Octaviano partió de Brindisi un nundinum después y enfiló la Via Minucia hasta Barium. Allí se desvió para unirse a los carromatos, que seguían hacia el norte en dirección a Larinum a una velocidad sorprendente, teniendo en cuenta que a partir de Barium ya no viajaban por carretera. Cuando los encontró, supo que A gripa los había estado obligando a marchar tanto de día como de noche si había luna.
– Es terreno llano sin obstáculos -le informó Agripa-. No será tan fácil cuando lleguemos a las montañas.
– Entonces, sigue la costa y no vuelvas tierra adentro hasta que veas una carretera sin pavimentar a unos quince kilómetros al sur de la vía a Sulmo. Por esa carretera viajarás seguro, pero no tomes ninguna otra. Yo me adelantaré para asegurarme de que en mis tierras no hay lugareños chismosos y para localizar un escondrijo bueno pero accesible.
Afortunadamente, los lugareños chismosos eran pocos y vivían dispersos, ya que la hacienda era un bosque en una tierra de bosques. Tras descubrir que Quinto Nonio, el administrador de su padre, ocupaba aún los aposentos del personal en la cómoda villa a la que Atia acostumbraba llevar a su hijo enfermo para que respirara el aire de montaña durante el verano, Octaviano decidió que los carromatos estarían a salvo en un claro a varios kilómetros de la villa. La tala, explicó Nonio, se llevaba a cabo en otra zona, y no rondaba nadie por allí, porque había muchos osos y lobos.
Incluso ahí, averiguó Octaviano atónito, la gente sabía ya que César había muerto y que Cayo Octavio era el heredero de César. Este hecho complació a Nonio, que siempre había amado a aquel muchacho callado y enfermizo y a su nerviosa madre. Sin embargo eran pocos los lugareños que estaban enterados de quién era el dueño de aquella finca maderera, y aún la llamaban "el sitio de Papio" por el anterior propietario itálico.
– Los carromatos pertenecen a César, pero hay gente sin ningún derecho a ellos que los buscará por todas partes, así que nadie debe saber que están aquí -explicó a Nonio-. Posiblemente mandaré de vez en cuando a Marco Agripa (ya lo conocerás cuando lleguen los carromatos) a recoger un par de ellos. Haz lo que consideres oportuno con los bueyes, pero ten siempre veinte a mano. Por suerte utilizas bueyes para arrastrar los troncos hasta Ancona, así que la presencia de los animales no extrañará a nadie. Es un asunto importante, Nonio, tan importante que quizá mi vida dependa de tu silencio y el de tu familia.
– No te preocupes, pequeño Cayo -dijo el viejo administrador-. Yo me encargaré de todo.
Convencido de que Nonio así lo haría, Octaviano desanduvo el camino hasta el cruce de la Vía Minucia y la Vía Apia en Beneventum, y desde allí prosiguió el viaje por la Vía Apia hacia Neapolis, a donde llegó a finales de abril para encontrar a Filipo y su madre muy inquietos.
– ¿Dónde has estado? -gritó Atia, abrazándolo y mojándole la túnica con sus lágrimas.
– Tuve que guardar reposo debido al asma en una miserable posada de la Via Minucia -explicó Octaviano, zafándose de su madre con una irritación que le costaba ocultar-. No, no, déjame en paz; ahora estoy bien. Filipo, cuéntame qué ha pasado; no tengo noticias desde que recibí tu carta en Brindisi.
Filipo lo llevó a su estudio. Hombre de buen color y atractivo aspecto, parecía haber envejecido mucho en dos meses. La muerte de César le había afectado sobremanera, entre otras razones porque, al igual que Lucio Piso, Servio Sulpicio y otros varios cónsules, Filipo intentaba mantener una posición neutral que asegurara su supervivencia en cualquier circunstancia.
– ¿Y qué hay de Amatio, el supuesto nieto de Cayo Mario? -preguntó Octaviano.
– Ha muerto -contestó Filipo con una mueca de pesar-. En su cuarto día en el Foro, Antonio llegó con una centuria de soldados de Lepido, dispuesto a escuchar. Amatio lo señaló y lo acusó a voz en cuello de ser el verdadero asesino de César, tras lo cual los soldados lo prendieron y se lo llevaron al Tullianum. -Filipo se encogió de hombros-. Amatio no volvió a aparecer, de modo que finalmente la multitud volvió a sus casas. Antonio fue derecho a una reunión del Senado en el templo de Cástor, donde Dolabela le preguntó qué había sido de Amatio. "Lo he ejecutado", respondió Antonio. Dolabela protestó aduciendo que aquel hombre era un ciudadano romano y debería haber sido procesado, pero Antonio alegó que Amatio no era romano, sino un esclavo griego fugitivo llamado Hierófilo. Y ahí se zanjó la cuestión.
– Lo cual prueba qué clase de gobierno tiene Roma -comentó Octaviano pensativamente-. Resulta obvio que no es prudente acusar de nada a nuestro querido Marco Antonio.
– Eso pienso yo -concedió Filipo con expresión sombría-. Casio intentó plantear otra vez el tema de las provincias de los pretores, y le hicieron callar. Él y Bruto trataron varias veces de ocupar sus tribunales, pero desistieron. Aun después de la ejecución de Amatio, y pese a la amnistía, la multitud no los aceptó. Ah, y Marco Lepido es el nuevo pontífice máximo.
– ¿Se celebró una elección? -preguntó Octaviano, sorprendido. -No. Fue nombrado por los otros pontífices. -Eso es ilegal.
– Ya no hay legalidad, Octavio.
– Ya no me llamo Octavio, sino César.
– Eso aún no se ha decidido. -Filipo se levantó, fue a su mesa y extrajo un pequeño objeto de un cajón-. Ten, esto es para ti…, sólo de momento, esperó.
Octaviano lo cogió y le dio vueltas entre sus dedos temblorosos, impresionado. Era un anillo de sello de singular belleza, formado por una impoluta amatista púrpura engastada en oro rosa, en cuya superficie se había grabado una esfinge y la palabra CÉSAR en mayúsculas invertidas sobre la cabeza humana de la esfinge. Octaviano se lo puso en el dedo anular, descubriendo que se le ajustaba perfectamente. Los dedos de César habían sido más estilizados; los suyos eran más cortos, más gruesos, más anchos. Experimentó una curiosa sensación, como si la esencia de César hubiera estado en aquel sello y de pronto fuera insuflada en su cuerpo.
– ¡Un augurio! Me viene como hecho a medida.
– Lo hicieron para César, regalo de Cleopatra, creo.
– Y yo soy César.
– ¡Aplaza esa decisión, Octavio! -exclamó Filipo-. El asesino Cayo Casca, tribuno de la plebe, y el edil plebeyo Critonio retiraron las estatuas de César de sus plintos y pedestales en el Foro y las mandaron al Velabrum para ser destruidas. La multitud lo descubrió, fue al taller del escultor y las rescató, incluso las dos que ya habían sido atacadas con mazos. A continuación, la muchedumbre prendió fuego al taller, y las llamas se extendieron al Vicus Tuscus. ¡Un horrible incendio! Ardió medio Velabrum. ¿Le importó a la multitud? No. Las estatuas intactas volvieron a colocarse, y las dos rotas se llevaron a otro escultor para repararlas. Poco después el gentío empezó a gritar, exigiendo a los cónsules la presencia de Amatio. Naturalmente eso era imposible. Se produjo un gran alboroto, el peor que recuerdo. Resultaron muertos varios cientos de ciudadanos y cincuenta de los soldados de Lepido antes de que la turba se dispersara. Se detuvo a un centenar de alborotadores entre ciudadanos y no ciudadanos. Después, los ciudadanos fueron arrojados desde la Roca Tarpeya y los no ciudadanos fueron azotados y decapitados.
– Así que reclamar justicia para César es traición -dijo Octaviano, y respiró hondo-. Nuestro Antonio está poniéndose en evidencia.
– ¡Octavio, es una bestia! Dudo que se le ocurra pensar que quizás algunos interpreten sus acciones como reacción contra César. Ya ves lo que hizo en el Foro cuando Dolabela desplegó sus bandas callejeras. La respuesta de Antonio a la violencia pública es la matanza, porque matar forma parte de su naturaleza.