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– ¿Una emboscada? -preguntó Bruto, sorprendido-. ¿Vais a tender una emboscada a César? ¿Cómo sabrá la gente quién lo ha hecho?

– Es la única manera -contestó Trebonio de forma tajante-. Para probar que hemos sido nosotros, le cortaremos la cabeza y la llevaremos al Foro, donde apaciguaremos a todos con un par de discursos magníficos, convocaremos una sesión del Senado y les exigiremos que nos elogien por haber liberado a Roma de un tirano. Si fuera necesario, secuestraremos a Cicerón para que también acuda, puesto que él nos apoyará, con toda seguridad.

– ¡Pero eso es absolutamente lamentable! -exclamó Bruto-. ¡Repugnante! ¡Nauseabundo! ¿La cabeza de César? ¿Y cómo es que Cicerón no está aquí?

– ¡Porque Cicerón es un gallina, incapaz de mantener la boca cerrada! -repuso Décimo Bruto, furioso-. Lo utilizaremos luego, ni antes ni durante. ¿Cómo crees que habría que matar a César, Bruto? ¿En público?

– Pues sí, en público -dijo Bruto sin vacilar. Se oyó un murmullo colectivo.

– Nos lincharían en el acto -dijo Galba, tragando saliva.

– Esto es un tiranicidio, no un asesinato -dijo Bruto en un tono que dio a entender a Casio que ya había tomado una decisión irrevocable-. Debe ser una acción pública, a la vista de todo el mundo. Cualquier acción furtiva nos haría quedar como vulgares asesinos. He sido inducido a creer que estamos actuando de acuerdo con el espíritu del primer Bruto y Ahala, que fueron libertadores y a quienes trataron como tales. Nuestros motivos son puros, nuestras intenciones nobles. Estamos liberando a Roma de un rey tirano, y eso requiere el coraje de nuestras convicciones. ¿Es que no lo veis? -preguntó, tendiendo las manos hacia ellos-. ¡No podremos recibir aplausos por esta acción si actuamos en secreto, a hurtadillas!

– ¡Ah, claro, ya me lo imagino! -dijo Basilio con desdén-. De pronto nos encontramos con César, por ejemplo, en la Via Sacra, rodeado de miles de clientes, nos abrimos paso entre la multitud, nos acercamos a él como si nada y le decimos: «Ave, César, somos hombres honorables que venimos a matarte. Ahora, por favor, no te muevas, desprende la toga de tu hombro izquierdo y expón tu corazón a nuestras dagas.» ¡Qué estupidez! ¿En qué mundo vives, Bruto? ¿En las nubes del Olimpo? ¿En la república ideal de Platón?

– ¡No, pero tampoco me entretengo manipulando pinzas y hierros candentes, Basilio! -gruñó Bruto, sorprendido de su propia rabia. Por mucho que se hubiera metido en esa situación empujado por Porcia, no estaba dispuesto a hacerle el juego a gente como Minucio Basilio, ¡ni por mil Catones! Tras comprometerse de manera irrevocable, ahora veía que ese asunto le importaba de verdad.

Escuchar a Bruto, tan obstinado, tuvo un efecto inesperado en Casio; pasó de un deseo de autoconservación a un poderoso y repentino anhelo de sacrificar hasta su vida por las ideas de Bruto. ¡Bruto tenía razón! ¿Qué mejor lugar para matar a César que a la vista de todo el mundo? Todos ellos morirían por ello allí mismo, pero Roma elevaría sus estatuas entre los dioses para siempre. Había destinos peores.

– ¡Tacete, todos vosotros! -gritó, interviniendo en la discusión-. ¡Bruto tiene razón, estúpidos! ¡Debemos actuar en público! Según mi experiencia, todo lo que se hace de manera clandestina tiende a salir mal; lo que debemos hacer es actuar abiertamente, no de un modo retorcido. Obviamente, no podemos presentarnos delante de César y anunciarle lo que pretendemos, Basilio, pero un puñal puede matar tan bien en público como en cualquier otro lugar. Es más, así podremos matar a los tres de una sola vez. César tiene la costumbre de estar siempre con el cónsul inferior a un lado y el cónsul sufecto del otro. -Se golpeó la palma de una mano con el puño de la otra-. De ese modo, además de César, también nos libramos de Antonio y Dolabela.

– ¡No! -gritó Bruto-. ¡No, no! ¡Somos tiranicidas, no asesinos! ¡No quiero ni oír hablar de matar a Antonio y a Dolabela! Si en ese momento están con él, dejadlos. ¡Mataremos al rey, sólo al rey! ¡Y mientras lo hagamos, diremos que estamos liberando a Roma de un tirano! Luego soltaremos las dagas e iremos a la tribuna, donde nos dirigiremos a todos orgullosamente, sin vergüenza, exultantes. Nuestros mejores oradores tendrán que ser capaces de mover montañas y hacer llorar a las Gorgonas, pero entre nosotros hay oradores que pueden hacerlo. Nos llamaremos los libertadores de Roma, y luciremos los gorros de la libertad para reforzar nuestra acción.

Ah, ¿por qué habré pensado que Marco Bruto sería una gran baza?, se preguntó Trebonio, escuchando esas palabras absurdas con el ánimo abatido. Su mirada se cruzó con la de Décimo Bruto, que puso los ojos en blanco con desesperación. Poco importaba si mandaban callar a Bruto, el plan se tambaleaba, su integridad corría peligro. Una cosa era llevar a cabo la acción en secreto y confesarla después, en el momento adecuado, tras informar a Antonio. Lo que Bruto estaba proponiendo era un verdadero suicidio. ¡Antonio se vería obligado a vengarse matándolos a todos! Con todas esas ideas agolpándosele en la cabeza, Trebonio intentó rescatar algo del plan original.

– ¡Esperad, esperad! ¡Ya lo tengo! -vociferó, tan alto que la discusión cesó inmediatamente, y todas las caras se volvieron hacia él-. Se puede hacer en público, pero también sin correr riesgos. En los idus de marzo, en la Curia Pompeia, ¿eso es lo suficientemente público para ti, Bruto?

– Una curia del Senado es exactamente el tipo de lugar público al que me refería -dijo Bruto entrecortadamente, con los ojos hinchados y la frente cubierta de sudor-. No quería decir que había que hacerlo en medio de una gran multitud en el Foro, sólo que debía haber testigos de renombre, hombres capaces de jurar por lo más sagrado que éramos sinceros y teníamos intenciones honorables. Una sesión del Senado cumpliría con todos mis requisitos, Trebonio.

– Entonces ya está decidido dónde y cuándo lo haremos -dijo Trebonio, agradecido-. César siempre entra en el Senado directamente, nunca se detiene a conversar. Generalmente, una vez dentro y mientras espera a que se llene la Cámara, se dedica al eterno papeleo administrativo. Pero nunca infringe las reglas del Senado: nunca trae consigo a sus secretarios, y no le acompañan lictores. En cuanto penetra en la Curia, está totalmente desprotegido. Estoy totalmente de acuerdo contigo, Bruto, en que debemos matar a César, y sólo a él. Eso significa que no debemos dejar entrar a los demás magistrados curules mientras se realice la acción, ya que ellos sí llevan lictores. Y los lictores no piensan, actúan. Si cualquiera levantase una mano contra César en presencia del lictor de cualquiera de los magistrados curules, el lictor se lanzaría en su defensa. No tendríamos éxito. Por lo tanto, es vital que los demás magistrados curules y sus lictores no puedan entrar.

Los rostros comenzaron a iluminarse; Trebonio estaba trazando un nuevo plan que tenía la ventaja de la inmediatez. Ninguno de aquellos hombres allí reunidos deseaba realizar la acción para confesarla después en el momento oportuno, exhibiendo un trofeo tan espeluznante como la cabeza de César. Alguno de ellos ya había empezado a preguntarse si los veintitrés tendrían la voluntad y el coraje de confesar su participación en los hechos.

– Tendremos que actuar rápido -prosiguió Trebonio-. Seguramente habrá senadores nuevos dentro del recinto, pero nosotros nos apiñaremos alrededor de César y la mayoría ni se dará cuenta de lo que sucede hasta que sea demasiado tarde. Y haremos todo lo que podamos para aprovechar al máximo nuestra situación, con un discurso, con los gorros de la libertad, lo que sea. La primera reacción será de sorpresa, y la sorpresa paraliza. Para cuando Antonio vuelva en sí, Décimo (creo que todos estamos de acuerdo en que es nuestro mejor orador) ya habrá empezado su discurso. Lo menos que se puede decir de Antonio es que es un hombre práctico. Aunque sea el sobrino de César, pensará que lo hecho, hecho está. El Senado lo observará y lo imitará a él, no a Dolabela. Todo el mundo sabe que César y Antonio se tienen manía y se vigilan. Realmente, compañeros míos, estoy seguro de que Antonio estará dispuesto a escuchar, y de que no tomará represalias.