– No. ¿Qué? -preguntó Balbo con labios temblorosos.
– ¡Que está en la villa de Poncio Aquila, sin nadie más en toda la casa, y que duermen en la misma cama!
– ¡Madre mía! Me habían dicho que había roto con él al enterarse de que era un Libertador-dijo Balbo, comedido.
– Sí, pero luego Bruto la echó, y ella lo hace para avergonzarles a él y Porcia. ¡Imagínate! ¡Una mujer de más de sesenta años con un hombre que es más joven que su hijo!
– De todos modos, lo peor, con diferencia, es lo mal que pinta la paz en Italia -dijo Balbo-. Empiezo a darla por perdida, Cicerón.
– ¡No! ¿Tú también? Ten en cuenta que ni Bruto ni Casio pretenden empezar otra guerra civil.
– Pues Antonio no estaría de acuerdo.
Cicerón suspiró, y se le encorvaron los hombros. De repente parecía un octogenario.
– Sí, es verdad que todo juega a favor de la guerra -reconoció con tristeza-. La principal amenaza, naturalmente, es Décimo Bruto. ¡Ah! ¿Porqué no me pedirían consejo?
– ¿Quiénes?
– ¡Los Libertadores! Lo que hicieron, lo hicieron con un valor de hombres, pero con la misma previsión que un niño de cuatro años. Como críos matando a puñaladas a una muñeca de trapo.
– El único que podría ayudarles es Hirtio.
Cicerón se animó.
– Pues vamos tú y yo a verle.
3
Octaviano entró en Roma en las nonas de mayo, con la única compañía de sus dos criados. Su madre y su padrastro se habían negado a participar en semejante locura. A la cuarta hora del día cruzó la puerta Capena y emprendió el camino a pie hacia el Forum Romanorum, vestido con una toga de un blanco inmaculado y, en el hombro derecho de la túnica (que quedaba al descubierto), la estrecha cinta púrpura de caballero. Gracias a sus muchas horas de práctica con botas de tacón alto, impresionaba bastante a los demás transeúntes como para que se volviesen a mirarle, admirados por su estatura, su dignidad y una postura muy erguida que excluía cualquier afectación o contoneo en los andares (afectación o contoneo que, por otro lado, le habrían hecho dar de bruces en el suelo). Con la cabeza en alto, los reflejos del sol en su abundante y ondulado pelo rubio, y un esbozo de sonrisa en los labios, avanzó por la Sacra Vía con la misma naturalidad y simpatía en el semblante que habían caracterizado a César.
– ¡Es el heredero de César! -susurraba uno de sus dos criados a los que le veían pasar.
– ¡Ha llegado a Roma el heredero de César! -murmuraba el otro.
Hacía un buen día, de cielo despejado, pero con una humedad asfixiante. El aire estaba tan saturado de vapor que la bóveda celeste se veía más blanca que azul. El sol aparecía rodeado a cierta distancia por un brillante halo que hacía que la gente lo señalara y se preguntara en voz alta por el significado del augurio. En la luna llena eran bastante normales los anillos, pero ¿en el sol? ¡Jamás! Un augurio completamente anómalo.
El sitio donde habían quemado a César se dejaba reconocer con gran facilidad a causa de las flores, muñecas y pelotas de que seguía cubierto. Al llegar al Clivus Sacer, Octaviano se desvió para acercarse a aquel lugar. Ahí, mientras seguía acudiendo gente, se tapó la cabeza con un pliegue de la toga y rezó en silencio.
Cerca, bajo el templo de Cástor y Pólux, había una serie de oficinas ocupadas por el Colegio de tribunos de la Asamblea de la Plebe. Uno de estos últimos, Lucio Antonio, salió por la puerta del sótano del templo justo a tiempo de ver que Octaviano se descubría los cabellos que se había tapado con la toga.
El menor de los Antonios solía ser considerado el más inteligente de los tres, pero sus posibilidades de llegar tan alto como el mayor en el favor del público se veían lastradas por una serie de inconvenientes, entre ellos su tendencia a engordar, su calvicie y su falta de sentido del ridículo, que le había metido en más de un lío con Marco.
Se detuvo, y al observar al joven orante tuvo que aguantarse las carcajadas. ¡Menudo espectáculo! ¡Conque ése era el famoso heredero de César! Al igual que sus hermanos, nunca había frecuentado el círculo del tío Lucio, ni recordaba haber visto jamás a Cayo Octavio, pero tenía que ser él. ¿Quién si no? Lucio Antonio tenía constancia de que su hermano Cayo, pretor urbano en funciones, había recibido una carta de Cayo Octavio solicitando permiso para hablar en público desde la tribuna del Foro cuando llegara a Roma en las nonas de mayo.
Sí, era el heredero del César. ¡Menudo hazmerreír! ¡Qué botas! ¿A quién creía engañar? Además, ¿no tenía barbero? Llevaba el pelo todavía más largo que Bruto. Tan jovencito, y hecho un dandi. ¡Qué manera de volver a arreglarse la toga! ¿No se te ocurrió nadie mejor, César? ¿Este perfecto mariquita te pareció preferible a mi hermano? Pues eso, primo Cayo, es que al hacer testamento estabas mal de la cabeza.
– Ave -dijo, acercándose tranquilamente a Octaviano con la mano tendida.
– ¿Eres Lucio Antonio? -preguntó Octaviano con la sonrisa de César (inquietante parecido), mientras soportaba sin la menor alteración un apretón de manos como para desmenuzarle los huesos.
– Sí, Octavio, el mismo -respondió Lucio alegremente-. Somos primos. ¿Ya te ha visto el tío Lucio?
– Sí, le visité en Neapolis hace algunas nundinae. Está mal de salud, pero se alegró de verme. -Después de una pausa, Octaviano preguntó-: ¿Tu hermano Cayo está en su tribunal?
– No, hoy no; se ha concedido un día de fiesta.
– ¡Vaya! Lástima -dijo el joven, sin dejar de sonreír en atención a un público embelesado-. Le escribí pidiendo permiso para hablar desde la tribuna del Foro, pero no me ha contestado.
– Ya te lo doy yo -lo tranquilizó Lucio, con un brillo en sus ojos pardos. Como Antonio que era, no podía evitar que le gustara el descaro de aquel fatuo, en cuyos grandes ojos, por otra parte, no se leía nada. El heredero de César se guardaba sus pensamientos.
– ¿Podrás caminar a mi ritmo, con esas botas de burdel? -preguntó, señalando el calzado de su primo.
– Claro que sí-dijo Octaviano al empezar a seguirle-. Llevo alzas porque tengo la pierna derecha más corta que la izquierda.
Lucio se rió a carcajadas.
– ¡Lo importante es que dé la talla la tercera pierna!
– Pues eso ya no lo sé, porque soy virgen -dijo Octaviano, tan tranquilo.
Lucio parpadeó de sorpresa.
– No es un secreto como para ir soltándolo así, a lo tonto.
– No lo suelto, lo digo. Además, ¿qué tiene de secreto?
– ¡Ah, conque insinuando que te gustaría sacarla a pasear! Pues cuenta conmigo para llevarte a donde haga falta.
– No, gracias. Lo que insinuaba es que soy muy exigente, y que tengo mis manías.
– Pues entonces no eres ningún César. Él se tiraba lo que fuera.
– No, en ese aspecto no soy César.
– Oye, Octavio, ¿qué quieres, que se rían de ti con esa ropa?
– No, querer no, pero me da igual. Tarde o temprano, más que ganas de reír las tendrán de llorar.
– ¡Muy bien, muy bien! -exclamó Lucio, riéndose de sí mismo-. ¡Buen contraataque! Se han vuelto las tornas.
– Eso, Lucio Antonio, el tiempo lo dirá.
– Venga, lisiadito, ve saltando por los escalones y plántate entre las dos columnas.
Octaviano obedeció, y al volverse hacia el primer público que tenía en el Foro vio que era considerable. Pensó que era una lástima que la orientación de la tribuna impidiese al orador tener el sol detrás, porque le habría encantado aparecer con el halo en torno a la cabeza.
– ¡Soy Cayo Julio César Filius! -anunció a la multitud, con una voz que sorprendía por su fuerza y su alcance-. ¡En efecto, así me llamo! Soy el heredero de César, que me adoptó oficialmente en su testamento. -Levantó la mano para señalar el sol, que estaba casi encima de él-. ¡Y hoy César ha enviado un augurio para mí, su hijo!