por qué me has olvidado»? ¡Dito! ¡Dito! -llamó, marchándose del lugar.

Pero aquello sólo fue el comienzo. Cuando Bruto, acompañado por un grupo de amigos, fue al tribunal del pretor urbano en el Foro, también se lo encontró embadurnado de pintadas: BRUTO, ¿POR QUÉ DUERMES? BRUTO, ¿POR QUÉ FALLAS A ROMA? BRUTO, ¿CUÁL DEBERÍA SER TU PRIMER EDICTO? BRUTO, ¡DESPIERTA!

La estatua del primer Bruto que se encontraba cerca de las de los reyes de Roma tenía la siguiente inscripción: BRUTO, ¿POR QUÉ ME HAS OLVIDADO? ¡YO ECHÉ AL ÚLTIMO REY DE ROMA! Y la estatua de Servilio Ahala, muy cerca de allí, decía: BRUTO, ¿NO ME RECUERDAS? ¡YO MATÉ A MELLO CUANDO INTENTÓ SER REY!

El puesto del mercado que vendía aguarrás se quedó sin existencias; Bruto tuvo que enviar a sus criados a buscar aguarrás por toda Roma, mientras su precio alcanzaba cotas desconocidas.

Estaba aterrorizado, sobre todo porque tenía la certeza de que César, que siempre lo sabía todo, se enteraría de la existencia de las pintadas y preguntaría qué significaban, lo que, a los ojos de Bruto, saltaba a la vista: Bruto estaba siendo conminado a matar al dictator perpetuus.

Al día siguiente, al alba, cuando Epafrodito atendía a los amigos de Bruto, no sólo habían pintado de nuevo la desteñida y vieja estatua del primer Bruto, sino que su propio busto estaba cubierto por otra inscripción que decía: ¡MÁTALO, BRUTO! Y el busto de Servilio Ahala tenía otra que ponía: ¡YO MATÉ A MELLO! ¿ES QUE SOY EL ÚNICO PATRIOTA DE ESTA CASA? Además, en la pared del atrio alguien había escrito con letras prolijas: ¿TE LLAMAS BRUTO? ¡HASTA QUE NO ASESTES EL GOLPE NO MERECES ESE NOMBRE ILUSTRE E INMORTAL!

Servilia se paseaba chillando por la casa, Porcia tenía ataques de risa histéricos, los clientes se agolpaban perplejos en el atrio, y el pobre Bruto se sentía como si un terrible lemur se hubiera escapado del infierno para llevarlo a la locura.

Y eso sin mencionar los continuos sermones de Porcia. En vez de la dulce dicha de su cuerpo junto al suyo en la cama, Bruto tenía a su lado a una arpía que no paraba de rezongar.

– ¡No, me niego! -gritaba él una y otra vez-. ¡No cometeré un asesinato!

Al final, Porcia lo arrastró literalmente a su salón, lo empujó hacia una silla y sacó un puñal. Pensando que iba a usarlo contra él, Bruto se encogió, pero ella se arrancó el vestido y se clavó la hoja en el blanco y tierno muslo.

– ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Puede que a ti te dé miedo matar, Bruto, pero a mí no! -gritó, mientras le sangraba la herida.

– ¡Bueno, basta ya! -logró decir Bruto, con el rostro lívido-. ¡Basta, Porcia, tú ganas! Lo haré. Lo mataré.

Porcia se desmayó.

Y así fue como el Círculo de Asesinos de César obtuvo a su preciado líder, Marco junio Bruto Servilio Cepio. Estaba demasiado intimidado como para seguir negándose, y se daba cuenta con horror de que cuanto más tiempo siguiera Porcia practicando su campaña de pintadas y sermones, más habladurías habría en Roma.

– No estoy ciega ni sorda, Bruto -dijo Servilia después de que el médico hubiera atendido a Porcia-. Y tampoco soy estúpida. Todo esto es una conspiración para matar a César, ¿no es verdad? Y quien sea que esté detrás de la conspiración, te necesita a ti para llevarla a cabo. Dicho esto, insisto en que me des todos los detalles. ¡Habla, Bruto, o eres hombre muerto!

– No sé de ninguna conspiración, madre -consiguió decir Bruto, mirándola a los ojos-. Alguien está tratando de destruir mi reputación y desacreditarme ante César. Alguien muy maligno y bastante loco, por cierto. Sospecho de Matinio.

– ¿Matinio? -preguntó Servilia, confusa-. ¿El administrador de tus negocios?

– Ha estado malversando fondos. Lo despedí hace unos días, pero me he olvidado de decirle a Epafrodito que Matinio no debía ser admitido en la casa. -Sonrió avergonzado-. Hemos tenido mucho trajín últimamente.

– Ya veo. Continúa.

– Madre, ahora que Epafrodito ya lo sabe, estoy seguro de que no verás más pintadas -continuó Bruto, sintiéndose cada vez más seguro. Era cierto que Matinio había estado malversando fondos y que él lo había despedido, eso era lo mejor del asunto-. Es más, esta misma mañana iré a ver a César y le explicaré lo sucedido. He contratado a antiguos gladiadores para que vigilen mi tribunal y las estatuas día y noche, por lo que las actividades de Matinio para crearme problemas con César se habrán acabado.

– Tiene sentido -dijo Servilia despacio.

– No hay nada más, madre -dijo con una risita nerviosa-. Es decir, ¿de verdad crees que soy capaz de asesinar a César?

Servilia echó la cabeza hacia atrás y rió.

– ¿De verdad? ¿Un ratón como tú? ¿Un conejo? ¿Un gusano?

¿Un don nadie invertebrado sometido a un monstruo atroz como tu esposa? ¡Seguro que ella sí sería capaz de matarlo! Pero ¿tú? Me es más fácil creer en cerdos voladores.

– Tienes razón, madre.

– Bueno, ¡no te quedes ahí parado como un imbécil! Vete a ver a César antes de que te acuse de tramar su asesinato.

Bruto la obedeció. Al fin y al cabo, ¿no era eso lo que hacía siempre? En definitiva, era la mejor alternativa.

– Pues eso es lo que ha sucedido, César -dijo al dictator perpetuus en su estudio de la Domus Publica-. Quisiera disculparme por las preocupaciones que todo esto pudo haberte causado.

– Me intrigaba, Bruto, pero no me preocupaba. ¿Por qué la idea de la muerte debería preocupar a un hombre? Hay muy poco que no haya hecho o conseguido, aunque confío en vivir lo suficiente como para conquistar el reino de los Partos. -Los ojos pálidos de César esos días estaban siempre apagados; la presión del trabajo era casi excesiva, incluso para César-. Si no los conquistamos, nuestro mundo occidental se arrepentirá tarde o temprano. Confieso que no sentiré alejarme de Roma. -Una sonrisa iluminó sus ojos-. No es muy adecuado que un hombre que aspira a ser rey diga algo así, ¿verdad? Oh, Bruto, ¿qué hombre en su sano juicio querría reinar sobre una panda de romanos pendencieros, díscolos y quisquillosos? Yo no.