Выбрать главу

Eso es lo que diré en público. Pero en esta carta iré más lejos. Es verdad que os estáis comportando como traidores, y no tenéis derecho a exigir nada al Senado ni al Pueblo de Roma. En lugar de gimotear y quejaros por vuestras comisiones de grano, deberíais estar a los pies del Senado dando mil gracias abyectas por haberos asignado cualquier tipo de responsabilidad oficial. Al fin y al cabo, asesinasteis al hombre que era el legítimo gobernante del Estado romano. ¿De verdad creísteis que os regalarían sillas curules y coronas de oro con incrustaciones de piedras preciosas por cometer una traición? ¡Creced, adolescentes estúpidos y mimados!

¿Y cómo os atrevéis a acusarme en público de haber dicho que intentasteis agitar a mis legiones macedonias? ¿Por qué demonios iba a hacer correr esos rumores, decidme? Callad y sentad la cabeza, o tendréis aún más problemas de los que ya tenéis.

El cuarto día de sextilis, Antonio recibió una respuesta de Bruto y Casio, dirigida a él en privado. Había esperado que se deshicieran en disculpas, pero no fue así. En cambio, Bruto y Casio sostenían tenazmente que eran pretores legales, que podían promulgar todos los edictos que quisieran y que no se les podía acusar de nada salvo de trabajar sistemáticamente por la paz, la armonía y la libertad. Las amenazas de Antonio, decían, no los asustaban. ¿Acaso su propia conducta no había demostrado que su libertad era más preciosa para ellos que cualquier clase de amistad con Marco Antonio?

Y para acabar, añadían: «Te recordamos que el problema no es lo que duró la vida de César, sino la brevedad de su reinado.»

¿Qué había sido de su suerte?, se preguntó Antonio, sintiendo cada vez más que los acontecimientos conspiraban en contra de él. Octaviano lo había arrinconado en público de tal manera que se dio cuenta de que su control de las legiones no era tan firme como creía; y ahora dos pretores le decían que estaba en sus manos acabar con su carrera de la misma manera que habían acabado con la de César. Al menos así interpretó la desafiante carta, que leyó mordiéndose los labios y echando chispas. Conque la brevedad de un reinado, ¿eh? Bueno, ya se las vería con Décimo en la Galia Cisalpina, pero no podía librar una guerra en dos frentes, uno en el norte con Décimo y el otro en la Italia Samnita con Bruto y Casio, siempre dispuestos a volver a intentarlo en Roma.

Octaviano habría podido decirle por qué se le había acabado la suerte, pero por supuesto a Antonio ni se le ocurrió preguntárselo a su enemigo más acérrimo. La suerte se le había acabado en esa primera ocasión en que había sido grosero con Octaviano. Al dios César no le había gustado.

Había llegado, pues, el momento, decidió Antonio, de hacer suficientes concesiones a Bruto y Casio para quitárselos de encima y concentrarse en Décimo Bruto. De modo que convocó el Senado al día siguiente de recibir la carta y consiguió que el Senado les concediera una provincia a cada uno. Bruto debía gobernar Creta, y Casio Cirenaica. Ninguna de las dos tenía una legión. ¿Querían provincias? Pues ya las tenían. Adiós, Bruto y Casio.

5

Cicerón estaba desesperado y cada día más deprimido. Eso a pesar de que Ático y él por fin habían conseguido expulsar a los pobres urbanos de la colonia de César en Butrotum. Habían recurrido a Dolabela, que, tras una larga conversación con Cicerón, se mostró dispuesto a aceptar de Ático un enorme soborno que le aseguraba el monopolio de los abonos, el sebo y el cuero en Épiro. Ático necesitaba recibir buenas noticias, pues su mujer había contraído la parálisis estival y estaba gravemente enferma. La pequeña Ática se lamentaba porque nadie le dejaba ver a su madre, que tuvo que permanecer en Roma mientras Ático enviaba a su hija y sus criados a su villa de Pompeya para aislarla.

El dinero había vuelto a ser un problema terrible para Cicerón, debido en gran medida al joven Marco, que seguía con su gran viaje y no paraba de escribirle pidiendo más fondos. Ninguno de los Quintos se dignaba hablarle, su breve matrimonio con Publilia no le había reportado tantos ingresos como había pensado por culpa de los miserables de su hermano y su madre, y el agente de Cleopatra en Roma, el egipcio Amonio, se negaba a abonar el pagaré de la reina. ¡Y eso después de que él se hubiera tomado la molestia de hacer copiar todos sus discursos y disertaciones en el mejor papel, incluyendo ilustraciones en los márgenes y una escritura exquisita! Le había costado una fortuna que el pagaré de Cleopatra dijera claramente que ella estaba dispuesta a pagar. La excusa de Amonio para negarse a hacerlo era que la muerte de César había obligado a la reina a marcharse antes de que le entregaran las obras ciceronianas. Pues aquí están, ¡envíaselas!, contestó Cicerón. Amonio se limitó a enarcar las cejas y replicó que estaba seguro de que la reina, que volvía a estar a salvo en Egipto (el rumor del naufragio era falso), tenía mejores cosas que hacer que leer miles de páginas de parloteos en latín. De modo que ahí estaba, con la mejor edición de sus obras completas, ¡y nadie quería comprarla!

Decidió que lo que quería era marcharse de Italia, ir a Grecia, enfrentarse al joven Marco y luego deleitarse con la cultura ateniense. Su querido liberto Tiro trabajaba incansablemente a ese fin, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Terencia, tan amargada como siempre, se dedicaba a apilar los sestercios, pero cuando Cicerón le pidió dinero, ella le contestó que a fin de cuentas él tenía diez villas fabulosas desde Etruria hasta Campania, todas repletas de obras de arte envidiables, así que si andaba mal de dinero, podía vender unas cuantas villas y estatuas, y que no le escribiera para pedirle que le financiara sus ridículas locuras.

En sus encuentros con Bruto dio vueltas y más vueltas sin llegar a ningún lado; Bruto también estaba pensando en ir a Grecia. Pero se negó en redondo a aceptar una comisión para la compra de grano. Después el muy tonto se fue con Porcia a la pequeña isla de Nesis, no muy lejos de la costa de Campania. Casio, por su parte, había decidido aceptar la comisión para la compra del grano en Sicilia y estaba reuniendo una flota; se acercaba la cosecha.

Luego Dolabela, encantado por la prontitud con que Ático había pagado el soborno, aceptó dar permiso a Cicerón para abandonar Italia. ¡Qué vergüenza, que un cónsul de su categoría tuviera que pedir permiso para ir al extranjero! Así lo había ordenado César, y los cónsules no habían revocado la orden. Tragándose la ira, Cicerón vendió una villa en Etruria que nunca había visitado; ahora ya tenía el dinero y también el permiso.

En realidad lo que lo impulsó a irse fue el cambio de nombre del mes de quinctilis al mes de julio. Cuando ya no pudo soportar recibir cartas fechadas en julio, Cicerón contrató un barco y zarpó desde Puteoli, donde se reunía la flota para el transporte del grano de Casio. Pero el viaje no iba a transcurrir sin percances. Cuando el barco de Cicerón llegó a Vibo, delante de la costa de Brittium, no pudo seguir avanzando a causa de los fuertes vientos en contra. Interpretándolo como una señal de que no estaba destinado a abandonar Italia en ese momento, Cicerón desembarcó en el pueblo de pescadores de Leucoptera, un lugar horrible, apestoso. Siempre le pasaba lo mismo; de algún modo, cuando llegaba el momento de irse de Italia, no soportaba marcharse. Su vida estaba demasiado arraigada en suelo italiano.

Cansado y necesitado de verdadera hospitalidad, Cicerón se presentó ante las puertas de las antiguas propiedades de Catón en Lucania, pensando que no encontraría a nadie. Las tierras habían pasado a manos de uno de los tres senadores y antiguos centuriones condecorados de César, que no había querido una propiedad tan alejada de su hogar en Umbría y la había vendido a un desconocido. De modo que el decimosexto día de sextilis la litera de Cicerón atravesó las puertas de la finca; por fin ese terrible verano empezaba a declinar. Una vez dentro, vio las lámparas de los jardines encendidas. ¡Había alguien en casa! ¡Compañía! ¡Una buena comida!