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Lucio notó una sensación de frío cada vez mayor en la boca del estómago.

– ¿Formaba Antonio parte de la conspiración?

– Unos dicen que sí, otros dicen que no, pero Lucio Piso no lo cree, como tampoco Filipo. No hay razón real para suponerlo, Lucio, si Trebonio se ha visto obligado a quedarse fuera para entretenerlo. Matio sollozó y rompió a llorar otra vez-. Lucio, ¿qué vamos a hacer? Si César, con su talento, no encontró un camino para salir de esta situación, ¿quién queda para intentarlo? ¡Estamos perdidos!

Servilia había tenido un día especialmente irritante, entre Tertula, que seguía encontrándose mal, y la partera tusculana local, que había desaconsejado el agitado viaje de regreso a la sucia y malsana ciudad; Tertula estaba segura de que abortaría. Así que Servilia viajó sola, y llegó a Roma después de anochecer.

Al pasar de largo ante el portero, ni siquiera se dio cuenta de que éste tenía ya los labios separados para darle un mensaje. Desfiló con sus cortas piernas por el lado de las mujeres de la columnata, sintiéndose ofendida por las voces jubilosas que llegaban de las tres habitaciones situadas en el lado opuesto, donde vivían aquellos filósofos, unos parásitos inútiles, y que sin duda estaban otra vez borrachos. Si de ella dependiera, estarían en lo alto del vertedero cercano a las fosas de cal del Ager. O mejor aún colgando de tres cruces entre los rosales del peristilo.

Seguida a la carrera por su doncella, entró en sus propios aposentos y echó al suelo su voluminoso hatillo; consciente de que tenía la vejiga a punto de reventar, dudó si volver a la letrina para vaciarla, pero finalmente se encogió de hombros y siguió adelante hacia el pasillo que comunicaba el comedor con el estudio de Bruto para buscar a su hijo. Los candiles estaban todos encendidos. Epafrodito fue a recibirla, retorciéndose las manos.

– ¡No me digas! -exclamó ella con malhumor-. ¿Qué ha hecho ahora esa dichosa muchacha?

– Esta mañana pensábamos que estaba muerte, domina, y hemos enviado a buscar al señor a la Curia Pompeya, pero él tenía razón. Ha dicho que era un desmayo, y eso era.

– ¿Así que ha pasado todo el día sentado junto a su cama en lugar de ir a la Cámara?

– Todo lo contrario, domina. Ha mandado un mensaje con el criado diciéndonos que era sólo un desmayo, y no ha vuelto a casa. -Epafrodito rompió a llorar ruidosamente-. ¡Oh, y ahora no puede venir a casa! -se lamentó.

– ¿Cómo que no puede venir a casa?

– No puede porque César está muerto -gritó Porcia, que apareció de pronto-, y mi Bruto…, mi Bruto… lo ha matado.

Servilia quedó paralizada a causa de la conmoción. Permaneció inmóvil notando cómo el chorro de orina descendía entre sus piernas, con los ojos fuera de las órbitas, sin respiración.

– César está muerto -repitió Porcia-. Mi padre ha sido vengado. Tu amante ha muerto porque tu hijo lo ha matado. Y yo induje a Bruto a hacerlo…, yo lo induje.

Recuperada la capacidad de movimiento, Servilia se abalanzó sobre Porcia y le golpeó con el puño. Porcia se desplomó, y Servilia la agarró por el pelo con las dos manos, la arrastró hasta el charco de orina, y le restregó la cara en él hasta que ella volvió en sí, tosiendo.

– Meretrix mascula! Femina mentula! ¡Mugrienta y miserable verpa!

Porcia se levantó y atacó a Servilia con uñas y dientes. Las dos, entrelazadas en colérico y silencioso combate, se balanceaban mientras Epafrodito pedía ayuda a gritos. Hicieron falta seis hombres para separarlas.

– ¡Encerradla en su habitación! -ordenó Servilia jadeando, muy complacida porque ella había salido ganando. Porcia sangraba y estaba cubierta de arañazos y mordiscos, con la ropa hecha jirones-. ¡Vamos, obedeced! Obedeced o haré que os crucifiquen.

Los tres filósofos habían salido de sus habitaciones, pero ninguno se atrevió a acercarse, y ninguno protestó mientras se llevaban a Porcia a rastras a su habitación y la encerraban dentro bajo llave.

– ¿Qué miráis? -preguntó a los filósofos la señora de la casa-. ¿Acaso estáis deseando colgar de una cruz, sanguijuelas empapadas en vino?

Los tres volvieron de inmediato a sus aposentos. Epafrodito, en cambio, permaneció donde estaba: cuando Servilia entraba en aquellos estados, era mejor procurar que se le pasara.

– ¿Es verdad lo que ha dicho, Dito?

– Eso me temo, domina. El señor Bruto y los otros han solicitado asilo en el templo de Júpiter óptimo Máximo.

– ¿Los otros?

– Eran unos cuantos, parece. Cayo Casio es también un asesino.

Ella se tambaleó y se agarró al mayordomo.

– Ayúdame a llegar a mi habitación, y haz que limpien esto. Tenme informada, Dito.

– Sí, domina. ¿Y qué hacemos con la señora Porcia?

– Que se quede donde está. Sin comida ni bebida. ¡Que se pudra!

Una vez que hubo salido la doncella, Servilia cerró de un portazo, y se dejó caer en un triclínio, llena de dolor. ¿César, muerto? No, no podía ser. Pero así era. Catón, Catón, Catón, ¡ojalá tengas que empujar rocas en el Tártaro por toda la eternidad! Eres tú el único culpable. Eres tú quien lo ha ensuciado todo, tú quien metió a Bruto en la cabeza la idea de casarse con ella, tú y la mentula que te engendró sois quienes habéis arruinado mi vida. ¡César, César! ¡Cuánto te he amado! Siempre te amaré, no puedo apartarte de mi mente.

Se recostó y cerró los ojos, soñando primero cómo mataría a Porcia… ¡Ése sería un gran día! Luego, abriendo los ojos, con una mirada negra y feroz, se concentró en un problema mucho más importante. cómo salvar a Bruto de aquella delirante catástrofe, cómo asegurarse de que la familia Servilio Cepio y la familia junio Bruto salían de aquel desastre con la fortuna y la reputación intactas. César había muerto, pero la ruina de la familia no haría que él volviera a su lado.

– Hace dos horas que ha anochecido -dijo Antonio a Fulvia-. Ahora ya no habrá peligro.

– ¿Peligro de qué? -preguntó Fulvia, cuyos ojos de un azul violáceo se nublaron en la penumbra-. Marco, ¿qué vas a hacer?

– Voy a ir a la Domus Publica.

– ¿Por qué?

– Para comprobar con mis propios ojos que realmente ha muerto.

– ¡Claro que ha muerto! Si no fuera así, alguien habría venido a decírtelo. Quédate, por favor. No me dejes sola.

– No te pasará nada.

Y se fue, con una capa de invierno sobre los hombros.

Un selecto barrio de grandes mansiones, las Carinas eran una estribación del monte Esquilino que descendía hasta el Foro, separada de los humeantes baños públicos por varios santuarios y por un robledal. Así pues, Antonio no tenía que recorrer una gran distancia. Los faroles parpadeaban a lo largo de la Sacra Vía hasta el Foro. La calle estaba atiborrada de peatones que se dirigían hacia el centro de Roma para esperar noticias sobre César. Embozado, Antonio se mezcló con la multitud y siguió adelante. Algunos iban a la parte baja del Foro, pero la zona que rodeaba la Domus Publica estaba abarrotada. Se vio obligado a abrirse paso entre la muchedumbre y aporrear la puerta de la residencia del pontífice de un modo menos discreto del previsto. Pero nadie hizo ademán de impedírselo. La mayoría de la gente lloraba desconsoladamente, y todos eran romanos corrientes. Ningún senador aguardaba frente a la casa de César.

Al verlo, Trogo abrió la puerta sólo lo suficiente para dejarlo entrar y cerró rápidamente. Lucio Piso estaba detrás de él, con una adusta expresión en su moreno rostro.

– ¿Está aquí? -preguntó Antonio, lanzando la capa a Trogo.

– Sí, en el templo -dijo Piso-. Ven.

– ¿Y Calpurnia?

– Mi hija se ha acostado. Ese extraño individuo egipcio le ha preparado una poción para dormir.