– Creo que aspira a ocupar el lugar de César.
– En eso no estoy de acuerdo. Él mismo abolió el cargo de dictador.
– Si «Rex» es una simple palabra, también lo es «dictador». Supongo que nadie se atreve a alabar a César, ni siquiera la multitud. Filipo soltó una áspera carcajada.
– Eso quisieran Antonio y Dolabela. No, nada disuade a la gente corriente. Dolabela hizo retirar el altar y la columna del lugar donde ardió César al descubrir que la gente llamaba a César abiertamente «Divus Julius». ¿Te lo imaginas, Octavio? Empezaron a venerar a César como un dios antes de que se enfriaran las piedras donde fue incinerado.
– Divus Julius -repitió Octaviano sonriendo.
– Una etapa pasajera -dijo Filipo, a quien no había gustado aquella sonrisa.
– Quizá, pero ¿cómo es posible que no veas su importancia, Filipo? El pueblo ha empezado a venerar a César como un dios. ¡El pueblo! No lo ha promovido nadie desde el gobierno; de hecho, desde el gobierno intentan poner fin a eso. El pueblo amaba tanto a César que no acepta la idea de haberlo perdido, así que lo resucitan como dios, una figura a la que puedan rezarle, a la que pueden acudir en busca de consuelo. ¿No te das cuenta? Están diciendo a Antonio, Dolabela y los Libertadores… ¡cómo odio ese nombre!… y a todos los demás en la cúpula del poder romana que se niegan a separarse de César.
– No permitas que esas ideas se te metan en la cabeza, Octavio.
– Me llamo César.
– Yo nunca te llamaré así.
– Llegará un día en el que no tendrás más remedio. Cuéntame qué más ha pasado.
– Por si te interesa, te diré que Antonio ha prometido la hija que tuvo con Antonia Híbrida al primogénito de Lepido. Como los dos niños están muy lejos de la edad casadera, sospecho que eso durará sólo mientras sus padres estén a partir un piñón. Lepido fue a gobernar a la Hispania Citerior y la Galia Narbonesa hace dos nundinae. Sexto Pompeyo está reuniendo seis legiones, por tanto los cónsules decidieron que era mejor que Lepido mantenga en paz su provincia hispánica mientras le sea posible. Polio mantiene la Hispania Ulterior en orden, según he oído. Si es que podemos dar crédito a lo que oímos.
– ¿Y ese magnífico par, Bruto y Casio?
– Han abandonado Roma. Bruto ha dejado las responsabilidades de pretor urbano en manos de Cayo Antonio mientras él… esto… se recupera de una aguda tensión emocional. Casio, por su parte, puede al menos simular que continúa con sus obligaciones de pretor en el extranjero mientras va de un lado a otro de Italia. Bruto se llevó consigo a Porcia y a Servilia. He oído decir que las batallas entre las dos mujeres son homéricas: dientes, pies, uñas. Casio pretextó que tenía que estar cerca de su esposa embarazada, Tertula, en Antium, pero en cuanto él se marchó, Tertula regresó a Roma, así que ¿quién sabe cuál es la verdadera historia de ese matrimonio?
Octaviano lanzó a su padrastro una mirada inquietantemente sagaz.
– Se cuecen problemas en todas partes y los cónsules no están resolviéndolos, ¿no es así?
Filipo suspiró.
– No, hijo, no están resolviéndolos. Pero se llevan mejor entre sí de lo que los demás considerábamos posible.
– ¿Y cómo están las legiones, respecto a Antonio?
– Las traen de Macedonia gradualmente, según me han dicho, a todas excepto las seis mejores, que Antonio mantiene allí para cuando vaya a gobernar. Los veteranos que aún esperan sus tierras en Campania están cada vez más inquietos porque en cuanto César murió…
– Fue asesinado… -le interrumpió Octaviano.
– Murió, los comisarios encargados del reparto de tierras dejaron de asignar parcelas a los veteranos, recogieron sus bártulos y se marcharon. Antonio se ha visto obligado a viajar a Campania y convencer a los comisarios para que reanuden su trabajo. Aún está allí. Dolabela está ahora al frente de Roma.
– ¿Y el altar de César? ¿Y la columna de César?
– Ya te lo he dicho: desaparecieron. ¿En qué piensas, Octavio?
– Me llamo César.
– Después de haber oído todo esto, ¿crees aún que sobrevivirás si aceptas la herencia?
– Sí, tengo la suerte de César -contestó Octaviano con una sonrisa misteriosa, enigmática. Si tu sello llevaba una esfinge, era forzoso ser un enigma.
Octaviano fue a su antigua habitación y descubrió que le habían asignado unos aposentos más cómodos. Aunque Filipo intentara disuadirlo de aceptar la herencia, aquel maestro de la neutralidad era lo bastante sagaz para comprender que uno no alojaba al heredero de César en una habitación apta únicamente para el hijastro del señor de la casa.
El joven no dejó que sus pensamientos se desmandaran, aunque conservó cierto grado de fantasía. El resto de lo que Filipo le había contado era interesante, relacionado con el modo en que el propio Octaviano se comportaría en el futuro, pero palidecía ante la historia de Divus Julius. Un nuevo dios designado por el pueblo de Roma para el pueblo de Roma. Frente a la obstinada oposición de los cónsules Antonio y Dolabela, incluso a costa de muchas vidas, el pueblo de Roma insistía en que se le permitiera venerar a Divus Julius. Para Octaviano constituía un faro hacia el que se sentía atraído. Ser Cayo Julio César Filius era maravilloso. Pero ser Cayo Julio César Divi Filius (el hijo de un dios) era un milagro.
Pero eso queda para el futuro. Primero, debo darme a conocer como el hijo de César. El centurión Coponio dijo que era su viva imagen. No lo soy, lo sé. Pero Coponio me miró a través de los ojos del puro sentimiento. El hombre recio y de edad avanzada bajo cuyo mando había servido -y a quien probablemente nunca había visto de cerca- tenía el cabello dorado y los ojos claros, era apuesto e imperioso. Lo que debo hacer es convencer al pueblo, incluidos los soldados de Roma, de que César, a mi edad, era como yo. No puedo llevar el pelo tan corto porque mis orejas no se parecen en nada a las de César, pero la forma de mi cabeza es similar a la suya. Puedo aprender a sonreír como él, caminar como él, saludar con la mano exactamente al igual que él, irradiar accesibilidad y una despreocupada consciencia de mi alta cuna. El icor de Marte y Venus fluye también por mis venas.
Pero César era muy alto, y en el fondo sé que yo ya apenas creceré. Quizá tres o cuatro centímetros, pero aun así seguiré muy por debajo de su estatura. Por tanto calzaré sandalias con unas suelas de diez centímetros, y para que el truco se note menos, serán siempre sandalias cerradas por delante. A lo lejos, que es como me verán los soldados, pareceré tan alto como César…, o no tanto, pero sí cerca del metro ochenta. Me aseguraré de rodearme de hombres más bajos y si los de mi propia clase se ríen, allá ellos. Comeré los alimentos que, según Hapd'efan'e, alargan los huesos -carne, queso, huevos- y haré estiramientos como ejercicio. Será difícil caminar con suelas tan altas, pero éstas me proporcionarán un andar atlético porque necesitaré una gran habilidad para usarlas. Rellenaré los hombros de mis túnicas y corazas. Forma parte de mi suerte de César el hecho de que él no fuera una mole como Antonio. Sólo tengo que ser un actor.
Antonio intentará impedir mi acceso a la herencia. La lex curiata de adopción no se aprobará enseguida ni con facilidad, pero la ley será intrascendente siempre y cuando me comporte como el heredero de César; me comporte como el propio César. Y será difícil retener el dinero, porque Antonio pondrá obstáculos a la autentificación del testamento. Yo tengo mucho dinero propio, pero quizá necesite mucho más. Poder apropiarme de los fondos para la guerra fue un golpe de suerte. Me pregunto cuándo se acordará el patán de Antonio de su existencia y enviará hombres a buscarlos. El viejo Plautio vive en la ignorancia, y aunque el administrador de Opio diga que recogió el dinero el heredero de César, lo negaré. Alegaré que alguien muy astuto usurpó mi identidad. Al fin y al cabo, la apropiación tuvo lugar el día después de mi llegada de Macedonia, ¿cómo podría haber actuado tan deprisa? Imposible. ¿Cómo iba a ocurrírsele una acción tan audaz, tan asombrosa, a un muchacho de dieciocho años? Es cómico. Soy asmático y además tengo propensión a la jaqueca.