– He pensado que quizá visitarías a Calvino camino del Senado, y me gustaría verlo -dijo Décimo tranquilamente-. Si aparezco allí yo solo, es probable que me rechace. Pero si aparezco contigo, no podrá rechazarme.
– Muy astuto. -César se rió. Miró a Calpurnia enarcando las cejas-. Gracias, querida, tengo trabajo.
– Décimo, cuida de él -rogó ella desde la puerta.
Décimo le dirigió una amplia sonrisa, una sonrisa reconfortante.
– No te preocupes, Calpurnia, te prometo que cuidaré de él.
Dos horas más tarde los dos salieron de la Domus Publica para subir por la Escalinata Vestal hacia el Palatino, seguidos por un gran número de partidarios. Cuando doblaron la esquina de la casa para dirigirse hacia las aedes de Vesta, pasaron ante el viejo Espurina, sentado en su sitio de siempre junto a la Puerta de los Testamentos.
– ¡César, guárdate de los idus de marzo!
– Los idus de marzo han llegado, Espurina, y como ves estoy perfectamente -contestó César, y se echó a reír.
– Los idus de marzo, sí, pero aún no han terminado.
– Viejo necio -masculló Décimo.
Espurina es muchas cosas, Décimo, pero eso no -aseguró César.
Al pie de la Escalinata Vestal la multitud se apiñó para seguirles; una mano le tendió una nota a César. Décimo la interceptó y se la guardó dentro de la toga.
– No nos detengamos -dijo-. Más tarde te la daré para que la leas.
En casa de Cneo Domitio Calvino los dejaron entrar y los llevaron directamente hasta donde se hallaba Calvino, tendido en un triclinio de su estudio.
– Tu médico egipcio es una maravilla, César -dijo Calvino al verles-. ¡Décimo, qué placer!
– Tienes mejor aspecto que anoche-dijo César. -Me encuentro mucho mejor.
– No nos quedaremos, pero necesitaba verte con mis propios ojos, viejo amigo. Lucio y Piso dicen que van a saltarse la sesión de hoy para venir a hacerte compañía, pero si te cansan, échalos. ¿Cuál fue el problema?
– Un espasmo en el corazón. Hapd'efan'e me dio un extracto y mejoré casi en el acto. Me dijo que el corazón…, bueno, la palabra que utilizó fue «revoloteaba»…, una palabra muy evocadora. Por lo visto tengo algún fluido acumulado en torno a este órgano.
– Siempre y cuando te recuperes lo suficiente para ser Maestro del Caballo… Lepido parte hoy hacia la Galia Narbonesa, así que habrá un ausente más en la Cámara. Tampoco estará Filipo, que ayer cometió un exceso. ¡Él y sus ambrosías! Así que temo que los bancos delanteros estén algo vacíos en mi última aparición -dijo César.
Sorprendentemente, se inclinó para besar a Calvino en la mejilla.
– Cuídate.
Dicho esto se marchó, seguido por Décimo Bruto.
Calvino se quedó con el entrecejo fruncido; cerrando los párpados, se adormeció.
Cuando pasaban por el Circus Flaminius, sorteando los charcos, Décimo habló:
– César, ¿puedo avisar de que llegamos?
– Naturalmente.
Uno de los criados de Décimo partió de inmediato.
Cuando entraron en la columnata, encontraron a unos cuatrocientos senadores en el jardín, unos leyendo, otros dictando a escribas, otros tendidos en la hierba durmiendo, otros charlando y riendo en corrillos.
Marco Antonio se acercó a recibirlos y estrechó la mano a César.
– Ave, César. Pensábamos ya que no vendrías, cuando ha llegado corriendo el mensajero de Décimo.
César soltó la mano de Antonio y le dirigió una fría mirada dando a entender que si el dictador llegaba tarde sólo era asunto suyo, y subió por la escalera de la Curia Pompeya, seguido por dos criados, uno con su silla curul de marfil y una mesa plegable, y el otro con tablillas de cera y un saco lleno de pergaminos. Colocaron la silla y la mesa en la parte delantera del estrado curul, y, a indicación de César, se marcharon. Viendo correctamente colocadas la mesa y la silla, César fue vaciando el saco, colocando los pergaminos ordenadamente uno encima del otro en el extremo de la mesa. Y después se sentó con las tablillas de cera apiladas a su izquierda y una púa de acero junto a ellas por si deseaba tomar alguna nota.
– Ya está trabajando -dijo Décimo, reuniéndose con los otros veintidós al pie de la escalera-. Dentro hay unos cuarenta pedarii, ninguno cerca del extremo curul. Trebonio, es hora de actuar.
Trebonio fue de inmediato junto a Antonio, quien había decidido que la mejor manera de mantener fuera a Dolabela era quedarse con él y hacer el esfuerzo de comportarse amablemente. Sus lictores, doce por cada uno, estaban a cierta distancia, con las fasces (que pertenecían al superior, Dolabela, ya que era marzo) en el suelo. Aunque la asamblea se celebraba fuera del pomerium, el lugar estaba a cosa de un kilómetro de la ciudad, así que los lictores iban togados y no llevaban hacha en su haz de varas.
A Trebonio se le había ocurrido un refinamiento durante la noche, y lo puso en práctica tan pronto como entró Bruto con sus seis lictores. Por respeto a César, que no llevaba lictores desde hacía ya unas nundinae, todos los pretores y los dos ediles curules despedirían a sus lictores y asistirían a la sesión sin ellos. Ninguno objetó cuando Casio se lo planteó a los demás magistrados curules. Los lictores de ediles y pretores, contentos ante ese imprevisto día de descanso, volvieron rápidamente a su colegio, que se encontraba detrás de la posada del Clivus Orbius, y por tanto muy a mano para los lictores sedientos.
– Quédate fuera conmigo un rato -dijo Trebonio alegremente a Antonio-. Necesito hablar contigo.
Dolabela había visto a un amigo jugando a los dados con otros dos. Haciendo una señal a sus lictores para indicarles que aún tenían tiempo libre, fue a sumarse a la partida de dados; tenía la corazonada de que era un día de suerte.
Mientras Antonio y Trebonio estaban absortos en su conversación al pie de la escalera, Décimo guió hasta el interior a los Libertadores. Si alguno de los senadores que quedaban en el jardín los hubiera observado, quizá le había extrañado la gravedad de sus rostros, la actitud ligeramente furtiva que habrían adoptado inconscientemente; pero ninguno los miró.
Rezagándose, Bruto notó un tirón en la toga, y al volverse vio a uno de sus criados domésticos, enrojecido y jadeante.
– Sí, ¿qué pasa? -preguntó, alegrándose de que algo retrasara su participación en un tiranicidio.
– ¡Domine, la señora Porcia!
– ¿Qué le ocurre?
– ¡Ha muerto!
El mundo no se sacudió ni se balanceó ni giró. Bruto miró incrédulo al esclavo.
– Tonterías -dijo.
– ¡Domine, está muerta! ¡Juro que está muerta!
– Explícame qué ha pasado -ordenó Bruto con serenidad.
– Se encontraba en un estado horrible, corriendo de un lado a otro como una demente, gritando que César había muerto. -¿No la ha visitado Atilio Estilo?
– Sí, domine, pero se ha enfadado y se ha ido al negarse ella a tomar la poción que le había preparado.
– ¿Y?
– Se ha desplomado, muerta. Epafrodito no ha encontrado señales de vida…, nada. Está muerta. Muerta. Domine, ven a casa. Por favor, ven a casa.
– Dile a Epafrodito que iré en cuanto pueda -dijo Bruto, apoyando un pie en el primer peldaño-. No está muerta, te lo prometo. La conozco. Es un desmayo.
Subió el siguiente peldaño, dejando atrás al esclavo, boquiabierto.
La sala, con capacidad suficiente para seiscientas personas apretadas, parecía muy vacía pese a que unos cuantos senadores de los bancos traseros ya se habían sentado, hombres estudiosos que aprovechaban cualquier oportunidad para leer. Ninguno había colocado su asiento en el lado del estrado curul, ya que la luz de una serie de rejas del triforio entraba a raudales cerca de las puertas exteriores, pero los lectores estaban distribuidos de manera bastante regular entre los dos lados de la Cámara, en la grada superior derecha y la grada superior izquierda. Muy bien, pensó Décimo, guiando a su grupo. Echando un vistazo atrás vio que Bruto aún no había entrado. Se ha acobardado, ¿no?