La asamblea se disolvió después de resolver que el gobierno debía continuar bajo los auspicios de Marco Antonio, Publio Cornelio Dolabela y los pretores; y con un senatus consultum según el cual los Libertadores, todos ellos patriotas, debían quedar impunes.
Desde el templo de Tellus, los magistrados superiores, junto con Allo Hirtio, Cicerón y atrás treinta personas, fueron al templo de Júpiter óptimo Máximo. Allí Antonio informó a los Libertadores, sucios y sin afeitar, que el Senado había decretado una amnistía general y se les eximía del castigo. Fue un alivio. Entonces todo el grupo subió a la tribuna del Foro y sus componentes se estrecharon las manos públicamente ante las miradas taciturnas de la multitud que observaba en silencio. Una multitud ni a favor ni en contra. Pasiva.
– Para consolidar nuestro pacto -dijo Antonio cuando abandonaba la tribuna-, propongo que cada uno de nosotros invite hoy a cenar a un Libertador. Casio, ¿serás mi convidado?
Lepido invitó a Bruto; Aulo Hirtio a Décimo Bruto; Cicerón a Trebonio, y así sucesivamente hasta que todos los Libertadores recibieron una invitación a cenar esa noche.
– ¡No me lo puedo creer! -exclamó Casio a Bruto mientras subían por la Escalera Vestal-. Estoy totalmente libre.
– Sí -dijo Bruto con aire ausente. Acababa de recordar que quizá Porcia hubiera muerto. Desde que se había separado del esclavo para entrar en la Curia Pompeya era la primera vez que se acordaba de ella. Pero, claro, estaba viva. Si hubiera muerto, Cicerón se lo habría dicho.
Servilia lo recibió poco más allá de la portería, allí plantada como debió de estarlo Clitemnestra después de matar a Agamenón. Sólo le faltaba el hacha. Una Clitemnestra, eso es mi madre.
– He encerrado bajo llave a tu esposa -le dijo a modo de saludo.
– ¡Madre, no puedes hacer eso! Ésta es mi casa -se quejó él.
– Ésta es mi casa, Bruto, y lo será hasta el día en que me muera. Ese monstruoso súcubo no es asunto mío, aunque sea mi nuera. Te indujo a asesinar a César.
– He liberado a Roma de un tirano -dijo él, deseando con toda su alma recibir, al menos por una vez, un halago de ella. Deseos vanos, Bruto, eso nunca ocurrirá-. El Senado ha decretado una amnistía para los Libertadores, así que aún soy pretor urbano. Todavía conservo mi riqueza y mis propiedades.
Servilia se echó a reír.
– ¿No irás a decirme que te has creído eso?
– Es un hecho, madre.
– El asesinato de César es un hecho, hijo mío. Los decretos senatoriales no valen siquiera el papel en que están escritos.
Décimo Bruto tenía tal caos en la cabeza que dudaba de su cordura. Eso significaba que estaba desquiciado. Que había sentido el pánico: ¡Pánico! ¡Él, Décimo junio Bruto, presa del pánico! Él, veterano de muchas batallas, de muchas situaciones con peligro de muerte, había contemplado el cadáver de César y se había dejado llevar por el pánico. Él, Décimo junio Bruto, había huido.
Ahora iba a cenar con otro veterano de la guerra de las Galias: el guerrero amanuense Aulo Hirtio, tan bueno con la pluma como con la espada, indiscutiblemente el seguidor más leal de César. Al año siguiente Hirtio sería cónsul con Vibio Pansa si se cumplía el dictado de César. Pero Hirtio es un campesino, un don nadie. Yo soy Junio Bruto, un Sempronio Tuditano. La lealtad es algo que me debo en primer lugar y ante todo a mí mismo. Y a Roma, naturalmente, de más está decirlo. Maté a César porque estaba arruinando la Roma de mis antepasados, creando una Roma que ninguno de nosotros quería. ¡Décimo, deja de engañarte! ¡Estás volviéndote loco! Mataste a César porque era tan superior a ti que te diste cuenta de que la única manera de que los hombres llegaran a recordar tu nombre era matándolo. Ésa es la verdad. Saldrás en los libros de historia gracias a César.
Le fue difícil mirar a Hirtio a los ojos, de un color indefinido entre gris, azul y verde, de expresión tranquila pero severa; la severidad era lo que predominaba, pero Hirtio le tendió la mano cordialmente y lo hizo pasar a su acogedora casa, comprada, como la de Décimo, con la parte del botín de la Galia Trasalpina. Cenaron solos, un gran alivio para Décimo, que temía la presencia de otros.
Finalmente, una vez retirado el último plato y desaparecidos los criados, quedando sólo el agua y el vino, Hirtio se volvió en su lado del triclinio para ver a Décimo con mayor comodidad.
– Os habéis metido en un buen lío -dijo mientras servía vino sin aguar.
– ¿Por qué dices eso, Aulo? Los Libertadores hemos sido amnistiados. Las cosas seguirán como siempre.
– Me temo que no. Se han puesto en marcha cosas que no pueden seguir igual porque no existían. Son completamente nuevas. Sobresaltado, Décimo derramó un poco de vino. -No te entiendo.
– Acompáñame y te lo enseñaré.
Hirtio bajó los pies del triclinio y los enfundó en unas zapatillas sin talón.
Perplejo, Décimo lo siguió. Atravesaron el atrio y salieron a la galería, que tenía una excelente vista de la parte baja del Foro. El sol aún no se había puesto y se veía claramente la muchedumbre. Hasta donde llegaba la vista, masas y masas de gente, allí de pie, casi sin moverse, casi sin hablar.
– ¿Y? -preguntó Décimo.
– Hay allí muchas mujeres, pero mira a los hombres. Míralos con atención. ¿Qué ves?
– Hombres -contestó Décimo, cada vez más perplejo.
– Décimo, ¿de verdad ha pasado tanto tiempo? ¡Míralos! La mitad de los hombres de esa multitud son soldados viejos, los antiguos soldados de César. Viejos como soldados, si bien no por su edad. Tienen veinticinco, treinta, treinta y cinco años, pero no más. Viejos y sin embargo aún jóvenes. Por toda Italia corre la voz de que César ha sido asesinado, y han venido a Roma para su funeral. Millares de ellos. La Cámara ni siquiera ha fijado una fecha para el funeral todavía, pero fíjate cuántos hay ya. Cuando el cuerpo de César sea incinerado, los hombres de Lepido estarán en clara inferioridad numérica. -Estremeciéndose, Hirtio se dio media vuelta-. Hace frío. Volvamos a entrar.
De nuevo en el triclinio, Décimo se bebió de un trago media jarra de vino y luego miró a Hirtio con serenidad.
– ¿Quieres mi sangre, Aulo?
– Lamento mucho la muerte de César -contestó Hirtio-. Era mi amigo y benefactor. Pero no se puede volver atrás. Si los que quedamos no nos unimos, habrá otra guerra civil, y eso Roma no puede permitírselo. -Hirtio suspiró y prosiguió-: Pero somos gente educada, rica, privilegiada y hasta cierto punto objetiva. Tenéis que preocuparos de los veteranos, Décimo, no de hombres como yo o Pansa, por más que amáramos a César. Yo no quiero tu sangre, pero los veteranos sí la querrán. Y si los veteranos la quieren, quienes ocupan el poder tendrán que complacerlos. En cuanto los veteranos empiecen a reclamar vuestra sangre, lo mismo hará Marco Antonio.
Décimo sintió un sudor frío.
– Exageras.
– No, no exagero. Tú serviste con César. Sabes lo que sentían sus soldados por él. Era amor puro y simple. Incluso los sublevados. En cuanto acabe el funeral, se pondrán violentos, y también Antonio. O si no Antonio, algún otro con poder. Dolabela, por ejemplo, o Lepido, esa escurridiza anguila. O alguien que no tenemos en cuenta porque ha estado esperando entre bastidores.
Décimo bebió más vino y se sintió mejor.
– Me quedaré en Roma -masculló, casi para sí.
– Dudo que te dejen quedar en Roma. El Senado renegará de la amnistía porque lo exigirán el pueblo y los veteranos. El pueblo llano adoraba también a César; él era uno de ellos. Y cuando llegó a la cumbre no los olvidó, siempre tuvo unas palabras de ánimo para ellos, siempre se detuvo a escuchar sus quejas. ¿Qué significa el concepto abstracto de libertad política para un hombre o una mujer de Subura. Décimo, dímelo? Sus votos ni siquiera cuentan en la elección de las centurias o la Asamblea de la Plebe. César era uno de ellos. Ninguno de nosotros lo ha sido nunca ni lo será.