– Me sorprende que no lo hayas obligado a quedarse en su mitad, le guste o no -comentó Agripa.
– Si lo hago, irá directo al tribunal de legados y me acusará de crear problemas, y no puedo permitirme una reputación de persona conflictiva. No conocéis a ese Mecenas: tiene contactos en todas las altas esferas.
– Mecenas -repitió Octavio pensativamente-. Un nombre extraordinario. Diría que se remonta a los etruscos. Tengo curiosidad por conocer a ese Cayo Mecenas.
– Una magnífica idea -convino Agripa-. Vamos.
– No -dijo Octavio-, preferiría ocuparme yo personalmente. Vosotros dos podéis dedicar el día a pasear o ir a comer al campo.
Así pues, cuando Cayo Octavio entró solo en la habitación de uno de los edificios destinados a los tribunos militares subalternos, Cayo Mecenas apartó la vista de la hoja que estaba escribiendo con cara de perplejidad.
Las cuatro, quintas partes del espacio contenían los enseres de Mecenas: una buena cama con un colchón de plumas, casilleros portátiles llenos de pergaminos enrollados y papeles, una mesa de nogal con taracea de excelente marquetería, una butaca a juego, un triclinio y una mesa baja para comer, una consola para el vino, el agua y tentempiés, un camastro para su ayuda de cámara y una docena de grandes baúles de madera y hierro.
El dueño de todo aquello tenía un aspecto muy poco marcial. Mecenas era bajo, regordete y feo; vestía una túnica de un caro tejido de lana y calzaba unas zapatillas de fieltro. Tenía el cabello oscuro y lo llevaba exquisitamente cuidado, sus ojos eran oscuros, y en sus húmedos labios rojos se veía un mohín permanente.
– Saludos -dijo Octavio, sentándose en un baúl.
Obviamente, Cayo Mecenas advirtió a simple vista que se encontraba ante un igual, ya que se levantó con una sonrisa de bienvenida.
– Saludos. Yo soy Cayo Mecenas.
– Y yo Cayo Octavio.
– ¿De los Octavios cónsules?
– La misma familia, sí, pero de una rama distinta. Mi padre murió siendo pretor cuando yo tenía cuatro años.
– ¿Vino? -ofreció Mecenas.
– Gracias, pero no. No bebo vino.
– Lamento no poder ofrecerte una silla, Octavio, pero tuve que sacar de la habitación mi silla para los invitados para dejar sitio a un palurdo picentino.
– ¿Te refieres a Quinto Salvidieno?
– El mismo. ¡Bah! -dijo Mecenas con aversión-. No tiene dinero y sólo lo acompaña un criado. De él pocas aportaciones conseguiré para celebrar cenas decentes.
– César tiene un alto concepto de él -dijo Octavio como sin darle importancia.
– ¿De un don nadie picentino? ¡Tonterías!
– Las apariencias engañan. Salvidieno capitaneó la carga de la caballería en Munda y ganó nueve phalerae de oro. Se unirá al séquito personal de César cuando nos pongamos en marcha. -¡Qué cómodo resultaba tener más información que los demás en cuestiones de mando!, pensó Octavio, cruzando las piernas y entrelazando los dedos en torno a una rodilla. Con delicadeza preguntó-: ¿Tienes experiencia militar?
Mecenas se sonrojó.
– Fui el contubernalis de Marco Bibulo en Siria -contestó.
– ¡Ah, un republicano!
– No. Bibulo era amigo de mi padre, sencillamente -dijo Mecenas un tanto tenso-. Decidimos quedarnos al margen de la guerra civil, así que regresé de Siria a mi casa de Arretio. Sin embargo, ahora que Roma está más tranquila, tengo intención de dedicarme a la vida pública. Mi padre pensó que sería… esto… conveniente… que adquiriera más experiencia militar en una guerra extranjera. Así que aquí estoy -concluyó con displicencia-, en el ejército.
– Pero has empezado con mal pie -dijo Octavio.
– ¿Con mal pie?
– César no es Bibulo. En su ejército, los altos rangos tienen pocos privilegios. Los legados superiores como su sobrino Quinto Pedio no viajan con el lujo que yo veo aquí. Seguramente tienes también una cuadra de caballos, pero como César va a pie, los demás también caminan, incluso sus legados superiores. Un caballo para la batalla es obligatorio, pero tener más de uno está mal visto. Como también lo está un gran carromato lleno de pertenencias personales.
Los ojos húmedos de Mecenas permanecían fijos en aquel insólito joven con una expresión cada vez más aturdida, mientras su cara se iba sonrojando.
– ¡Pero yo soy un Mecenas de Arretio! Mi ascendencia me obliga a poner de relieve mi posición.
– No en el ejército de César. Fíjate en su ascendencia.
– ¿Quién te has creído que eres para criticarme?
– Un amigo a quien le gustaría ver que no sigues con mal pie -respondió Octavio-. Si Ventidio ha decidido que tú y Salvidieno debéis compartir habitación, continuaréis compartiéndola durante muchas lunas. La única razón por la que Salvidieno no te ha molido a palos es que no quiere ganarse la reputación de hombre conflictivo antes de iniciarse la campaña. Piénsalo bien, Mecenas -prosiguió Octavio en tono persuasivo-. En cuanto hayamos entrado en acción un par de veces, Salvidieno gozará aún más que ahora de la estima de César. Cuando eso ocurra, te molerá a palos. Quizá bajo tu blanda apariencia seas un gran militar, pero lo dudo.
– ¿Tú qué sabes? ¡Eres sólo un niño!
– Sí, pero no ignoro qué clase de general, o de hombre, es César. Estuve con él en Hispania, ¿sabes?
– ¡Un contubernalis!
– Exactamente. Y más importante aún, uno que conoce su lugar. No obstante, me gustaría que reinara la paz en nuestro pequeño rincón de la campaña de César, lo cual significa que tú y Salvidieno tendréis que aprender a llevaros bien. Salvidieno nos importa mucho. Tú eres un esnob mimado -comentó Octavio cordialmente-, pero por alguna razón me caes bien. -Señaló con la mano los centenares de pergaminos-. Por lo que veo, eres un hombre de letras, no de armas. Si sigues mi consejo, cuando llegue César, le solicitarás un puesto de secretario entre sus ayudantes personales. Cayo Trebatio no viene con él, así que puedes ascender en la carrera pública como hombre de letras con la ayuda de César.
– ¿Y tú quién eres? -preguntó Mecenas, desconcertado.
– Un amigo -contestó Octavio con una sonrisa, y se levantó-. Piensa en lo que te he dicho, es un buen consejo. Procura que tu riqueza y educación no te impulsen a despreciar a hombres como Salvidieno. Roma necesita a toda clase de hombres, y redundará en beneficio de Roma el que las distintas clases de individuos se toleren mutuamente sus rarezas y humores. Envía todos esos muebles a tu casa de Arretio, guarda sólo tu literatura y cédele a Salvidieno la mitad de la habitación. Sobre todo, no vivas como un sibarita en el ejército de César. No es tan estricto como Cayo Mario, pero es estricto.
Tras hacer una inclinación de cabeza, se marchó.
Cuando Mecenas recobró la respiración, contempló sus enseres a través de las lágrimas. Varias rodaron por sus mejillas cuando sus ojos se posaron en la cama grande y cómoda, pero Cayo Mecenas no era estúpido. Aquel encantador muchacho, Octavio, transmitía una extraña autoridad. No arrogancia, ni altivez, ni frialdad. Tampoco le había hecho la menor insinuación, pese a que era patente su alto grado de percepción del carácter humano y sin duda había adivinado que Cayo Mecenas, amante de las mujeres, era también amante de los hombres. Octavio no había hecho alusión a ello ni de palabra ni con la mirada, pero obviamente comprendía que la principal razón por la que Mecenas quería librarse de Salvidieno era la necesidad de intimidad más allá de su mera actividad literaria. En esta campaña tendría que conformarse con mujeres, sólo mujeres.
Así pues, cuando Salvidieno regresó unas horas más tarde, encontró la habitación despojada de enseres, y a Cayo Mecenas sentado ante una sencilla mesa plegable, su amplio trasero sobre una banqueta plegable.