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– La elección de un joven de dieciocho años como heredero me parece muy inteligente por parte de César -le dijo Bruto a Porcia, mientras cenaban los dos solos.

– ¿Qué? ¿Inteligente? Pues a mí me parece una soberana tontería -dijo Porcia-. Antonio hará picadillo a Cayo Octavio.

– Claro, es que de eso se trata, de que ni siquiera tendrá que molestarse -dijo Bruto con paciencia-. Aunque yo, personalmente, aborreciera a César, reconozco que su único error fue despachar a sus lictores. ¿No te das cuenta, Porcia? Se decidió por alguien tan joven y con tan poca experiencia que nadie le verá como rival, ni siquiera los que más se engañan con persecuciones imaginarias. Por otro lado, el heredero se queda con todo el dinero y las propiedades de César. Pueden pasar hasta veinte años sin que Cayo Octavio sea visto como un peligro para nadie. Tendrá tiempo de crecer y madurar. En vez de elegir el árbol más grande del bosque, César plantó una semilla pensando en el futuro. Su dinero y sus propiedades la irán regando y, al nutrirla, permitirán que crezca sin sobresaltos, libre de cualquier tentativa de tala. En el fondo, el mensaje que les deja tanto a Roma como a su heredero es que con el tiempo habrá otro César. -Se estremeció-Supongo que Octavio tiene muchos rasgos en común con César, y muchas cualidades de las que él se dio cuenta, y que admiraba. En definitiva, que dentro de veinte años surgirá otro César de la oscuridad del bosque. Muy inteligente, sí.

– Dicen que Cayo Octavio es un pelele, un afeminado -dijo Porcia, mientras besaba la fruncida frente de su marido.

– Lo dudo mucho, querida. Conozco a César más a fondo que a Homero.

– ¿Piensas acatar este destierro sin ninguna protesta? -quiso saber ella, volviendo a su tema preferido.

– No -dijo Bruto con calma-. He enviado un mensaje a Casio exponiéndole mis planes de redactar una declaración en nombre de los dos, dirigida a todas las ciudades y pueblos de Italia. En ella se dirá que actuamos pensando en sus intereses, y se implorará su apoyo. No quiero que Antonio piense que no tenemos seguidores sólo porque hayamos cedido y ya no estemos en Roma.

– ¡Muy bien! -dijo Porcia, contenta.

No todas las poblaciones y distritos rurales de Italia habían compartido la adoración a César. En determinadas zonas, los sentimientos republicanos habían hecho perder muchas tierras públicas, mientras que en otras eran los romanos en general los que no merecían aprecio ni confianza. En suma, que hubo lugares donde el manifiesto de los Libertadores fue bien acogido. Hubo, incluso, jóvenes que se ofrecieron como soldados, en caso de que Bruto y Casio decidiesen alzarse en armas contra Roma y todo lo que representaba.

La situación tenía preocupado a Antonio, sobre todo desde su viaje a la Campania para el reparto de tierras a los veteranos. Las partes samnitas de aquella fértil región eran un hervidero de rumores sobre otra guerra de Italia, encabezada esta vez por Bruto y Casio. Para solucionarlo, envió a Bruto una carta muy seca en la que le comunicaba que él y Casio, consciente o inconscientemente, estaban instigando una rebelión, y se exponían a un juicio por traición. Bruto y Casio respondieron mediante otra declaración pública en la que suplicaban a las partes descontentas de Italia que no siguieran brindándoles tropas, sino que dejaran la situación tal como estaba.

Aparte del odio samnita contra Roma, todavía quedaban nidos de republicanos fervientes que en Bruto y Casio saludaban a sus salvadores; algo completamente opuesto a los intereses de la pareja, ya que ellos dos estaban muy lejos de querer fomentar una rebelión. En uno de esos nidos estaba el amigo de Pompeyo el Grande, praefectus fabrum y banquero Cayo Flavio Hemicilo, que abordó a Ático y le pidió que se pusiera al frente de un consorcio de magos de las finanzas dispuesto a prestar dinero a los Libertadores para fines no especificados. El sagaz plutócrata se negó educadamente.

– Una cosa es lo que esté dispuesto a hacer a título privado por Servilia y Bruto -dijo a Hemicilo-, y otra muy distinta suscitar el odio público.

Acto seguido, informó a los cónsules de las propuestas que le había hecho Hemicilo.

– Decidido -dijo Antonio a Dolabela y Aulo Hirtio-. El año que viene no gobernaré Macedonia. Me quedaré en Italia con mis seis legiones.

Hirtio arqueó las cejas.

– ¿Tomando la Galia Cisalpina como provincia a tu cargo?

– Ni más ni menos. En las calendas de junio pediré a la Cámara las Galias Cisalpina y Trasalpina, aparte de la provincia narbonense. Seis legiones de elite acampadas alrededor de Capua disuadirán a Bruto y Casio… y harán que Décimo Bruto se lo piense mejor. Además, he escrito a Polión, Lepido y Planco preguntando si estarían dispuestos a poner sus legiones a mi disposición en caso de que Décimo tratara de levantar a la Galia Cisalpina. Está claro que ninguno de los tres respaldará a Décimo.

Hirtio sonrió, pero se calló lo que pensaba: que se mantendrían a la expectativa hasta ver llegado el momento de apoyar al más fuerte.

– ¿Y Vatinio, en Illyricum? -fue lo único que preguntó.

– Vatinio me respaldará -dijo Antonio, confiado.

– ¿Y el gobierno provisional de Hortensio en Macedonia? Entre él y los Libertadores existen lazos muy antiguos -dijo Dolabela.

– ¿Qué puede hacer Hortensio? Todavía es más insignificante que nuestro amigo y Pontifex maximus Lepido. -Antonio hizo una mueca de satisfacción-. No, no habrá ningún levantamiento. ¿Vosotros os imagináis a Bruto y Casio marchando sobre Roma? ¿O a Décimo? En todo el mundo no hay nadie con agallas como para marchar sobre Roma; menos yo, claro, y ya me diréis qué falta me hace…

Desde la muerte de César, el mundo, para Cicerón, había entrado en una espiral de locura, y no se explicaba por qué. A lo máximo que llegaba era a pensar que si los Libertadores no habían sabido tomar el poder era porque no le habían pedido consejo. ¡Cómo! ¡No consultar nadie a un personaje de la sabiduría, la experiencia y el conocimiento de las leyes de Marco Tulio Cicerón!

Nadie le había consultado, ni siquiera su hermano. Libre de Pomponia, pero sin recursos para devolverle la dote, Quinto había rechazado los consejos fraternos y se había casado con Aquilia, una heredera joven y núbil. Ello le permitía zanjar las deudas con su primera esposa y mantener un buen pasar, pero a costa de indignar a su hijo y hacerle perder los estribos. Al principio Quinto el joven se había refugiado en su tío Marco, pero sin callarse (a tanto llegaba su estupidez) que seguía admirando a César, que jamás dejaría de admirarle, y que estaba dispuesto a matar a cualquiera de sus asesinos si tenían la insensatez de aproximarse a él; de ahí que Cicerón, no menos indignado, le hubiera echado con cajas destempladas, y que el joven, por falta de otros puertos, hubiera agravado el insulto convirtiéndose en secuaz de Marco Antonio.

Después de algo así, lo único que podía hacer Cicerón era escribir cartas, muchas cartas: a Ático (en Roma), a Casio (de viaje), y por último a Bruto (todavía en Lanuvium), preguntando cómo era posible que la gente no se diera cuenta de que Antonio era un tirano todavía mayor que César, y que sus leyes se reducían a abominables farsas.

«En ningún caso, Bruto -escribía en una de sus cartas-, dejes de regresar a Roma para ocupar tu puesto en la Cámara durante las calendas de junio. Tu ausencia marcaría el final de tu carrera pública, y el principio de desastres todavía peores.»

Pero no todo eran malas noticias. Corrían rumores de un desastre que le llenaba de satisfacción: por lo visto Cleopatra, su hermano Ptolomeo y Cesarión habían naufragado en su viaje de regreso, y habían estado a punto de ahogarse.

– Ah -preguntó en su villa de Pompeya (inveterado nómada como era) a Balbo, que había venido a visitarle-, ¿sabes lo último que cuentan de Servilia? -Hizo ver que el horror le cortaba la respiración.