Consciente de que seguramente César abandonaría, Roma en cuanto concluyera la sesión del Senado de los, idus, Lepido había vuelto a casa temprano y se había, asegurado de que César asistiría a su cena la noche antes de los idus. También había invitado a Antonio, Dolabela, Bruto, Casio, Décimo, Bruto, Trebonio, Lucio Piso, Lucio César, Calvino y Filipo; asimismo había convidado a Cicerón, pero éste declinó su asistencia debido a su «grave estado de salud».
Para su sorpresa, el primero en llegar fue César.
– Mi querido César, pensé que serías el último en llegar y el primero en irte -dijo, recibiéndolo en el imponente atrio.
– Hay cierto método en mi locura, Maestro del Caballo -dijo César, señalando el séquito que lo seguía y que incluía a su médico egipcio-. Me temo que voy a ser imperdonablemente grosero porque pienso trabajar durante toda la cena; por eso he venido más temprano, para pedirte que me des el triclinio más pequeño a mí solo. Sienta a quien quieras en el locus consularis, y a mí ponme en un triclinio alejado donde pueda leer, escribir y dictar, sin distraer a tus invitados.
Lepido se lo tomó con tranquilidad y buen humor. -Tus deseos son órdenes, César -dijo, conduciendo al incómodo huésped de honor al comedor-. Traeré un quinto triclinio y tú elegirás el que quieras.
– ¿Cuántos seremos?
– Doce, incluidos tú y yo.
– Edepol! Eso significa que tendrás a sólo dos hombres en uno de los triclinios.
– No te preocupes, César. Antonio puede estar conmigo en mi triclinio, en el locus consularis, y no pondré a nadie entre nosotros -dijo Lepido con una sonrisa-. Antonio es tan grande que tres individuos en el mismo triclinio estarían demasiado apretados.
– En realidad, da igual -dijo César, mientras los sirvientes traían un triclinio y lo ponían más allá del triclinio solitario que estaba a la izquierda del lectus medio, perteneciente al anfitrión, situado en el lado inferior de la «U»-. Éste me viene perfecto. Aquí tengo espacio de sobra para desparramar mis papeles y, si no es demasiada molestia, por favor pide que pongan una silla detrás para mi secretario. Recibiré a los hombres de uno en uno. Los demás pueden esperar fuera.
– Pediré que les traigan sillas confortables y comida en abundancia -dijo Lepido, y salió rápidamente para llamar a su mayordomo.
Así, cuando los demás comenzaron a llegar, encontraron a César instalado en el más humilde de los triclinios, con un secretario sentado en una silla detrás de él y el resto del triclinio cubierto de pilas de papeles y pergaminos.
– ¡Pobre Lepido! -dijo Lucio César, con un brillo irónico en los ojos-. Deberías ponernos a Calvino, Filipo y a mí justo delante de este individuo grosero. Ninguno de nosotros es lo suficientemente tímido como para dejarlo en paz y, ¿quién sabe?, a lo mejor hasta habla un poco con nosotros.
Cuando llegó el primer plato, Marco Antonio y Lepido se recostaron los dos solos en el lectus medio; Dolabela, Lucio Piso y Trebonio se instalaron a su derecha, y Filipo, Lucio César y Calvino un poco más allá. A la izquierda estaban Bruto, Casio y Décimo Bruto, y, a su lado, César.
Naturalmente, a ninguno de los comensales le sorprendió la diligencia de César, de modo que La comida y la conversación transcurrieron alegremente, ayudados por un excelente Falerno blanco para acompañar un primer plato, ligero, de pescado; un espléndido Chian tinto para acompañar el segundo plato, más sustancioso, de carne, y un vino ligeramente efervescente y dulce, de Alba Fucentia, para acompañar los postres y los quesos que conformaron el tercer y último plato.
Filipo se extasió ante el nuevo postre que los cocineros de Lepido habían preparado: una mezcla gelatinosa de nata, miel, puré de fresas tempranas, yemas de huevo y las claras batidas a punto de nieve, todo lo cual se había congelado en un molde en forma de pavo real y decorado con nata batida y teñida de color rosado, verde, azul, lila y amarillo con los zumos de hojas y pétalos.
– Al probar esto -murmuró-, reconozco que mi ambrosía Monte Ficcello es excesivamente empalagosa. ¡Esto es perfecto! ¡Una verdadera ambrosía! César, ¡pruébalo!
César levantó la mirada, sonrió, tomó una cucharada y puso cara de sorprendido.
– ¡Tienes razón, Filipo, sí que es una ambrosía! Cláusula número diez: «Se prohíbe vender, trocar, regalar o disponer de cualquier modo de los vales de grano gratuitos, el culpable será obligado a echar cal durante cincuenta nundinae en las tumbas de los pobres de la necrópolis.» -Tomó otra cucharada-. ¡Excelente! Seguro que mi médico lo aprobaría. Cláusula número once: «Al morir el poseedor de un vale de grano gratuito, éste debe ser devuelto al puesto del edil de la plebe junto con el certificado de defunción…»
– Creí que la ley sobre la distribución del grano gratuito ya estaba en vigor, César -observó Décimo Bruto.
– Sí, lo está, pero al releerla me pareció muy ambigua. Las mejores leyes, Décimo, no tienen agujeros.
– Me encanta el castigo -señaló Dolabela-. Echar cal en una fosa común hedionda disuade a cualquiera de casi cualquier cosa.
– Bueno, tenía que encontrar algo que fuera realmente disuasorio, cosa nada fácil cuando la gente no tiene dinero para pagar multas y tampoco propiedades para embargar. Los poseedores de vales son muy pobres -explicó César.
– Ahora que estás con nosotros un momento, respóndeme a una pregunta -dijo Dolabela-: He observado que deseas cien piezas de artillería por legión para la campaña contra los partos. Ya sé que eres un ardiente defensor de la artillería, César, pero ¿no crees que es un poco excesivo?
– Catafractas-dijo César.
– ¿Catafractas? -preguntó Dolabela, frunciendo el entrecejo.
– La caballería parta se cubre con unas cotas de malla metálica desde la cabeza hasta los pies -explicó Casio, que había visto a miles de ellos en el río Bilechas-. Montan unos caballos gigantes que también llevan cotas de malla.
– Sí, me acordé de que en tu informe para el Senado, Casio, decías que no pueden cargar a pleno galope, y pensé que si reciben un intenso fuego de artillería al principio de la batalla, sufrirán graves pérdidas -explicó César, pensativo-. También se podría atacar el convoy de camellos que lleva las flechas de repuesto a la caballería de arqueros partos. Si me equivoco, tendré que almacenar el sobrante de la artillería, pero no creo estar equivocado.
– Tampoco yo lo creo -reconoció Casio, impresionado.
Antonio, que odiaba las cenas de hombres solos a las que asistían los más estirados de entre sus pares, escuchaba la conversación mientras observaba pensativamente a los tres hombres del lectus imus, a su izquierda -Bruto, Casio y Décimo Bruto- y luego a César. ¡Mañana, mi querido primo, mañana! Mañana estarás muerto a manos de estos tres hombres y ese nunca bien ponderado genio que está frente a ellos, Trebonio. Está decidido a que suceda y sucederá. ¿Has visto alguna vez una cara más abatida que la de Bruto? ¿Por qué se habrá metido él también en esto si está tan aterrorizado? Seguro que él no clavará el puñal.
– Volviendo al tema de los pozos de cal, las necrópolis y la muerte -dijo de pronto Antonio en voz alta-. ¿Cuál es el mejor modo de morir?
Bruto se sobresaltó, palideció y soltó la cuchara.
– En la batalla -contestó Casio al instante.
– Durmiendo -apuntó Lepido, recordando a su padre, que tras verse obligado a divorciarse de la mujer a quien adoraba, se consumió lentamente.
– ¡Simplemente de viejo! -dijo Dolabela, soltando una carcajada.