– No lo dudes -dijo Pansa-. Octavio, querido, cuando tengas edad para enfrentarte a Antonio él ya estará muy granado.
– La verdad, me sorprende bastante que Antonio no haya venido a felicitar a su joven primo -dijo Cicerón, mientras hundía una mano en la montaña de ostras que al amanecer aún estaban vivas en las cálidas aguas de Bayas.
– Está demasiado ocupado en repartir las tierras de los veteranos -dijo Hirtio-. Por eso su hermano Cayo promulga nuevas leyes agrarias en Roma. Ya conocéis al bueno de Antonio; como es demasiado impaciente para esperar, ha decidido recurrir a la legislación para que los propietarios reticentes cedan sus fincas a los veteranos; y con poca compensación económica, o ninguna.
– César no actuaba así-dijo Pansa, frunciendo el entrecejo.
– ¡César! -La mano de Cicerón hizo un gesto de desdén-. Mira, Pansa, el mundo ha cambiado, y demos gracias a todos los dioses de que César ya no forme parte de él. Yo diría que casi toda la plata del Erario acabó destinada a los fondos para la guerra de César, y el oro, lógicamente, Antonio no puede tocarlo. Si está tomando medidas más draconianas, es porque no hay suficiente dinero para mantener el sistema de compensaciones de César.
– Entonces ¿por qué no recupera los fondos para la guerra? -preguntó Octaviano.
Balbo rió entre dientes.
– Se le habrá olvidado que existen.
– Pues tendría que recordárselo alguien-dijo Octaviano.
– Los tributos de las provincias están por llegar -señaló Hirtio-. Sé que César planeaba utilizarlos para seguir comprando tierras. Os recuerdo que impuso multas astronómicas a las ciudades republicanas. De hecho, ya tendrían que haber llegado las nuevas cuotas a Brindisi.
– Sería hora de que Antonio fuera a Brindisi -dijo Octaviano.
– Tú no te preocupes de si Antonio consigue o no consigue el dinero -le reprendió Cicerón-. Más vale que te llenes la cabeza de retórica, que es la vía para el consulado.
Octaviano le sonrió y siguió comiendo.
– Bueno, al menos tenemos el consuelo de que ninguno de los seis posea tierras entre Teanum y el río Volturno -dijo Hirtio, que sorprendía por sus conocimientos sobre todos los temas imaginables-. Supongo que es de donde está sacando Antonio las tierras; sólo latifundia, nada de viñedos. -Hizo una pausa y dejó caer una bomba-. De todos modos, lo que menos le preocupa a Antonio es la tierra. Cuando lleguen las calendas de junio, tiene la intención de pedir permiso a la Cámara para cambiar Macedonia por dos de las Galias: la Cisalpina y la Transalpina, excluyendo la provincia narbonense, que el año que viene seguirá gobernada por Lepido. Parece que en la Hispania Citerior también seguirá gobernando Polión durante otro año, mientras que a Planco y Décimo Bruto se les pedirá que abandonen el cargo. -Viendo tantas miradas concentradas en él, y tan horrorizadas, lo empeoró añadiendo-: También piensa pedir permiso a la Cámara para mantener las seis legiones de elite en Macedonia, pero trasladarlas a Italia en junio.
– Señal de que Antonio no se fía ni de Bruto ni de Casio -dijo lentamente Filipo-. Reconozco que han promulgado edictos en los que el asesinato de César se presenta como un gran favor a Roma e Italia, y se pide el apoyo de las comunidades italianas, pero yo, en el lugar de Antonio, de quien tendría más miedo es de Décimo Bruto en la Galia Cisalpina.
– Antonio -dijo Pansa- le tiene miedo a todo el mundo.
– ¡Oh, dioses! -exclamó Cicerón, palideciendo-. ¡Qué gran insensatez! ¡No estoy bastante seguro de Décimo Bruto como para hablar en su nombre, pero lo que puedo garantizar es que a Bruto y a Casio jamás se les ocurriría provocar una revuelta contra el presente Senado y Pueblo de Roma! ¡El mero hecho de que yo vuelva a formar parte del Senado es prueba suficiente de que apoyo al actual gobierno, y Bruto y Casio son patriotas hasta la médula! ¡Un levantamiento en Italia no lo instigarían jamás!
– Estoy de acuerdo-dijo inesperadamente Octaviano.
– Entonces ¿qué hay de la campaña con Vatinio contra Burebista y sus dacios? -preguntó Filipo.
– Bah, eso ha muerto con César-dijo Balbo con cinismo.
– En tal caso, a Dolabela le corresponderían por derecho las mejores legiones, para Siria; que en el fondo es donde están haciendo falta -dijo Pansa.
– Antonio está decidido a que las seis mejores se queden aquí, en suelo italiano -dijo Hirtio.
– ¿Quedarse? ¿Para qué? -preguntó Cicerón, lívido y sudoroso.
– Para protegerle contra cualquier intento de derribarle de su pedestal -dijo Hirtio-. Probablemente tengas razón, Filipo; el problema, si surge, vendrá de Décimo Bruto, en la Galia Cisalpina. Le bastará con encontrar unas cuantas legiones.
– Pero ¿es que nunca vamos a librarnos de la guerra civil? -exclamó Cicerón.
– Sí, eso fue posible antes del asesinato de César -dijo Octaviano sin contemplaciones-. No se puede discutir que hasta entonces no había guerra. Ahora, muerto César, el liderato fluctúa.
Cicerón frunció el entrecejo. En labios del joven se había oído claramente la palabra «asesinato».
– He oído que la reina extranjera y su hijo se han marchado -añadió Octaviano-. Algo es algo.
– ¡Y que no vuelvan! -saltó ferozmente Cicerón-. ¿Quién, sino ella, le llenaba a César la cabeza con ideas de ser rey? Seguro que además le drogaba, porque César se pasaba todo el día bebiendo medicamentos preparados por aquel médico egipcio tan sospechoso.
– Lo que no estaba en su mano -dijo Octaviano- era incitar al vulgo a adorar a César como un dios. Eso fue idea del propio vulgo.
Los demás hombres reaccionaron con incomodidad.
– Sí, hasta que lo remedió Dolabela llevándose el altar y la columna-dijo Hirtio, y se rió-. ¡Y luego se cubrió las espaldas! En lugar de destruirlos, los relegó al almacén. ¡Palabra!
– ¿Hay algo que no sepas, Aulo Hirtio? -preguntó Octaviano, sumándose a sus risas.
– Soy escritor, Octaviano, y la tendencia innata de los escritores es escucharlo todo, desde las habladurías hasta los pronósticos. Sin olvidar las reflexiones en voz alta de los cónsules sobre la situación política… -Eligió ese momento para escandalizar con otra noticia-. También me he enterado de que Antonio está legislando para que todos los sicilianos sean ciudadanos de pleno derecho.
– ¡Eso es que ha aceptado un soborno exorbitante! -rugió Cicerón-. ¡Ah! ¡Cada vez me desagrada más este… monstruo!
– Lo del soborno siciliano no lo puedo asegurar-dijo Hirtio con una mueca burlona-. En cambio, lo que me consta es que el rey Deyotaro ha ofrecido uno a los cónsules para que restituyan a Galacia sus dimensiones anteriores a César. De momento no han dicho ni que si ni que no.
– Conceder la plena ciudadanía a los sicilianos equivale a granjearse todo un país de partidarios -dijo Octaviano, pensativo-. Mi juventud me impide conocer los planes de Antonio, pero puedo afirmar que se está haciendo un magnífico regalo: los votos de nuestra provincia granera más cercana.
En ese momento entró Scylax, el criado de Octaviano, y, tras una reverencia a los demás del grupo, se acercó a su amo con respeto.
– César -dijo-, vuestra madre quiere veros. Dice que es urgente.
– ¿César? -preguntó Balbo, incorporándose en cuanto vio salir al joven.
– Sí, así es como le llama toda la servidumbre -se quejó Filipo-. Atia y yo nos hemos quedado roncos intentando disuadirle, pero insiste en ello. ¿No os habéis fijado? Escucha, dice que sí con la cabeza, sonríe dulcemente… y al final siempre hace lo que ya pensaba hacer.
– En todo caso -dijo Cicerón, acallando la inquietud que producían en él las palabras de Filipo-, doy gracias de que te tenga a ti de guía. Confieso que al principio, cuando me enteré de lo deprisa que había vuelto a Italia después de la muerte de César, lo primero que pensé fue que encarnaba la bandera perfecta para cualquier persona con planes de derribar el Estado. Hablar con él en persona ha disipado mis temores. Es de una humildad exquisita, ciertamente, pero no tan tonto como para dejarse utilizar.