Выбрать главу

Cuando los Césares pasaron a su lado sin fijarse en él, puesto que Espurina formaba parte del entorno desde hacía décadas, éste se puso en pie.

– ¡César! -gritó.

Ambos Césares se detuvieron y se volvieron hacia él.

– ¿A qué César te refieres? -preguntó Lucio, sonriendo.

– ¡Sólo hay un César, augur jefe! Su nombre llegará a identificarse con el del hombre que gobierna Roma -gritó Espurina de forma es tridente, con el iris oscuro de los ojos rodeado de un halo blanco que anunciaba la proximidad de la muerte-. ¡«César» significa «rey»!

– Ah, no, no empecemos otra vez. -César suspiró-. ¿Quién te paga para que digas eso, Espurina? ¿Marco Antonio?

– No es eso lo que quiero decirte, César, y nadie me ha pagado.

– Entonces, ¿qué quieres decir?

– ¡Guárdate de los idus de marzo!

César metió la mano en la bolsa que llevaba colgada de su cinturón y le arrojó una moneda de oro que Espurina cogió sin decir nada.

– ¿Qué va a pasar en los idus de marzo, anciano?

– ¡Tu vida correrá peligro!

– Te agradezco la advertencia -dijo César, y siguió caminando.

– No suele equivocarse -comentó Lucio con un escalofrío-. ¡César, te lo ruego, vuelve a llamar a tus lictores!

– ¿Y dejar que toda Roma se entere de que hago caso de los rumores y los viejos adivinos? ¿Admitir que tengo miedo? ¡Nunca! -exclamó César.

Atrapado en la red de sus propias maquinaciones, Cicerón no tuvo más remedio que sentarse en la tribuna de los espectadores mientras se decidían las leyes, las medidas políticas y los decretos senatoriales sin él. Lo único que tenía que hacer era entrar en la Curia, esperar a que su esclavo le abriera el banquillo y sentarse entre los cónsules superiores de los primeros bancos. Pero el orgullo, la obstinación y el odio a César Rex se lo impedían. Peor aún, desde la publicación de su Catón sentía toda la fuerza de la enemistad de César, y Ático también era bastante impopular ante César. Daba igual cómo lo hicieran, o por medio de quién lo hicieran, la cuestión era que los emigrantes pobres de las zonas más miserables de Roma continuaban llegando a raudales a la colonia que se había formado en las afueras de Butrotum.

Fue Dolabela el primero en decirle que corrían rumores sobre el asesinato de César.

– ¿Quién? ¿Cuándo? -preguntó ansiosamente.

– Precisamente, en realidad nadie sabe nada. Es el clásico rumor, en la línea «se dice», «he oído» y «hay algo en el aire», sin nada sólido en qué basarse. Sé que tú detestas a César, pero yo le soy muy leal -declaró Dolabela-, así que estoy vigilando estrechamente y escuchando aún más detenidamente. Si algo le ocurriera, me destrozaría, y Antonio se pondría como loco.

– ¿No se murmuran nombres, aunque sea sólo uno? -preguntó Cicerón.

– Ninguno.

– Me acercaré a ver a Bruto -dijo Cicerón, y acompañó a su antiguo yerno a la puerta.

– ¿Has oído algo de una conspiración para asesinar a César? -preguntó Cicerón a Bruto en cuanto le sirvieron la copa de vino con agua.

Ah, ¡eso! -dijo Bruto, un poco enojado.

– ¿O sea que hay algo de cierto? -preguntó ansiosamente.

– No, en absoluto, y eso es lo que me irrita. Por lo que sé, todo empezó porque ese loco de Matinio llenó toda Roma de pintadas ordenándome que matara a César.

– ¡Ah, sí, las pintadas! No las he visto, pero me lo han contado. ¿Eso es todo? ¡Qué decepción!

– Sí, ¿verdad?

Dictator perpetuus. Uno hubiera pensado que en Roma habría hombres con agallas suficientes para librarnos de César.

Los ojos oscuros de Bruto, más severos que antaño, se fijaron en los de Cicerón con cierta ironía.

– ¿Y por qué no nos libras tú de César? -preguntó Bruto.

– ¿Yo? -exclamó Cicerón, llevándose la mano al pecho de manera histriónica-. Mi querido Bruto, no es mi estilo. Yo los asesinatos los cometo con la pluma y la voz. A cada cual lo suyo.

– Tu ausencia del Senado ha silenciado tu pluma y tu voz, Cicerón, ése es el problema. No queda nadie que le aseste una puñalada verbal a César. Tú eras nuestra única esperanza.

– ¿Pretendes que entre en el Senado con ese hombre sentado en la silla del dictador? ¡Antes muerto! -afirmó Cicerón de modo categórico.

Se hizo una breve e incómoda pausa, que interrumpió Bruto.

– ¿Estarás en Roma hasta los idus?

– Desde luego. -Cicerón tosió suavemente-. ¿Cómo se encuentra Porcia?

– No está muy bien, no.

– En ese caso, confío en que tu madre sí esté bien.

– Sí, es incombustible, pero ahora mismo no está aquí. Tertula está embarazada y mi madre pensó que el aire del campo le haría bien, así que se han ido a Túsculo -contestó Bruto.

Cicerón partió, convencido de que Bruto se lo había quitado de encima, aunque no entendía por qué ni cómo.

En el Foro se encontró con Marco Antonio enfrascado en una conversación con Cayo Trebonio. Durante un instante pensó que no le harían caso, pero Trebonio lo miró y sonrió.

– Cicerón, ¡me alegro de verte! Te quedarás en Roma algún tiempo, ¿verdad?

Antonio, como de costumbre, gruñó algo, le estrechó brevemente la mano a Trebonio y se encaminó hacia el barrio de las Carinas.

– ¡Cómo detesto a ese hombre! -exclamó Cicerón.

– Es el típico perro que ladra pero no muerde -contestó Trebonio tranquilamente-. Su problema radica en su tamaño. Debe de ser difícil pensar que uno es un hombre normal cuando está, digamos, tan bien dotado.

Cicerón, famoso por su mojigatería, se sonrojó.

– ¡Es una vergüenza! -exclamó-. ¡Una auténtica vergüenza!

– ¿Te refieres a la Lupercalia?

– ¡Por supuesto que me refiero a la Lupercalia! ¿Cómo pudo exhibirse de esa forma?

Trebonio se encogió de hombros.

– Antonio es así.

– Y encima le ofreció a César una corona.

– Creo que, en realidad, lo habían acordado entre ellos de antemano. Así César pudo hacer grabar su repudio público de la corona en una placa de bronce que, según me han contado fuentes fidedignas, será colocada en su tribuna. En latín yen griego.

Cicerón de pronto vio a Ático que venía del barrio de Argiletum, se despidió de Trebonio y se marchó rápidamente.

Ya está, pensó Trebonio, encantado de haberse librado de un cotilla y entrometido como Cicerón. Antonio ya sabe cuándo y dónde será.

El decimotercer día de marzo César por fin encontró un momento para visitar a Cleopatra, que lo recibió con los brazos abiertos, besos y apasionadas muestras de afecto. Por muy cansado que estuviera César, ese miserable traidor que tenía entre las piernas insistía en obtener una gratificación inmediata, así que se retiraron a la alcoba de Cleopatra e hicieron el amor hasta bien entrada la tarde. Luego Cesarión quiso jugar con su tata, que disfrutaba con el pequeño cada vez más. Su hijo galo, el que había tenido con Rhianon, desapareció sin dejar rastro. También se parecía mucho a él, aunque César lo recordaba como un niño más bien corto de luces, incapaz de retener el nombre de los cincuenta hombres que estaban dentro de su caballo de Troya de juguete. César había encargado otro para Cesarión, comprobando con placer que el niño podía identificar a cada uno de los personajes después de una sola lección. Era un buen augurio, significaba que no era tonto.

– Únicamente me preocupa una cosa -dijo Cleopatra mientras cenaban.

– ¿Y qué es, mi amor?

– Sigo sin quedarme embarazada.

– Bueno, yo no he podido cruzar el Tíber tantas veces como habría querido -dijo él con tranquilidad-, y parece que no soy de esa clase de hombres que dejan preñadas a sus mujeres en cuanto se quitan la toga.