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– Debemos alquilar dos calesas y llegar a Brindisi de inmediato -dijo Octavio, cuyo aspecto había mejorado notablemente por el solo hecho de apartarse del mar.

– Mañana -dijo Agripa con firmeza.

– Acaba de amanecer. Hoy, Agripa, y sin discusión.

El asma mejoró sólo un poco durante el viaje por la Via Minucia en una calesa tirada por dos mulas de postas, pero Octavio se negó a parar más tiempo del necesario para cambiar de animales; llegaron a la casa de Aulo Plautio al anochecer.

– Filipo no ha podido venir; tiene que quedarse cerca de Roma; pero ha enviado una carta, y también hay otra de Atia. Respirando con mayor facilidad a cada momento, Octavio yacía reclinado contra unos almohadones sobre un cómodo triclinio y extendió la mano hacia el nervioso Agripa.

– ¿Lo ves? -preguntó, con una sonrisa tan hermosa como la de César-. Sabía que con Marco Agripa estaría a salvo. Gracias.

– ¿Cuándo habéis comido por última vez? -preguntó Plautio.

– En Apolonia -contestó Agripa, muerto de hambre.

– ¿Dónde están mis cartas? -quiso saber Octavio, más interesado en leer que en comer.

– Dáselas para que estemos en paz -dio Agripa, ya acostumbrado a él-. Puede leer y comer al mismo tiempo.

La carta de Filipo era más larga que la breve nota enviada a Apolonia e incluía la lista completa de los Libertadores así como la noticia de que César había nombrado heredero a Cayo Octavio y lo había adoptado también en su testamento.

No entiendo por qué Antonio tolera a esos hombres despreciables a no ser que, como parece, apruebe su acción. Les han concedido una amnistía, y aunque Bruto y Casio aún no han aparecido en sus tribunales para reanudar sus funciones pretorianas, se dice que lo harán en breve. De hecho, imagino que habrían vuelto ya al trabajo de no ser por la llegada hace tres días de un individuo que apareció en el lugar donde se incineró el cadáver de César. Se hace llamar Cayo Amatio, e insiste en que es nieto de Cayo Mario. Desde luego posee notables dotes oratorias, lo cual descarta un origen puramente campesino.

Primero informó a la multitud -la gente sigue congregándose a diario en el Foro- de que los Libertadores son unos villanos y deben morir. Centra su ira en Bruto, Casio y Décimo Bruto más que en los otros, aunque en mi opinión Cayo Trebonio es el mayor villano. No participó en el asesinato en sí, pero fue el cerebro de la conspiración. Ese primer día Amatio despertó la indignación de la multitud, que, como en la fecha del funeral, empezó a clamar por la sangre de los Libertadores. Su segunda aparición fue aún más eficaz, y la multitud adoptó una actitud francamente hostil.

Pero la aparición de ayer, la tercera de Amatio, fue la más efectiva. Acusó a Marco Antonio de complicidad. Dijo que el acuerdo de Antonio con los Libertadores (curiosamente, Antonio utilizó en efecto la palabra "acuerdo") fue fruto de un plan, que Antonio dio palmadas en la espalda públicamente a los Libertadores en un gesto de reconocimiento. Van por ahí libres como pájaros y sin embargo asesinaron a César. Antonio estaba muy unido a Bruto y Casio, ¿acaso la gente no se había dado cuenta de eso? De eso, y de mucho más. Así que la multitud se alborotó.

Parto hacia mi villa en Neapolis, donde te esperaré, pero acabo de oír que algunos de los Libertadores han decidido abandonar Italia desde la aparición de ese tal Cayo Amatio. Cimbro se ha ido apresuradamente a su provincia, y lo mismo han hecho Estayo Murco, Trebonio y Décimo Bruto.

El Senado se reunió para hablar de las provincias, y Bruto y Casio asistieron, esperando saber adónde los mandarían a gobernar el próximo año. Pero Antonio habló sólo de su provincia, Macedonia, y de la provincia de Dolabela, Siria. Sin embargo, no se planteó la posibilidad de proseguir con la guerra de César contra los partos. Antonio ha reclamado las seis legiones de veteranos acampadas en el oeste de Macedonia; insiste en que ahora son suyas. ¿Para declarar la guerra a los Burbistas y los Dacios? No lo dijo. Pienso que simplemente pretende asegurarse su propia supervivencia si se produce otra guerra civil. No se tomó decisión alguna sobre las otras nueve legiones, cuyo regreso a Italia no se ha solicitado.

El Senado, auxiliado y secundado por Cicerón -que volvió a la cámara en cuanto César murió, y que puso por las nubes a los Libertadores-, se dedica a aclarar las leyes de César, lo cual es una tragedia. Actúan de manera irreflexiva. Me recuerdan a un niño echando mano a la labor de costura de su madre y desbaratando una manga a medio hacer. Otro asunto que debo mencionar antes de despedirme: tu herencia. Octavio, te ruego que no la aceptes. Llega a un acuerdo con los herederos de la octava parte respecto a la manera más equitativa de repartirse el legado, y rechaza la adopción. Aceptar la herencia es tentar a la muerte. Entre Antonio, los Libertadores y Dolabela, no llegarás vivo a fin de año. No eres más que un muchacho de dieciocho años y te aplastarán. Antonio está fuera de sí por haber quedado excluido del testamento y más por culpa de un simple muchacho. No digo que conspirase con los asesinos de César, ya que no hay prueba de ello, aunque sí afirmo que tiene pocos escrúpulos y ningún sentido ético. Así que cuando nos veamos, espero oírte decir que has decidido renunciar al legado de César. De este modo llegarás a viejo, Octavio.

Octavio dejó la carta, y empezó a devorar una pata de pollo. Gracias a los dioses el asma remitía por fin. Se sentía curiosamente revigorizado, capaz de hacer frente a todo.

– Soy el heredero de César -anunció a Plautio y Agripa.

Engullendo aquella generosa comida como si fuera la última, Agripa se detuvo, y sus ojos brillaron bajo las cejas pobladas y prominentes. Plautio, que obviamente ya estaba enterado, tenía una expresión lúgubre.

– Heredero de César -repitió Agripa-. ¿Qué significa eso exactamente?

– Significa -contestó Plautio- que Cayo Octavio hereda todas las propiedades y todo el dinero de César, que será inimaginablemente rico. Pero Marco Antonio esperaba heredar, y no está contento.

– Además, César me ha adoptado. Ya no soy Cayo Octavio; soy Cayo Julio César Filius. -Al anunciar esto, Octavio pareció hincharse, sus ojos grises tan luminosos como su sonrisa-. Lo que Plautio no ha dicho, es que heredo su enorme influencia… y sus súbditos. Al menos una cuarta parte de los pobladores de Italia serán mis subordinados, mis seguidores legales, comprometidos a someterse a mi voluntad, y también casi todos los pobladores de la Galia Cisalpina, porque César se quedó con los prosélitos que tenía allí Pompeyo Magno, sumándolos a los suyos propios, que eran muchos.

– ¡Y por eso tu padrastro no quiere que aceptes esa terrible herencia! -exclamó Plautio.

– Pero la aceptarás -dijo Agripa sonriendo.

– Claro que sí. César confiaba en mí, Agripa. Al darme su nombre, César quiso decir que consideraba que tengo la fuerza y el espíritu necesarios para proseguir su esfuerzo por levantar a Roma. Sabía que no soy capaz de heredar sus dotes militares, pero eso a él le preocupaba menos que Roma.

– Es una sentencia de muerte -gimió Plautio.

– El nombre de César nunca morirá, yo me ocuparé de eso. -¡No aceptes, Octavio! -imploró Plautio-. ¡No aceptes! -César confiaba en mí -repitió Octavio-. ¿Cómo voy a traicionar esa confianza? Si él tuviera mi edad y le encomendaran este cometido, ¿renunciaría? ¡No! Y yo tampoco lo haré.

El heredero de César rompió el sello de la carta de su madre, le echó un vistazo y la lanzó al brasero.

– Es tonta -comentó, y dejó escapar un suspiro-. Pero siempre lo ha sido.

– ¿Supongo que te ruega también que rechaces la herencia? -preguntó Agripa, que había reanudado la comida.